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Sigo con asombro, no exento de regocijo, la batahola organizada con el testamento de Rafael Alberti, la inolvidable estrella de los Coros y Danzas del Gulag. Seguramente ustedes conocen ciertos rumores sobre mi salida de un periódico por la censura de la columna titulada "El otro Alberti" en la que junto a los méritos literarios de la primera época se recordaba también su condición de propagandista soviético, babeante juglar de Stalin y de todos los dictadores comunistas, sin excepción. Aquella columna se publicó en El Mundo y, en fin, allá rumores. Salvo el repelús de Raúl del Pozo y la lógica contrariedad de algún asesor de la fundación Alberti no hubo mayor reacción. A la censura, digo. Al recuerdo del agente estalinista que Alberti fue -documentado. por ejemplo. en el libro de Elorza y Bizcarrondo ...