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Si ayer entusiasmado / Os dio mi padre el título de amigo / Hoy que la tumba yerta / Su despojo mortal guarda sombria, / El tardo porvenir vuestro camino. Salomé Ureña ("Una Memoria")
Me sorprende el clamor, hace diez y seis años ... Hoy me tocan veintidós estrellas ... ... el calor de hilachas ratificaba el porvenir (Fragmentos de Sigo zurciendo las medias de mi hijo)
Representar la niñez en el discurso literario precisa la mención y la articulación de varios escritores hispanoamericanos que han tratado el tema en el proceso cultural de la Nación, José
Martí y Gabriela Mistral, entre otros (1). También implica la evocación de un "ayer" de recuerdos inolvidables, insertados en el "hoy" de la escritura para que perduren en el legado del "porvenir" como señala la poeta dominicana Salomá Ureña (1850-97) en su composición elegíaca "Una memoria" dedicado a la muerte de su padre. Después de dejar asentados estos tres deícticos temporales, tan comunes en el ejercicio poético de Arminda Valdés-Ginebra (Cuba, n. 1922), nos detendremos a evaluar la figura individualizada del niño muerto en el discurso elegíaco de Sigo zurciendo las medias de mi hijo (1991) (2). En un contexto novedoso y sorprendente, aparece reiteradamente como personaje siempre nombrable, y colocado de eje paradigmático y seminal en la exteriorización de los estados anímicos y experiencias vivenciales de la autora ante la muerte temprana de su hijo a los once años, y debido a un accidente trágico de autobús.
Autora de numerosos poemarios, escritos dentro y fuera de la Isla, en Sigo zurciendo las medias de mi hijo, el hijo muerto predomina como único tópico del discurso, que la poeta teje y desteje al igual que en el mito de Penélope (3). Sobre este intertexto mítico, por propia admisión personal de la poeta, el texto se basa en el mito de Penélope con la adición de la reconstrucción de la espera del hijo perdido, lo que inspiró la escritura del libro. Según Valdés-Ginebra, acude a la escritura por medio del "zurcir" diurno para "'zafar" de noche los pensamientos de la incógnita ante la ausencia. Para Orlirio Fuentes, el mito de este aguardar sin retorno se convierte en "signo deífico" que es, a su vez, apoyo de la creación poética en el canto a la muerte, a lo cotidiano poetizable como sucede también el caso de Gabriela Mistral y la norteamericana Sylvia Path (Fuentes: 29). De ahí que este énfasis captado en todo el texto, se manifieste tan abiertamente en el poema "Niño de la Berenjena": "[...] reconstruyendo la espera / no hay regreso de la muerte / pero yo sueño y aguardo, pon tu regazo en mi patio" (Fuentes: 39).
Al tratarse de un texto elegíaco, conviene acercamos rápidamente al Diccionario de la lengua española (1970). La elegía se define como una "composición poética del género lírico, en que se lamenta la muerte de una persona o cualquiera otro caso o acontecimiento privado o público digno de ser llorado" (1970: 508). Esta proposición académica se ajusta con claridad y exactitud a la obra de Valdés-Ginebra de la que nos ocupamos, y más explícitamente en el poema "Con las manos vacías" donde se adapta con originalidad el mito de Penélope: "Y me puse a zurcir las medias / de mi niño. / Y me quedé tan triste, que el llanto / se hizo laguna" (1970: 37) o en "Donde expreso que te extraño," texto en el que la metáfora del "llanto en hilo" sirve de tejido intertextual a la versión mítica.
En cuanto a la representación textual de cualquier sujeto, vivo o muerto a nuestro juicio, Iris M. Zavala sugiere que es "el eje del discurso referencial que aspira a reflejar o reproducir la formación social. [E]s también un concepto polisémico" (11). En su estudio, Zavala indica formas de ver y representar al Otro (62-63 subrayado...
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