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La vida está llena de hermosuras así Julio Cortázar
Siete años después, Bretón recordó haberse despedido de Apollinaire, muy entrada la noche del 25 de julio de 1917, después de pasar una larga velada en su casa, en compañía de Aragón, Eluard y Soupault.
El verano arremetía contra el cielo cimentado sobre las aceras y, turulato por el vino, esa noche repasaba una y otra vez aquella revista Dadá que Apollinaire les había mostrado, entre sonrisas y aspavientos.
La imagen de Dadá se confundía con otra discusión sobre prehistoria que el poeta había sostenido con sus amigos ese mismo día.
Después de despedirse, Bretón caminó despacio por la rue Latran y al cabo de un largo trayecto llegó a su casa, agotado y deseoso de tenderse sobre la cama.
Vestido aún se lanzó boca arriba contra las sábanas y al cabo de unos minutos, observando el techo de su habitación, descubrió un cráneo dibujado entre las fisuras del concreto.
Un cráneo de una joven simia, pensó. O quizás la calavera de una época perdida en la materia del deseo.
Observó las líneas que fijaban el contorno de ese cráneo y simuló dormir profundamente, o bien profundamente imaginó dormir mientras el sueño verdadero lo atacaba sin desprecio, como a un niño engatusado por su propia fantasía.
Bretón abrió las puertas de su sueño y se descubrió tendido en medio de un bosque húmedo y caliente, espeso como el cúmulo de sonidos que empezaba a percibir por todos lados. Verdes y amarillos, troncos de alas poderosas abrazaban la espesura de aquel bosque sumergido en una nube calcinante, como si la vida dependiera del vapor, o como si la muerte hundiera sus gemidos en los recodos que se abrían y cerraban.
El poeta se incorporó y, decidiéndose a caminar por aquel bosque,...
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