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?Que hace un belga perdido en "Hombres de maiz"?(obra del autor Miguel Angel Asturias )

Publication: Kanina

Publication Date: 01-JAN-02

Author: Valembois, Victor
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Para el colega Rafael Cuevas M., chapín y tico, pero sobre todo amigo universal.

En una civilización verdaderamente creadora, lo más importante no es el accidente histórico de la diversidad de los Estados, sino el hecho científico de la interdependencia universal.

Harold J. Laski (1)

1. El "indio" Asturias frente lo europeo

Impresionante resulta el parecido entre Miguel Angel Asturias y sus ancestros indígenas; fenomenal, tomarle una foto de perfil y confrontarla con tantas piedras talladas de su cultura: ambas tienen la misma nariz aguileña (2). No podría ser de otro modo, porque si bien no era "indio" por los clásicos cuatro costados, lo fue por lo menos por la mitad, exactamente la materna. El Profesor Raynaud, su mentor en los años de estudio en París, no tuvo necesidad de la hipermoderna técnica del ADN para probar el ancestro del jóven estudiante. En sus famosas clases de antropología, sin saber todavía que Asturias era efectivamente un mesoamericano sobreviviente, el docente lo tomaba como prototipo de la "raza de bronce", como de manera tan plástica la evocaba el gran Arguedas. Las últimas investigaciones biológicas y antropológicas han demostrado cuan tenue es la frontera entre natura y cultura, cosa que hace rato señalaba la literatura.

Al gran escritor guatemalteco no le resultaba extraño ni contradictorio recurrir a mecanismos típicamente europeos, entre otros la vieja y siempre válida forma novelesca, además de otros abundantes recursos surrealistas, para describir la realidad vivencial del otro lado del Atlántico. "A mucha honra" señalaría él, porque, en resumidas cuentas, toda su larga vida la empeñó, mediante el arte (que no deja de ser patrimonio universal), en beneficio de la reivindicación del oprimido, especialmente el pobre "natural" de su Guatemala. Lo anterior va entrecomillado, como si los otros compatriotas fueran artificiales; es por de pronto una nueva barrera que la creciente conciencia de interdependencia, subrayada hace setenta años por Laski, ha de superar de manera imprescindible. El indígena e indigenista Asturias tenía entonces también los ojos muy abiertos hacia lo europeo, con su gente y su arte. Demostraré lo anterior visualizando un vínculo con lo belga tan curioso como inexplotado, limitándome esta vez a su creación artística de corte indígena (3). Junto con ese objetivo principal, la reflexión aplicada al ensayo "¿Ha muerto la novela?", de Carlos Fuentes, será fundamental. En una entrevista declaraba Asturias: "Hombres de maíz (...) tiene profundidad; se podría explicar cada una de sus paginas." (4). Vamos a ver si es cierto, en un caso particular, aparentemente un caso marginal, ínfimo. En esa hermética pero finalmente hermosa creación de 1946, la cual probablemente quedará como la mejor (aparte de que es la que más le gustó a su autor), efectivamente se menciona con sus cinco letras que un personaje es belga.

2. Hacia un retrato hablado de un belga extraviado en el trópico

Para mayor facilidad de comentario y de ubicación, paso a transcribir unos pocos renglones del último capítulo de la novela estudiada, justo antes del importante epilogo, que rezan así:

Un sólo huésped. Un huésped incógnito. Bajaba de un barco cada seis o siete días, con la pipa en la boca y la americana doblada en el brazo de carne blanca, rostro rojizo de quemadura de sol, rubio, medio cojo. Se le mudaba la servilleta en cada comida, para que se limpiara los bigotes y al señor Nicho le tocaba pasarle los platos: caldo, arroz, carne, platanitos, frijoles y algún durazno dulce. Supo que era belga. Lo que no pudo averiguar nunca fue a qué se metía al mar. No pescaba. No traía sobrantes de mercaderías como los contrabandistas. Sólo él, su saco y su pipa. Conversando con la dueña del hotel, la Doña, le dijo que ella suponía que se ocupaba de medir la profundidad del mar, para ver si podían entrar los barcos ingleses, en caso de que hubiera bulla con la Inglaterra. El tren monótono de la vida, sólo comparable con el trencito del muelle que lleva y trae los carros de mercaderías. Un respiro en las tardes olorosas a bambú...

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