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El estudio de Divina Herida precisa un lógico ahondamiento en los dos términos que componen su nombre. En efecto, esta herida es la que ocasiona el Divino Artífice "con el dulce fuego" de Su ardor. Asimismo, en Poética de una vigilia, Helena Ospina afirma que la poesía es un dardo divino, saeta de fuego, martirio de amor que el poeta "padece cuando busca unir su trabajo poético a la obra de su Redentor." (47) Hay, pues, dos premisas fundamentales: una, referente a la transformación experimentada al ser objeto del Amor divino, y la otra, cuando la poesía se constituye en mayéutica del espíritu, que resulta de este acto específico de creación poética.
La unción espiritual del alma con el Amor divino supone una experiencia que proporciona sufrimiento, pero también gozo. El alma, cual un diamante, debe dejarse "quemar, purificar, tallar, limar" (19); esto es, experimentar una transformación, de manera que, mediante este proceso doloroso, pueda emitir los purísimos destellos de luz que le confieren al diamante su máximo esplendor.:
Cómo hieres ... Cómo vendas ... Cómo suavizas. ..., Cerco de espinas es tu Amor. Cerco de rosas es tu amar. ¡Oh mi Bien! Todo gozo. Todo dolor. Para que sólo quedes. Tú, en el corazón.
Se establece de esta forma una relación paradójica: por una parte, el deseo de estar junto al Amado; por otra parte, la extrañeza del alma, que no pertenece a este mundo, que intuye la gloria de la fusión con Dios, pero que está prisionera en la envoltura corporal, en la peripecia vital de la cual no puede desprenderse, pues la privación de la Vida --con mayúscula-- para eliminar la herida anularía el sentido de la vida. La única solución posible sería la muerte, como posibilidad de encuentro con el Amor deseado:
Consume esta herida así mi vida, que si de Ti quisiera -sin esta Vida- estar para aquietar mi herida, no podría -sin esta Vida- ya quedar
El Amor como herida que no cierra, marcada por el desasosiego de la separación, hace que la muerte sea considerada como un bien puesto que es Vida:
¡Oh muerte! que cuando llegues no tendrás más que arrancar que el suspiro de la que siempre quiso en tu Amor morar.
Aquí tenemos un elemento que nos interesa abordar, y es la idea del sufrimiento señalado como la carencia de un bien al que se aspira y que no se puede alcanzar sino con la muerte. También, el sufrimiento se ha considerado desde la Antigüedad como un sentimiento purificador que proporciona conocimiento. En Agamemnón (1, 176.-8), el coro lanza un aforismo rotundo: "El hombre debe sufrir para ser sabio". De esta proposición...
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