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Si nos remontamos a la historia, no cabe más que aceptar que la enseñanza de la lengua materna ha estado fuertemente influida, desde los inicios mismos de nuestra tradición pedagógica, por los modelos clásicos de Grecia y Roma antiguas. Marcos Marín (1) anota lo siguiente: "Arranca de los griegos un modelo téorico, lógico-filosófico (2), especulativo, junto con un modelo normativo, escolar, vigente en lo fundamental hasta mediados del siglo XX y todavía no sustituido por completo. El primer modelo se preocupa por la conexión del lenguaje con el pensamiento, por las categorías universales, las partes de la gramática; mientras que el segundo se ocupa de la corrección, a partir del ejemplo que ofrecen las autoridades del idioma, los grandes autores, en un momento en el que todo lo que se escribe se considera en conjunto, sin establecer diferencias entre un texto científico y un texto literario." El modelo griego fue luego continuado por los romanos, con Varrón como primer gramático(siglo II a.C.) y posteriormente con Donato (siglo IV. D.C.) y Prisciano (siglo VI d.C.), figuras que se ubican ya en la temprana Edad Media.
Nuestro primer gramático en lengua castellana, Antonio de Nebrija, se orientó por la misma línea de sus antecesores latinos e impuso, a su vez, una forma de enfocar el estudio de lengua que ha perdurado aún hasta nuestros días. La finalidad de la obra de Nebrija la deja muy clara M . Alvar (3) (1997: 6) al afirmar lo siguiente: "El Arte iba a atajar los males del contacto lingüístico: quería mantener la lengua y mantenerla sin deterioro. Era el fin que cumplían las gramáticas de las lenguas clásicas. Gracias a sus tratadistas, hebreo, griego y latín se habían fijado en un momento de plenitud y desde él ejercían la ejemplaridad que aún siguen cumpliendo. El castellano se hacía parigual a esos paradigmas de la antigüedad; tal era el beneficio que se servía a la propia estirpe. Pero había un segundo fin nada desdeñable: existían unas gentes que necesitaban aprender la lengua del vencedor." La concepción gramatical de Nebrija está en la base de las nociones que aún empleamos y, como lo señala Sánchez Corrales (4) "... la gramática normativa, en el presente caso, la académica, viene a ser una especie de arte, tal como se ha entendido en la lingüística clásica: scientia recte loquendi recteque scribendi ex docitssimorum viromm usu atque auctoritate collecta."
De lo anterior, interesa destacar dos aspectos básicos: por un lado, la visión purista de la lengua que ha permeado todo nuestro sistema de enseñanza a lo largo de siglos y, por otra parte, la imposición de la norma castellana peninsular, es decir, la importación directa de modelos lingüísticos propios de España para implantarlos y enseñarlos en nuestro medio como si fueran propios. El mismo Andrés Bello (5), con una inusitada visión lingüística para su época, había señalado: "No tengo la pretensión de escribir para los castellanos. Mis lecciones se dirigen a mis hermanos, los habitantes de Hispanoamérica", aunque no escapa a la preocupación purista, como se deja entrever cuando dice, más adelante, "Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes"
La excesiva preocupación de los americanos por la posible desmembración de la lengua española en nuestros territorios -tal y como había ocurrido con el latín en la Romania--motivó acaloradas discusiones, en el siglo XIX, y dividió a los estudiosos de la lengua hispanoamericanos en dos bandos: por un lado los unionistas, grupo al cual se adhirieron Andrés Bello y Rufino José Cuervo, por ejemplo, quienes defendían una educación lingüística prescriptiva como medio de mantener esa deseada unidad del español. En el otro bando, encontramos a los separatistas, quienes propugnaban una emancipación del español de América dado que estaban conscientes de que éste había tomado una nueva fisonomía en tierras americanas. Dentro de este segundo grupo se destacaron Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento y Esteban Echeverría y el propio Sarmiento llegó incluso a proponer una reforma ortográfica para que la escritura fuera mucho más fonética de la que el español tenía y aún mantiene.
De estas acaloradas discusiones solo quedó la historia, pues el tiempo se encargó de demostrar que la visión unionista fue mucho más fuerte que su opositora y así la tradición prescritpiva, purista y academicista de la lengua siguieron dominando tanto durante el siglo XIX como en el siglo pasado. La noción de gramática de Bello (6) es ejemplar en este sentido: "La gramática de la lengua es el arte de hablar correctamente, esto es, conforme el buen uso, que es el de la gente educada.". Es evidente el arraigo latino de su concepción y, cualquiera que haya tenido contacto con la enseñanza del español sabe que esta definición es común, aún en nuestros días, en los manuales escolares. La lengua debe hablarse correctamente, y eso significa seguir las prescripciones dictadas por la Real Academia que, a su vez, moldea la lengua con base en el buen uso de las personas educadas, especialmente nuestros escritores más renombrados. Así lo deja claro el prólogo de El esbozo ... (7), obra que para una gran mayoría constituye la única autoridad en el uso del idioma: "A este respecto se observará (...) a lo largo de todo el presente Esbozo, que las autoridades literarias no se terminan, como ocurría en las ediciones anteriores de la Gramática, en el siglo XIX, sino...
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