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Premisa
El sistema retórico antiguo clasifica los "loci communes", lugares comunes, como una serie de categorías, o ideas generales y pensamientos infinitos, que apoyan y sustentan las ideas concretas o tópicos de la argumentación oratoria, en particular para el uso del discurso epidíctico o de celebración, el cual se considera el más cercano al discurso literario. La teoría de Aristóteles y Quintiliano y la práctica de Cicerón confirman la importancia de esta clasificación ordenada según sus referentes: quis, quid, ubi, quando ..., es decir, la persona, el argumento, el lugar, el tiempo ..., a disposición del orador para la perfección y precisión de su oratoria. Por su característica funcional de efecto, por su progresiva elaboración estilística y por su originaria naturaleza de idea general "válida para muchos asuntos", traspasan lo oratorio y atraviesan lo literario como sinónimo de "tópicos" de los cuales algunos, a su vez, se consagran a lo largo de la historia como "tradicionales" por su uso continuado.
Tal es el caso del "locus amoenus ", tópico del espacio, que en la descripción de la naturaleza está presente desde la épica homérica en los famosos cuadros de la isla de las cabras, el jardín de Alcino, la gruta de Calipso etc., todos precursores de tratamientos posteriores de la poesía pastoril de Teócrito y Virgilio, cuyo legado heredan a la literatura clásica medieval y renacentista. Denominador común es la conceptualización del locus amoenus, "paisaje idílico, el cual contiene árboles y sombra, una pradera cubierta de hierba, agua que fluye, pájaros cantores y una brisa fresca" (1), asociado también con la descripción del bíblico paraíso terrenal y de "la "edad de oro", como símbolo del retorno del hombre a la naturaleza y del reencuentro de la felicidad y del paraíso perdido" (2).
Vinculado etimológicamente a la palabra amor, "amoenus" es en efecto ameno, agradable, placentero y según interpretación de Curtius son entonces "lugares amenos aquellos que sólo sirven para el placer, los que no están destinados a fines lucrativos", como sostenía Servio en sus comentarios: "loca solius voluptatis plena ...,unde nullus fructus exsolvitur" (3).
Por oposición, según las canónicas dualidades de la antigüedad, -lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, lo útil y lo inútil- la preceptiva clásica establece el otro tópico tradicional de espacio, el "locus eremus" que, en su traducción del griego [TEXTO IRREPRODUCIBLE EN ASCII], y del latín eremus, i, es lugar solitario, desierto, soledad, por antonomasia proyección de sensaciones y sentimientos de ansia, temor, incertidumbre, infelicidad, silencio ..., en fin de ausencia de todos los elementos hermosos del anterior. Concebido según las funciones efectistas de las figuras del [TEXTO IRREPRODUCIBLE EN ASCII], pasión, y absorbido por ellas, sirvió como recurso de la oratoria y de la literatura clásica, y de la misma manera de la posterior.
Cocorí vive en esos dos espacios y en virtud de la dialéctica de la "armonía de contraste", como diría Curtius, esta novela corta alcanza "una vitalidad peculiarmente vigorosa" (4).
Prólogo
"locus amoenus": casa y su entorno, playa, llegada de la niña rubia
"En el agua tranquila de la poza, las copas de los árboles se reflejaban reproduciendo una selva submarina". En esa agua apacible Cocorí se mira, juega consigo mismo y "muy contento", hasta se atreve a desafiar "los árboles milenarios". Lo fortalece su inocencia, la adquirida seguridad de la osadía y, en cuanto las sombras y rumores de la noche lo asustan, el renovado afecto de mamá Drusila le reconduce al camino de regreso. Después, la costumbre de la noche en la playa, la conversación con sus amigos pescadores, narradores de su épica, y las preguntas sobre el Caimán y Bocaracá al Pescador Viejo de barbas blancas y, como otras noches, el regreso a casa, hacia el sueño restaurador.
Cocorí vive en su locus amoenus que pareciera estático, permanente, inmutable, con el contacto de una naturaleza benevolente y animada...
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