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Oscar Wilde cambió nuestra percepción de la vida literaria al hacer de su rebeldía una forma del ingenio. Con este texto, que explica el afán irónico de Wilde como una velada defensa de su origen irlandés no sólo como el deseo de evidenciar la doble moral victoriana con que era juzgada su sexualidad, Pacheco regresa a su columna mensual "Reloj de arena".
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Si como el Enoch Soames de su amigo Max Beerbohm, Oscar Wilde (1854-1900) entrara hoy en la irreconocible sala de lectura del Museo Británico se sorprendería ante su posteridad, en un sentido muy diferente al que devastó al personaje de aquel cuento. Es un escritor clásico y una figura cultural, en el más amplio sentido de la palabra cultura, y contribuyó a moldear el siglo que termina.
Alan Sinfield llama The Wilde Century a su libro de 1994. En él afirma que sus obras y sus procesos cambiaron para siempre la percepción y la situación de la homosexualidad y señalan las opciones estratégicas para las subculturas gay y lesbiana. Sin embargo, hay otro Wilde, íntimamente relacionado con el primero, del que poco se sabe en esta parte del mundo: el escritor colonial que lleva hasta el centro los dramas de la periferia, el colonizado que se enfrenta al colonizador en su propio teatro y paga el precio de buscar la utopía con el martirio que lo redime y lo consagra.
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