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Mitificaci�n y desmitificaci�n en Margarita est� linda la mar.(novela del autor Sergio Ram�rez)(Ensayo cr�tico)

Publication: Kanina

Publication Date: 01-JUL-03

Author: Vargas Vargas, José Ángel
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Ni es la torcaz benigna, ni es el cuervo protervo: Son formas del enigma la paloma y el cuervo.

Rubén Darío Coloquio de los centauros

1. Introducción: La selección de dos figuras clave

La novela Margarita, está linda la mar (1998), del escritor Sergio Ramírez Mercado (1942), recrea la historia nicaragüense a partir de la elaboración artística de dos figuras claves: Rubén Darío y Anastasio Somoza García (1). La vida personal de ambos, reñida de los múltiples matices que la sociedad les ha asignado, es integrada por el autor al contexto histórico con el fin de edificar un icono de la realidad de un país que aparece por una parte pletórico de gloria, y por otra, castigado terriblemente por el poder político.

Temporalmente, la novela comprende el período que va desde 1907, fecha del regreso de Rubén Darío a su tierra natal (2), hasta el año 1956 cuando el poeta Rigoberto López Pérez ajusticia en una fiesta al dictador Anastasio Somoza García, pero también se presentan diversas referencias al pasado, motivadas por la fuerza convocadora y connotativa de una palabra que alude a la conquista española y al siglo diecinueve. Además, estas relerencias contribuyen a explicar la realidad presente y confrontar las consecuencias que ha tenido la dictadura en la sociedad nicaragüense.

La ciudad de León es el eje espacial de la novela (3), ya que une las historias narradas y funciona como punto de encuentro de los diversos personajes implicados en la trama. Darío regresa a León en 1907 donde es recibido con honores por representantes del poder político y religioso, y, en general, por todo el pueblo, y en ella también muere en 1916; en León está ubicada la Casa Prío y a ella concurren los miembros de la Mesa Maldita, un grupo que comenta, analiza y crítica temas de la vida pública y privada (4); en esta misma ciudad, en el entierro de Darío, Somoza pide la mano de quien será su cónyuge, la señorita Salvadora Debayle y también en ella ocurre el atentado mortal contra Somoza.

La selección de estas dos figuras clave de la historia nicaragüense le permite al autor remontarse en el tiempo y de manera sintética construir una metáfora de la historia política y cultural de Nicaragua. A pesar de que son personalidades muy diferentes, el autor las vincula de un modo particular con el contexto que les correspondió vivir y procura ir recuperando aquellos elementos que han servido para que la sociedad los considere como signos su identidad Por una parte, Rubén Darío es el poeta por antonomasia de Nicaragua y como tal representa el más alto exponente de la vida literaria y cultural de su país; por la otra, Anastasio Somoza García encarna el poder dictatorial que históricamente ha provocado el desastre social, económico y político. Tanto uno como el otro se constituyen en núcleos generadores del sentido en la novela y posibilitan un interesante diálogo con el contexto, marcado por la forma cómo el autor les ha dado un tratamiento literario (5).

2. El proceso de mitificación

En su afán por proporcionar una visión amplia de la realidad y de explorar la vida de Anastasio Somoza García y Rubén Darío, el autor los somete a un proceso de mitificación (6), ya que empieza tratándolos como la representación de una realidad sobrenatural, superior o extraordinaria, vista en relación con el mundo real y objetivo (7). Al tratarse de dos personajes muy diferentes, la forma en que mitifica a cada uno encierra ciertas particularidades.

En la novela, Darío, además de ser considerado como un personaje excepcional, es mitificado desde el ámbito político y religioso. Es recibido con un júbilo general y el narrador, desde un primer momento le confiere a sus acciones un tono divino, ya que lo trata como un genio de las letras que ha llegado profundamente al alma de los nicaragüenses. Estos se disputan sus versos como objetos sagrados y le siguen en multitud, en una romería, hasta la casa de su tía Bernarda (8), donde se concentran y no cesan de rendirle culto, pues lo consideran su Dios y héroe:

Para la anciana, en cambio, era como si el circo de atracciones hubiera acampado dentro de su casa, una romería de devotos que solo callaba su algaraza cuando veían salir a Rubén del refugio de su aposento, abotagado y aburrido, para recoger, con forzadas inclinaciones de cabeza, los legajos que le entregaban, composiciones en su homenaje o colecciones de poesías que necesitaban un pórtico suyo (p. 91-92) (9).

Si el pueblo lo considera un santo, las autoridades eclesiásticas, representadas por el Obispo Monseñor Simeón Pereira, se encargan de endiosarlo aún más. En medio de la algarabía, este personaje grita efusivamente "Viva el príncipe de los cisnes, señores" (p. 20), lo cual desata todavía m el entusiasmo de un pueblo que, con ofrendas florales, desfila para palparlo y besarle las manos. Ante esta actitud desbordante, Monseñor Siméon Pereira le anuncia a Darío que habrá más júbilo, a lo cual este responde: "¡Mi domingo de ramos"(p. 25). Con escenas como esta se enmarca al personaje en un ambiente divino: el pueblo se postra ante su grandeza y su comportamiento también lo ubica dentro del ámbito religioso.

En la obra hay un hecho concreto que revela el poder divino de Darío: la transmisión del numen a Quirón, un niño que aparece inicialmente desprovisto de toda clase de conocimientos y con un aspecto desagradable y abandonado:

Alza la copa hacia ella. Luego, llama a Quirón con voz grave. El obispo Siméon le habla al niño al oído y lo empuja suavemente hacia Rubén. Deja a un lado la copa vacía, se pone de pie y le toma la cabeza con ambas manos. El niño quiere retroceder pero las manos lo retienen implacables, apretándolo cada vez más Un sordo rumor de caracolas va llenando su cráneo, y tanto lo aturde aquel ruido que rueda desvanecido. Casimira da un grito, que apenas puede contener llevándose las manos a la boca, y Margarita acude a esconderse en su regazo. Salvadorita llora de susto. Rubén se vuelve a sentar Eulalia, cejijunta, lo contempla con sonrisa impávida Acude el obispo Simeón, se arrodilla y sopla al niño con su bonete: el sabio Debayle se levanta también, disgustado, y envía al tren por su maletín Cuando el niño, reanimado por las sales de amoniaco se sienta en el piso, no lloro, no hay ningún susto en sus ojos --Ahora, sufre la quemadura, Quirón El numen está en tu cráneo-- le dice Rubén con lengua remorosa (p. 29)

A partir de este acontecimiento, que adquiere un sentido milagroso, Quirón cambia totalmente y se convierte en un personaje que también alcanza una dimensión mítica (10) porque adquiere una capacidad extraordinaria, apareciendo envuelto en una atmósfera de misterio y fantasía. Aunque su aspecto físico se mantiene, llega a encerrar una gran sabiduría e incluso se constituye en maestro de Rigoberto López Pérez.

El narrador complementa la grandeza de Darío a partir del énfasis puesto en un rasgo físico del personaje: su gran masa encefálica, símbolo de superioridad e inteligencia (11). Aunque en un principio pareciera una característica burda del personaje, se va creando una expectativa y una tensión que llega a su punto culminante en el momento de su muerte y se genera una terrible disputa por su cerebro, encabezada por el sabio Debayle, con la oposición de Andrés y Rosario Murillo (cuñado y esposa de Darío respectivamente) y en la cual participan también la Policía y la Caimana, dueña del burdel Las Ánimas Benditas, hacia donde finalmente Quirón sale huyendo con el cerebro de Darío (12) que, según la obra, era superior en tamaño al de Albert Einstein y al de Víctor Hugo.

Afirma Sergio Ramírez que para escribir esta novela él partió de una imagen visual que por mucho tiempo le había obsesionado: la disputa del cerebro de Rubén Darío, inmediatamente después de su muerte. Para él, esta imagen representa un punto luminoso que concentra el sentido y posibilita una configuración compleja del universo narrado. Dicha imagen la describe con las siguientes palabras:

La imagen nocturna de dos hombres, uno vestido de casimir oscuro y el otro con bata de cirujano ensangretada, que se pelean a bastonazos en media calle una urna de cristal que al fin se rompe y cae sobre el empedrado regando su contenido. El cerebro de Darío, muerto hace pocas horas, está ahora en el sucio como una medusa desvalida. El hombre de la bata de cirujano se lo ha extraído porque quiere saber si pesa más que el de Victor Hugo. Es el sabio Louis Henry Debayle, descendiente de Sthendall, alumno de Charcot y de Péan en La Sorbonne, que practica la medicina en León El otro, un oscuro y metalizado cuñado de Darío, solo quiere venderlo a un museo de Buenos Aires donde ya lo tiene prometido (13).

En efecto, a la muerte de Darío, después de una lenta agonía, se produjo una seria disputa entre el Doctor Debayle y Andrés Murillo, por quedarse con su cerebro que para ellos encerraba gran misterio y atracción y tuvo que ser resuelta con la intervención de la Policía. Según Jaime Torres Bodet, el cerebro fue extraído veintiocho horas después de la muerte y estudiado por el Doctor Juan José Martínez que determinó su peso extraordinario (14), apenas alcanzado por otras grandes figuras.

Ante las dudas que dejan los biógrafos sobre el dato especifico del lugar donde finalmente quedó el cerebro de Darío y ante la versión ficticia que ofrece la novela, el autor aclara que después de ser devuelto a la viuda Murillo:

El cerebro fue sacado de manera clandestina de León por la viuda Murillo, en tren, en una alforja de cuero, y llevado a Granada donde fue entregado al doctor Juan José Martínez, médico rival de Debayle, graduado en Londres y Nueva York, para que lo examinara [...] Supuestamente el obispo Pereyra y Castellón consiguió luego que el cerebro fuera devuelto a León, donde fue enterrado en privado en la misma tumba donde yace Rubén en la catedral. Esto parece otra novela, pero es la verdad, aunque creo que mi versión de Quirón huyendo con el cerebro hacia el burdel de Las Ánimas Benditas sigue siendo mejor (15).

Este tema también lo había novelado Sergio Ramírez en ¿Te dio miedo la sangre?, donde narra cómo el anciano médico Desiderio, que se había graduado en Francia por el Hospital Charcot de la Salpêtiere y había sido nombrado candidato a la presidencia, poseía en su casa el cerebro descomunal de Rubén Darío:

Dormía al fondo del corredor, el sombrero y el valijín a su lado sobre la cama, sin desvestirse, sucio y desordenado el aposento hasta el cual las cofrades, embargadas por el respeto, no entraban a barrer; hojas de viejas revistas sanitarias descuadernadas se paseaban indolentes por el piso, pilas de tratados quirúrgicos se acumulaban en los rincones húmedos; y contra las paredes, unas urnas maqueadas en negro y de talladuras solemnes, en cuyos tramos se alineaba una colección de frascos de tapas esmeriladas que guardaban tumores malignos, fetos siameses y vísceras sacadas en autopsias a cadáveres de hombres célebres, entre ellas un cerebro extraño y descomunal que era el de Rubén Darío (16).

El anciano sacaba el cerebro de Darío al patio para mostrarlo a los forasteros que llegaban en peregrinación y les indicaba con el dedo en la circunvolución de Broca, donde, según él, había residido el numen de las Musas (17), con lo cual contribuye aún más a la configuración mítica del personaje.

Darío no solo es mitificado desde el ámbito religioso, pues el pueblo entero y los represen tantos del poder político lo ensalzan en grado superlativo. Su regreso desata una manifestación apoteósica en la que sobresalen el culto y el tributo que le brinda el general José Santos Zelaya, entonces Presidente de la República (18), que no escatima ningún esfuerzo para ofrecerle la más resonante acogida, poniendo a su disposición todo cuanto quisiera y rindiéndole los más elevados honores. Además de ser motivo de orgullo para el país entero, no hay figura política ni gobierno que desconozca su aporte, ya que al margen de las posiciones ideológicas, lo toman como un símbolo nacional (19) y como una figura catalizadora de los intereses y aspiraciones de la patria.

Este hecho se aprecia en la secuencia de su entierro al que concurren todo tipo de personalidades, instituciones y grupos, entre los que se distinguen políticos, prelados, ediles, estudiantes, gremios de trabajadores, profesionales e incluso niños, los que van tras él conformando la procesión más numerosa y espléndida que haya habido en la historia de Nicaragua, según lo narra el propio autor. Todos, imbuidos de un mismo sentimiento de dolor y admiración, han participado adornando las calles y edificios, colocando flores por todos sitios, y hasta el propio sabio Debayle se muestra conmovido y Quirón sufre:

La procesión se detuvo por fin a los pies del sabio Debayle y el murmullo de las voces se fue aquietando Las lámparas de acetileno colgadas del alero para iluminar el balcón alcanzaban con su halo la seda azul del palio Los papeles del discurso temblando en sus manos y el llanto enturbiando sus ojos, empezó por exaltar el cerebro prodigioso, e iba ya a ofrecer sus datos sobre el peso sobrenatural cuando de las profundidades de la Maison de Santé, primero en un susurro lejano, llegaron hasta la calle los gemidos de Quirón (p. 317) (20).

Este proceso de mitificación trasciende el universo narrativo de Margarita, está ligada la mar, ya que Darío ha sido uno de los temas que han obsesionado al autor desde sus primeros escritos, hasta el punto de que en el transcurso de los años ha ido elaborando un discurso sobre es te hombre tendiente a reconocer sus méritos y a elevarlo a la categoría de poeta supremo de Nicaragua y de la lengua castellana; ya en 1963, en su artículo "Rubén Darío, la señal trascendente" destacó que la mayor herencia de Darío era incentivar la libertad creadora y lo consideró como guía de la historia cultural de Nicaragua (21).

Esta exaltación de Darío la continúa acentuando en los ensayos escritos desde los años ochenta donde lo califica como el clásico por excelencia, el artista revolucionario de la lengua castellana más grande desde Góngora y Cervantes (22), el hombre que fue capaz de renovar y revolucionar el lenguaje, e invertir el tópico de que en América lo novedoso proviene de Europa. También lo compara con Julio Cortázar y a ambos los considera como transformadores...

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