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¿Había dado con todo un mundo primigenio enterrado bajo las arenas ?
H.P. Lovecraft
Bretón se despertó con un lápiz en la mano. Posiblemente había sonambuleado, al igual que siempre, a lo largo y ancho de la habitación, escribiendo, como Saint-Pol-Roux, su contrato de trabajo con el sueño.
Dalí se había esfumado y de los afarensis sólo permanecía el cráneo en el cielo raso y, por supuesto, la poesía, la poesía injertada en la hoja de espabel, que Bretón pegó en su armario con un clavo.
Después de todo, una hoja es siempre un vestigio prehistórico, al igual que lo maravilloso, que reúne la objetividad y la subjetividad, el presente y el futuro, la prontitud y las ballenas ...
Bretón creyó haber despertado, porque alcanzaba a escuchar el programa de Michel Minou que diariamente se transmitía en la radio. Por la musiquilla de acordeón que anunciaba a Minou, imaginó que el sueño había acabado. Al mismo tiempo, recordaba aquella noche en casa de Apollinaire, cuando él, Soupault, Aragón y Eluard se bautizaron surrealistas después de leer Les mamelles de Tiresais, escrito por Guillaume años atrás.
Nada de eso. La radio había ingresado en el sueño de Bretón, y no al revés, huyendo de su vida y posiblemente aburridísima de que nadie la escuchara, más que el poeta durmiente que la consoló diciéndole: "'De por sí ... la existencia está en otra parte".
La radio era una caja eléctrica en la conciencia de André, al servicio ahora de la esperanza que descubría el lado humano del artefacto, desrealizado y burbujeante en la región del alma que existe mucho antes del lenguaje.
Para Bretón el surrealismo era la recuperación total de la fuerza psíquica provocada por el descenso al interior del alma, iluminando los sitios ocultos y oscureciendo los demás.
Por eso la radio le hundía sus cables en el sueño, alterando los valores, cual profeta de una doctrina de inmanencia que descalifica al mundo objetivo, sin un más allá diferente del acá y de un ahora que se toca con ayer y desintegra los colores de la lógica y la ciencia.
Jamás podría ser una escuela artística. El surrealismo debía ser un medio de conocimiento, y en especial de los continentes no explotados, la locura, la alucinación, el inconsciente. "En una palabra --musitó Bretón-- el surrealismo es el reverso del decorado lógico".
El poeta se colocó la radio en las rodillas, y desfachatadamente empezó a instruirla en lo surreal, como un buen padre de familia:
--Todavía eres muy joven para entender estas cosas --le dijo a la radio. Pero ya es hora de que sepas algo de tu vida.
Bretón miró a los lados, como si...
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