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1. La leyenda de la Virgen de Guadalupe
La puebla de Guadalupe, municipio extremeño situado en la sierra de las Villuercas, tiene su origen en la construcción de un monasterio en honor de la Virgen María. Pronto se convirtió esta Santa Casa en "una de las más señaladas en el mundo" (1), en santuario importantísimo para el clero católico. La Virgen de Guadalupe de Extremadura tiene, como sucede con mucha frecuencia con la mayor parte de las imágenes antiguas, una hermosa leyenda. Esta leyenda tuvo en la Baja Edad Media y en la etapa renacentista una gran fortuna en su transmisión escrita. Numerosas versiones de los siglos XV y XVI repiten el mismo esquema legendario, con los mismos sucesos y personajes, el mismo desarrollo cronológico e idéntica transmisión del mensaje. Narraciones legendarias posteriores, contenidas en manuscritos de los siglos XVII, XVIII y XIX, repiten también los datos principales. Así, una lectura detenida de las distintas versiones permite ofrecer una síntesis de la leyenda guadalupense, que comprende un periodo de trece siglos, desde el primero de la era cristiana hasta el siglo trece. En ella se nos cuenta la historia de la Virgen, del Santuario y de la puebla.
Básicamente se pueden distinguir dos partes en esta leyenda. La primera abarcaría trece siglos y comprendería desde la creación de la imagen por San Lucas el Evangelista hasta el siglo XIII. Es la que contiene más elementos legendarios, pues se puede afirmar que carece por completo de base histórica. La segunda parte comienza con el descubrimiento de la imagen de la Virgen. Esta segunda parte presenta un carácter histórico y está apoyada en parte en documentos.
Según algunas versiones el origen de esta imagen se remonta al siglo I del cristianismo, época en que fue tallada por Lucas el Evangelista. Estas mismas versiones cuentan que la imagen fue enterrada con el cuerpo de su creador y que con él fue trasladada, a mediados del siglo IV, a Constantinopla. En el año 590, la imagen se encontraba en Roma y el papa Gregorio Magno la expuso incluso en su oratorio. Se cuenta que en esta ciudad la efigie de la Virgen logró acabar con una peste bubónica que asolaba la ciudad, lo que explica la gran veneración que ésta llegó a tener en la Ciudad Eterna.
Gregorio Magno envió a San Leandro, arzobispo de Sevilla, esta imagen de la Madre de Dios para demostrar la gran amistad que le profesaba. En la travesía la imagen calmó una fuerte tormenta y el milagro terminó siendo celebradísimo en Sevilla, donde fue entronizada en su iglesia principal, y donde fue venerada hasta el comienzo de la invasión árabe en el año 711. Poco tiempo después, probablemente hacia el año 714, unos clérigos que abandonaron Sevilla para huir del peligro árabe, trajeron la imagen y otras reliquias de santos hasta los márgenes del río Guadalupe (nombre que significa río escondido), cerca de la falda sur de los montes de Altamira, no muy lejos de las Villuercas. Aquí se perdió durante seis siglos el culto por esta imagen hasta que reaparece de nuevo en la reconquista, aproximadamente a finales del siglo XIII o principios del XIV.
Fue un humilde vaquero, vecino de Cáceres, el que, cuidando su ganado, advirtió la ausencia de una vaca. La buscó por bosques y robledales hasta topar con el río de Guadalupe, que estaba bastante escondido. Al cabo de tres días encontró a la vaca muerta. Quiso entonces aprovechar la piel y, al hacer en el pecho del animal la señal de la cruz, se levantó la vaca viva. En ese momento se apareció la Virgen al pastor y le indicó dónde se encontraba la imagen. Le pidió también la construcción de una casita para ella. Gil, que ese era el nombre del vaquero, fue a Cáceres para avisar al clero. Cuando llegó a su casa, encontró a su mujer llorando por su hijo, que acababa de morir. El pastor encomendó a la Virgen su pena y el niño resucitó. Este prodigio se difundió con rapidez por la ciudad y los clérigos terminaron por creer la verdad de la aparición. Así, regresaron al lugar del milagro y excavaron la roca. Encontraron la imagen de María con algunos objetos y documentos que demostraban el origen de la efigie. Construyeron allí una pequeña ermita. María recibió el nombre del río. Poco a poco la ermita fue creciendo y ampliándose hasta convertirse en un importante santuario. Creció también junto a él un pueblo, pues antes del prodigio no había en aquellos parajes asentamiento alguno. Sin embargo, según los documentos históricos, el primitivo santuario fue erigido en conmemoración de la Batalla del Salado (1340), en la que Alfonso XI de Castilla, con la ayuda de Portugal y Aragón, derrotó a los benimerines y puso fin al peligro de nuevas invasiones árabes.
Los monjes jerónimos llegaron a Guadalupe en 1389. Debieron escuchar en más de una ocasión la narración de la leyenda de esta Santa Imagen y, con el deseo de recogerla y difundirla, la escribieron en códices, por primera vez hacia el año 1400, repitiéndola después durante los siglos XV y XVI. Supieron transmitir la leyenda, que contiene muchos elementos de fantasía e imaginación, pero también otros verdaderamente históricos, para aumentar la veneración a la Virgen de Guadalupe y la influencia de su monasterio (2). Resultado de esta difusión es el hecho de que la Virgen de Guadalupe aparezca una y otra vez, aquí y allí, con extraordinaria frecuencia, en nuestras letras, ya sea como asunto central de las obras (3) o en referencias secundarias (4). Ambas, en cualquier caso, evidencian el buen conocimiento que el pueblo llegó a tener de la leyenda guadalupense y la gran y sincera veneración que tuvo a esta Virgen. De ahí, precisamente la reutilización una y otra vez de esta leyenda en las obras más utilizadas de nuestras letras. En el teatro barroco fue elemento muy presente, a veces incluso quedó convertida en materia dramática con el fin de aumentar la veneración a esta Virgen.
2. Las comedias barrocas sobre la Virgen de Guadalupe
Abundante y constante ha sido siempre la presencia de Nuestra Señora de Guadalupe en las letras españolas (5). Los primeros testimonios de este hecho se remontan al siglo XIV en escritores de la talla de Pero López de Ayala, autor del Rimado de Palacio, al que pronto siguieron otros, también de primera línea, como Iñigo López de Mendoza, Juan Álvarez Gato o Pedro Vélez de Guevara. La fama que en el siglo XV había adquirido la Virgen y su Santuario llama la atención de numerosos cronistas (entre ellos Pero Carrillo de Huete, Miguel Lucas de Iranzu, Mosén Diego de Varela, Diego del Castillo o Alfonso de Palencia), que hablaron con no poca frecuencia de este lugar. Sus obras incidieron, además, en el mejor conocimiento del mismo. Así, ya en el siglo XVI, la peregrinación a Guadalupe era casi obligada. Muchos escritores la hicieron y quedaron sorprendidos por las excelencias y riquezas del lugar y por la leyenda de la Virgen. Muchas veces estos escritores romeros dejaron constancia en sus obras de la experiencia de su viaje. Entre ellos destacan Cristóbal de Castillejo, el famoso reaccionario contra las nuevas normas métricas garcilasianas, Diego Hurtado de Mendoza o, algo más tarde, Fernando de Rojas, Miguel de Cervantes o Lope de Vega.
En nuestro barroco literario las referencias a Guadalupe se multiplican. Ésta se convirtió, de hecho, en importante motivo. Aparece, por ejemplo, en la obra de Bernardo Balbuena, José de Valdivieso, Bernal Díaz del Castillo, Juan de Mariana, Luis Vélez de Guevara, Tirso de Molina, Gonzalo de Céspedes y Meneses, Lope de Vega, Calderón de la Barca y un largo etcétera que evidencia su existencia en los distintos géneros cultivados, ya fuera narración, poesía o teatro. Evidentemente, resumir la presencia de Guadalupe en la literatura española seña tarea larga que nos llevaría a hablar en profundidad de la nómina de autores señalados y de otros muchos posteriores, como Miguel de Unamuno, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Jose M Pemán, Jesús Delgado Valhondo, y hasta más recientes. Nuestro objetivo aquí es, en cambio, analizar la presencia e importancia de Guadalupe en el teatro barroco español. En este sentido conviene indicar, en primer lugar, que las alusiones rápidas a Guadalupe son muy normales en las comedias, independientemente de la categoría dramática de su autor. Se puede afirmar incluso que estas alusiones alcanzan la categoría de tópico. Indican en buena medida la fama del santuario y la enorme devoción popular a la Virgen de Guadalupe (6). Pero, además de este dato, ya en sí muy revelador, acaso más importante es el hecho de que existen comedias centradas exclusivamente en esta Virgen y en su peculiar leyenda (7).
Vicente Barrantes en una de sus obras (8) examina cuatro comedias escritas en honor de la Virgen María. La primera de ellas es la titulada Comedia de Nuestra Señora de Guadalupe y de sus milagros escrita por fray Diego de Ocaña y representada en La Plata en 1602 (fue compuesta en 1601) (9). La segunda, titulada Comedia de la Soberana Virgen de Guadalupe y de sus milagros y grandezas de España, impresa en Sevilla en 1617 y reimpresa en la misma ciudad en el año 1868. Los bibliógrafos atribuyeron esta comedia a Cervantes y parece ser que tuvo otra edición, anterior a las citadas, en el año 1615. La tercera, Auto sacramental de la Virgen de Guadalupe, la escribió el doctor sevillano don Felipe Godínez y, entre otras composiciones de diversos autores, se imprimió en Sevilla en 1675. La cuarta pertenece a Francisco Bances Candamo, dramaturgo mejor conocido, y lleva por título Comedia famosa: La Virgen de Guadalupe (Madrid, 1722) (10).
Estas obras son probablemente, expresión mínima, pequeña punta de iceberg, de lo realmente escrito para las tablas por entonces sobre Guadalupe. Esta afirmación se apoya en una curiosa noticia que Barrantes conservó en sus apuntes bibliográficos: "Nuestro amigo don Antonio Cortijo Valdés aseguraba haber visto en Esparragosa de Lares (Badajoz) un abultado manuscrito de autos sacramentales y farsas, representados en las fiestas del Monasterio, que al parecer en su mayor parte se referían a su historia". Este códice, que no llegó a ver Barrantes, se considera hoy perdido.
A lo ya señalado (Guadalupe como motivo o tema teatral) habría que añadir también que la puebla se convirtió en lugar destacado para el teatro, al menos desde el principio del siglo XVI (11). Esta documentada ya la existencia de representaciones teatrales en esta localidad hacia el año 1524. Estas formaron parte casi siempre de todos los programas de festejos. Los diversos monarcas que visitaron a Guadalupe (don Sebastián de Portugal, Los Reyes Católicos, Felipe II o Felipe III) fueron obsequiados repetidamente con comedias y representaciones.
De las cuatro comedias conocidas sobre la Virgen de Guadalupe analizamos a continuación las tres últimas, dejando para otra ocasión la de cronología más temprana, porque presenta características propias de las comedias virreinales. Se trata de las siguientes comedias, ordenadas cronológicamente:
Comedia de la soberana Virgen de Guadalupe y de sus milagros y grandezas de España (1617) (12) Auto sacramental de la Virgen de Guadalupe (1675) (13) La comedia famosa de la Virgen de Guadalupe (1722) (14)
Las cuatro comedias pertenecen a las diversas etapas que presenta el género de la Comedia Nueva. La primera es anterior a la consolidación del género. La segunda y la tercera pertenecen a la etapa de florecimiento del género. La última se escribe ya en una etapa epigonal. A lo largo de todo este tiempo, amplio porque la reforma calderoniana logró dotar de nueva vitalidad a un género teatral que empezaba por entonces a agotarse, Guadalupe se mantuvo de actualidad. De ahí su presencia en las tablas, y de ahí también que fuera una y otra vez a las tablas.
Centramos el estudio de las tres comedias en la forma de construcción de la acción y los personajes, la presencia y función dramática de la Virgen, la presencia de la leyenda de su imagen y la utilización de los sucesos notables del santuario y de la puebla de Guadalupe.
3. La comedia de la soberana Virgen de Guadalupe
Esta obra, de autor desconocido, e impresa en Sevilla por Bartolomé Gómez de Pastrana en el año 1617, tiene un título que la define con gran perfección. Su asunto es, efectivamente, la Virgen de Guadalupe y sus milagros relacionados también con España. La leyenda guadalupense, como sabemos, está vinculada en buena medida a un capítulo importante de la historia de la nación, la conquista árabe de la península ibérica.
La obra comienza con una hermosa loa a la Virgen. Esta loa, de 148 versos, contiene básicamente tres partes. En la primera el dramaturgo quiere convertirse en el "Apeles" de la Virgen. Sería un gran privilegio poder ser él...
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