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Ahora que los restos de Carmen Granados yacen en paz, y que cada cual, ante su desaparición física, ha exteriorizado y mitigado su dolor, es obligado reflexionar sobre ese pasado que tiende a transformarse en mito en la historia costarricense, porque, en definitiva, sacar cuentas con los propios muertos --desenterrarlos-- constituye un intento por reconciliarse consigo mismo sin recurrir a la salida esquizofrénica del olvido.
La tendencia primitiva, por el contrario, se levanta sobre la pérdida de la memoria cuando asume a los muertos desde afuera de lo humano. El "adelantado", al no formar ya parte corporal de lo terreno, es asumido en tal condición a perpetuidad: afuera adelante y atrás, ahora y siempre. Desde su partida aparece y aparecerá supra o infra humano, según sea el caso. La manera primigenia de alejar a quienes irremediablemente ya no están como hasta ahora estaban --toma de conciencia de su partida sentida en el abandono de quienes le sobreviven--, ha sido suponerlo desde siempre afuera: nunca estuvieron entre los vivos como seres humanos, sino como enviados celestiales o infernales, de nuevo, según sea el caso. La expresión popular, "no hay muerto malo", expresa tal consideración primigenia que ya vivía en la antigua Roma: "De mortus nil nissi bonum". Aunque suele ligarse tal salida con el perdón, este ligamen es erróneo. El perdón no implica olvido sino comprensión.
Pese a que asumir su dimensión humana es lo más difícil, alejado del sentido común, espontaneidad o inmediatez, es, sin embargo, la manera más adecuada a lo humano en tanto permite a los vivos encontrarse en los muertos, mientras paralelamente, los muertos podrían encontrar su continuidad en los vivos; resurrección del espíritu en la carne, por así decirlo. Recuperar la memoria es un esfuerzo por la vida y no por el deseo de vilipendiar, ni mucho menos, a quienes se "adelantaron". Quien ya no está entre los llamados vivos no desaparece enteramente; transforma su manera de estar entre aquellos. Su desaparición física no obliga a la desaparición espiritual pues ello puede y debe inducir a recrearlo críticamente; hacerlo presente humanamente. Al divinizar o satanizar el recuerdo de los muertos, se les des-humaniza en la memoria y el espíritu. Aparentemente, es preferible olvidar para mitigar el dolor, pero a la larga, será preferible comprenderlos en su verdad porque al muerto ya no se le puede hacer sufrir más; en definitiva, el dolor se presenta sólo entre quienes le sobreviven, pues quien ya partió, aunque se imaginen lo contrario quienes continúan en vida, ya no experimenta dolor alguno --al menos no el que experimentan los vivos--. El sufriente no es el muerto sino el ser vivo. El no querer "revolver las cenizas" o dejar que los muertos "descansen en paz", constituyen dos expresiones usuales producidas por el desplazamiento del dolor del ser vivo hacia el muerto --desplazamiento realizado por el primero--, enteramente comprensible, pues es una salida...
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