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Chicago -- El abril pasado voté en una muy discutida elección presidencial que fue tan cerrada como para morderse las uñas. Esa tarde, y en los días siguientes, yo y millones de mis paisanos esperamos ansiosamente mientras veíamos las votaciones llegar en pequeñas cantidades y llenas de acusaciones de voto fraudulento y votantes registrados que no fueron admitidos en las urnas, mientras que miles de los votos para el candidato que aparentemente perdió fueron invalidados.
Observamos consternados mientras las partes del país gobernadas por un amigo del candidato que iba a la cabeza mostraban la más grande cantidad de embrollos increíbles que sistemáticamente dañaban al candidato que perdía.
Eso fue la elección peruana.
El martes pasado voté en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, algo que puedo hacer por tener doble ciudadanía --Estados Unidos y Perú. Después de depositar mi voto en la estación de bomberos de un suburbio de Chicago y mostrar una estampilla que decía: "Hoy voté", esperaba completamente un contraste entre estas dos elecciones. Por el contrario, sonó el dicho del cronista de béisbol Yogi Berra: "El déjà vu se repite otra vez".
El miércoles por la mañana, con los ojos nublados, veía en la televisión un ofuscamiento surrealista. No ganador. Un recuento. Cerca de 19.000 votos probablemente depositados a favor de Gore --quien iba perdiendo por un margen muy pequeño-- eran rechazados. Todo esto pasando en un estado …