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1. Presentación
Intentaremos establecer algunos patrones de definición en torno a la identidad colectiva latinoamericana. Para ello recurriremos a la lectura y análisis de tres obras de la literatura de esta región; usaremos: La vorágine (1924), de José Eustasio Rivera (1889-1928), colombiano; Don Segundo Sombra (1926), de Ricardo Güirales (1886-1927), argentino; y, Doña Bárbara (1929), de Rómulo Gallegos (1884-1969), venezolano.
A partir de estas obras se tratará de definir algunas posibles pautas de aquello que, los tres escritores retraten como característico en América Latina. En este sentido se tratarán de establecer la naturaleza y el ritmo de las acciones, posteriormente --y a partir de lo citado anteriormente-- la aparición de lo que se podría considerar como la identidad colectiva en América Latina. En este eslabón se situarían la trama de la moral y la consecuente manera latinoamericana de leer, hacer y vivir la realidad y la historia en América Latina.
Para interpretar la lectura se recurre al examen de las fuentes literarias y al detalle de los elementos de naturaleza e identidad. Luego se pasa a la reflexión de lo que creemos se implica en la configuración de esa identidad colectiva latinoamericana; para este último fin recurrimos al examen dialéctico de la historia y del discurso en la historia; y, en segundo término, a un intento por establecer los posibles orígenes y mecanismos en que se establece la identidad colectiva latinoamericana.
¿En qué sentido es esta investigación importante? Quizás únicamente en el sentido de hacernos apreciar un poco la literatura latinoamericana y en el entendido de que ésta nos invita a algo más que contemplar las letras y admirar los paisajes latinoamericanos. Es por eso que finalizamos con una conclusión excitativa.
2. En defensa del trópico
2.1 La naturaleza en La vorágine
La vorágine fue la primera de las tres obras en ser escrita. Aparecen personajes ciertamente, sin embargo el principal de ellos es --sin duda-- la misma naturaleza, la selva. En efecto, la realidad selvátiva y salvaje es el primer personaje. No es Arturo Cova, un joven poeta colombiano, mucho menos su novia Alicia, quien está embarazada o Barrera, un contrabandista. Ellos existen y Arturo Cova narra la historia, pero ellos existen y la historia es historia porque la selva colombiana existe. El cogito cartesiano se ha invertido, por lo menos en la América de esta obra, aquí el hombre existe porque la naturaleza existe.
La naturaleza es antropomorfizada. Actúa como ser humano y mejor que un ser humano. Así, Rivera nos conduce a descripciones como la siguiente:
Y la aurora surgió ante nosotros: sin que advirtiéramos el momento preciso, empezó a flotar sobre los pajonales un vapor sonrosado que ondulaba en la atmósfera como ligera muselina. Las estrellas se adormecieron, y en la lontananza de ópalo, al nivel de la tierra, apareció un celaje de incendio, una pincelada violenta, un coágulo de rubí. Bajo la gloria del alba hendieron el aire los patos chillones, las garzas morosas como copos flotantes, los loros esmeraldinos del tembloroso vuelo, las guacamayas multicolores. Y de todas partes, del pajonal y del espacio, del "estero" y de la palmera, nacía un hálito jubiloso que era vida, era acento, claridad y palpitación. (1)
Esto quiere decir que la naturaleza reconoce la existencia de los seres humanos y se le ofrece a éstos. Se adelanta a la conciencia de los hombres y los recrea con deliciosas fragancias. Y todo esto desde el mismo amanecer y sin menospreciar que a los que obsequia con sus dones hallan pasado la noche entre húmedas pajas y víctimas del cansancio. Esa misma naturaleza que los cansara durante todo el día, en la noche los cubrió y al amanecer los envuelve con esencias. Las mismas estrellas son retratadas como buenas personas que, cumplidas sus faenas se dirigen al descanso y dan lugar al sol y a celajes superiores y muy similares a las piedras preciosas. El cuadro de la naturaleza es complementado con el detalle de la vida animal que despierta, con el bullicio que indica que hay vida e incesante renovación de esa vida en esa naturaleza.
Esta esplendidez de la naturaleza (incluidos la selva y el desierto mismo) contrasta con las acciones del ser humano, con el ser humano. Así leemos:
¿Que poder maléfico tiene el alcohol, que humilla la razón humana abajándola a la torpeza y al crimen? ¿Como pudo comprometer la condición mansa de mi temperamento en un altercado que me enloqueció la lengua, hasta ofender de palabra la dignidad de usted, cuando sus merecimientos me imponen vasallaje enaltecedor que me llena de orgullo? (2)
O esta otra mención:
El capitán dio en perseguir a la niña Griselda, y, para cortejarla a su antojo, dejaba en servicio al subalterno. Este, enterado ya de los propósitos del jefe, abandonó el puesto una noche y corrió a su habitación. Nadie ha sabido qué pasaría a puerta cerrada. El capitán apareció con dos puñaladas en el pecho, y, debilitado por el desangre, murió de fiebres en la misma semana después de hacerle declaraciones a la justicia, favorables al acusado. (3)
En efecto, en el primer y en el segundo caso aparece la incertidumbre en la conducta humana. Las acciones son elaboradas pero corren el riesgo de ser torpes y confusas por las mismas obras que el ser humano crea (alcohol, abuso de poder = el capitán hacia su subalterno y hacia Griselda). Bien se podría creer que la naturaleza es sabia y que la mano del hombre cuando actúa puede inflingir la destrucción o la torcedura de la sabiduría de la naturaleza. (4)
Ahora bien, la naturaleza es hermosa, atenta. Pero hay otra característica --y que se ha insinuado en la anterior cita de la muerte del capitán--: la naturaleza tiene su autoridad incuestionable, su soberanía, su libre albedrío y su justicia. La naturaleza es ley y no se la viola impúnemente. Así como es de armoniosa en lo estético, así de justa y de exacta es en la contravención, en sus leyes y sus decretos. Por eso no es de extrañar que la selva sea salvaje y que la naturaleza tenga licencia para cobrarse vidas y para efectuar las modificaciones que juzgue pertinentes.
En consonancia con ello, leemos:
Empero, una novilla recién parida, que se destapó las pezuñas cavando el secadal, regresó a buscar a su ternerillo por ofrecerle la urbe cuarteada. Echóse para lamerlo, y allí murió. Levanté la cría y expiró en mis brazos. Mas luego, al caer de unas cuantas lluvias, invertía el territorio su hostilidad: por doquiera, encaramados sobre troncos, veíanse "lapas", zorros y conejos, sobreaguando en la inundación: y aunque las vacas pastaban en los esteros, con el agua sobre los lomos, perdían sus tetas en los dientes de los caribes. Por aquellas intemperies atravesamos a pie desnudo, cual lo hicieron los legendarios hombres de la conquista. Cuando al octavo día me señalaron el monte de Vichada, sobrecogióme intenso temblor y me adelanté con el arma al brazo, esperando encontrar a Alicia y a Barrera en sensual coloquio, para caerles de sorpresa, como el halcón sobre la nidada. Y jadeante y entigrecido me agazapé sobre los barrancos de la orilla. ¡Nadie!, ¡nadie! El silencio, la inmensidad ... (5)
La autorización válida es sólo la de la naturaleza y ésta última es, además, única e incuestionable. Nadie sabe lo que le espera cuando interactúa con la naturaleza. En ella se puede ser su prisionero y hacer prisioneros es parte de su identidad. Ella se defiende de quienes la invaden y actúen como sus depredadores. Así, de río a río, de llanura a llanura, hasta incluso adentrarse en las selvas brasileñas, Cova descubre que la naturaleza es inflexible, devastadora y que la humanidad es por ontonomasia degradada. Todo aparece como una masa retorcida, repulsiva y crispada.
Si de los elementos humanos se trata, en la obra aparecen particularmente degradados. Aquellos se constituyen en grupos humanos (blancos, mulatos, mestizos, indios). Las relaciones comerciales son de explotación y en contadas excepciones de sobrevivencia. La labor es árdua, agotadora y exige la separación de los que se aman. En relación con el trato a las mujeres, las mujeres pueden ser igualmente cortejadas como violadas.
Se agrega a ello que el amor no es bien apreciado por los hombres, sin importar si se está en la ciudad o en la selva. Así, en la ciudad se le exige a Ana casarse con un anciano al que no ama y en la selva se le secuestra y se le violenta pese a estar embarazada. Por lo demás, parece ser que el amor se subordina a condiciones y criterios sociales: Ana se debe casar con un anciano y Cova debe ser arrestado por la justicia y el hijo ilegítimo de Cova y de Ana no debe conocer a su padre. Más aún, tanto la ciudad como la selva ofrecen condiciones para que aquellos que se aman sean brutalmente separados. Pero estas condiciones son propiciadas por el ser humano, no por la naturaleza.
Si la convención social (la cultura oficial) ofrece este tratamiento a quienes se aman, Cova y Ana deben huir para amarse y así se internan en el desierto y en la selva. Escapan de sus padres y del pueblo, de la policía y de un fascineroso acosador y traficante de caucho (el gallardo Barrera). Pese a todo eso, Barrera tiene una personalidad atrayente y pocas mujeres la resisten. Las mujeres --como la selva y su caucho-- y como sus empleados, terminan siendo envilecidas. Así, la seducción de Barrera es seducción para lograr la explotación. Por su parte, la naturaleza parece que sí premia al amor o, por lo menos, desea que los que se aman permanezcan juntos, aunque sea en medio de las torbellinos de la existencia. De tal manera que, en la justicia de la naturaleza, Barrera forceja con Cova, cae en el río y es devorado por las pirañas. A continuación, la naturaleza vuelve a ejercer sus leyes irremediables para con los sobrevivientes: Cova, su novia y sus compañeros se adentraron en la selva y la selva se los tragó. Por lo menos en el destino final--y hasta donde pareciera--, los amigos permanecieron juntos.
2.2. La naturaleza en Don Segundo Sombra
La naturaleza en Don Segundo Sombra es simple pero vigorosa. Una vez más la naturaleza es diáfana, exigente, pero cálida, leal." Es necesario preparase para interactuar con ella. Don Segundo Sombra es el maestro en esas artes. Porque para vivir en la naturaleza (representada aquí básicamente por la pampa) es necesario curtirse no sólo el cuerpo y el carácter sino también por dentro, en el interior.
El gaucho es el elemento humano por excelencia. ¿Qué es el gaucho? El gaucho...
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