|
COPYRIGHT 2002 Universidad de Costa Rica
1. Introducción
La literatura venezolana ha ocupado históricamente un espacio muy significativo dentro de la historia y la literatura latinoamericanas. Hombres como Simón Bolívar, Andrés Bello, Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri, José Ramos Sucre, Salvador Garmendia, Guillermo Meneses, Adriano González, entre muchos otros que representan un repertorio muy amplio y heterogéneo, son reconocidos en los más diversos ámbitos culturales de América y del mundo. Mediante su obra han marcado hitos muy importantes en el desarrollo de las letras venezolanas y han construido mundos ficcionales que de diversas maneras edifican iconos de los procesos históricos y culturales vividos en su país. Son por decirlo de alguna manera, escritores consagrados y sobre los cuales la crítica ha sido abundante, sin que ello implique que haya agotado las posibilidades de sentido que contienen sus textos.
Caso contrario ocurre con los escritores que pertenecen a las generaciones más recientes. La crítica parece fijarse poco en ellos o no se atreve a lanzar juicios sin que el tiempo otorgue mayores perspectivas para valorar su obra. Es dentro de estos límites y producto de las reflexiones y análisis efectuados en el curso Narrativa venezolana de los noventa impartido en la Universidad de Salamanca (1998) por el profesor y escritor Ednodio Quintero, que nos proponemos hacer un breve ensayo sobre Calletania (1992) de Israel Centeno, uno de los autores más representativos de esta década de los noventa.
Israel Centeno es uno de los narradores más destacados de una amplia lista de escritores que conforman el mapa actual de la narrativa venezolana. La mayoría de ellos todavía no han sido legitimados por la crítica y aún no han publicado una obra suficientemente sólida como para atreverse a emitir criterios definitivos de sus textos. Sin embargo, la producción narrativa de la época sugiere importantes cambios con respecto a la narrativa anterior y al mismo tiempo mantiene un diálogo con ella, lo que le da una connotación especial y hace que las rupturas no sean tan abismales, como aparentemente se presentan. De múltiples formas, los textos esbozan lo que será la narrativa de principios del próximo milenio.
Es en este marco, en el que se pretende ubicar la novela Calletania y su autor. El análisis estará orientado a demostrar que este texto es una novela del desencanto político, social y cultural, y que éste condiciona las actuaciones de los personajes, principalmente del protagonista. También, se estudiará la forma cómo el espacio urbano incide en la construcción de esa atmósfera de desencanto que envuelve al texto. Asimismo, se procurará probar que la paradoja es el principal recurso o artificio que emplea el autor para exponer dicho desencanto. Debe quedar muy claro que solo se pretende abordar una parte del texto y que obviamente muchos otros aspectos deberán ser analizados en un trabajo posterior.
Primeramente, se procede a establecer las características generales de la narrativa venezolana de los ochenta y a determinar los principales rasgos de la producción narrativa de los noventa. En un segundo momento, y como se parte del hecho de que la novela ficcionaliza la vida urbana, se hace alusión al aporte de Salvador Garmendia y de Adriano González León, como los antecedentes paradigmáticos de la narrativa urbana venezolana. Seguidamente, se esbozan algunos lineamientos teóricos sobre la paradoja y sobre el tema del desencanto para luego abordar este tema en la novela objeto de estudio y, por último, se ofrecen las principales conclusiones.
2. La narrativa venezolana desde la década de los ochenta
La década de los ochenta es particularmente significativa para la narrativa venezolana. Para Maña Celina Núñez, es una época en la que se debaten los alcances del experimentalismo y del narrativismo (1). En el año 1985 se entabla un debate crítico en el que se analiza cuál debe ser el rumbo que debe seguir la nueva narrativa y a pesar de que muchos autores se mantienen vinculados a ciertas tendencias, en general, emplean técnicas narrativas disímiles, el legado a los narradores de los noventa es:
"... la apertura de temas y técnicas, así como una aceptación explícita por parte de los escritores, de la importancia de trascender la limitada recepción del ghetto literario. Pero también es necesario admitir que el deseo de una amplia recepción y la disposición de ensayar nuevos caminos no ha resultado todavía en una seducción del lector, con lo que la discusión experimentalismo/narratividad ha perdido bastante vigencia y muchos autores se han sentido en libertad de volver a ensayar, digamos, más libremente" (2).
Los autores más representativos de la renovación que se produce en la década de los ochenta. son dos cuentistas: Lourdes Sifontes con Evictos, invictos y convictos (1982) y Ángel Gustavo Infante con Joselolo (1987) (3). Ambos ganaron el Concurso de Cuentos "El Nacional". Sifontes se enmarca dentro de la poética experimentalista mientras que Infante se distingue por su extraordinaria ficcionalización de la oralidad. Los dos autores expresan un mundo heterogéneo e híbrido, incorporan nuevos registros lingüísticos, se rebelan contra lo legitimado y establecido y critican la jerarquización del mundo en diversos campos del quehacer humano.
Los narradores de los noventa toman esta herencia de la década anterior, y desde posiciones ideológicas diferentes asumen el trabajo de la escritura.
Además de lo anterior, y aunque resulte un tanto prematuro afirmarlo, la narrativa de los años noventa mantiene un hilo de contacto con la tradición realista y pretende destruir las convenciones discursivas que han organizado la realidad de un cierto modo. Los autores que mejor se vinculan con esa tradición realista son Ricardo Azuaje, José Roberto Duque, Israel Centeno y Juan Carlos Méndez, entre otros. Entre los autores que se aventuran a nuevas experiencias narrativas y que cuestionan el mundo convencional, el lenguaje y las estructuras narrativas tradicionales pueden citarse a Stefanía Mosca, Slavko Zupcic, Juan Calzadilla, etc. Tampoco se debe dejar de mencionar la existencia de una narrativa que privilegia el intimismo y el mundo privado como ocurre en las obras de Cristina Policastro y de Miguel Gomes, y la presencia de una narrativa que opta por el minimalismo, como es el caso de las obras de Antonio López Ortega (4).
La narrativa venezolana de los últimos años es heterogénea, ya que los autores a pesar de compartir experiencias comunes, tienen una estética particular. Comparten eso sí, la preocupación por una realidad cultural fragmentaria y quebradiza. Según, María Celina Núñez, este es el elemento que mejor los enlaza y que muestra la crítica al proyecto de la modernidad que todos ellos hacen desde su propia perspectiva y que de todas maneras es un rasgo distintivo de la época actual.
Por otra parte, en los autores de los noventa se observa una escritura que crea mundos ficcionales en relación con los referentes reales y si bien se nutre de la realidad, se aleja de la poética realista entendida en términos clásicos. Núñez sostiene que también se emplean recursos que "... van desde un lenguaje despojado y un fuerte lirismo, hasta una escritura deliberadamente recargada, que busca mostrar el artificio y la parodia" (5).
Es en este contexto en donde se enmarca la obra narrativa de Israel Centeno. Como puede notarse no es un contexto literario de signos claramente definidos pero sí de marcas que de alguna manera trazan o están trazando los nuevos caminos de la narrativa venezolana.
3. Salvador Garmendia y Adriano González: dos antecedentes de la narrativa urbana venezolana
Varios narradores de la década de los noventa seleccionan la ciudad como escenario principal de sus narraciones. Entre ellos se pueden citar a Orlando Chirinos, con su obra Adiós gente del sur (1991), Ednodio Quinterio con La danza del jaguar (1991), Ana Teresa Torres con El exilio del tiempo (1990) y el propio Israel Centeno con Calletania. Con el propósito de observar cómo ha...
Read the full article for free courtesy of your local library.
|