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In spite of his deep insights, Hegel fails to grasp the specific character of the war waged by the French Revolution and the Empire. His theory of limited warfare turns out to be a peculiar Sollen, but it is precisely this gap between rationality and reality what makes his classical model an appealing antithesis to postmodern violence.
Keywords: modern and postmodern warfare, sovereignty and globalisation, Hegel.
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1. Reflexionar sobre el concepto de guerra en Hegel presupone la expectativa de encontrar en su pensamiento motivos que podrían favorecer una comprensión y, tal vez, también una toma de posición evaluativa de las características actuales del fenómeno bélico.
En este sentido, una evaluación de la eventual vigencia del pensamiento hegeliano como hontanar interpretativo de la violencia contemporánea debe tener en cuenta, ante todo, la manera como el filósofo procesa categorialmente el tipo de guerra de la que tiene experiencia directa, a saber: la guerra que la Revolución Francesa desata en el continente europeo. Nuestra premisa es que las guerras revolucionarias y napoleónicas constituyen el fenómeno inaugural de un proceso de agudización y totalización del conflicto, cuya conclusión coherente es la violencia que hoy nos envuelve (1). El eje de nuestra lectura es que, por un lado, Hegel no llega a elaborar filosóficamente los motivos novedosos que anuncian este desarrollo, pese tanto a que le son coetáneos, como también y sobre todo a que disponía de elementos categoriales para hacerlo. En especial, pensamos en su crítica a la equívoca mediación entre lo universal y lo particular que lleva a cabo el entendimiento: en ella Hegel tenía motivos suficientes como para esbozar un adecuado análisis de la Gestalt que la guerra ya había asumido en su época.
Sin embargo, Hegel no ensaya una fenomenología de lo bélico, o mejor sería decir: una ampliación en esta dirección de su fenomenología del Espíritu. De haberlo hecho, creemos que habría teorizado una configuración cuyas connotaciones habrían expuesto los rasgos esenciales de un fenómeno que, ya por entonces, aparecia claramente como un enfrentamiento extremo, anunciador de la violencia ilimitada posterior e hiperideologizado en términos no inmediatamente religiosos, sino secularizados (al menos en los principios invocados por uno de los contendientes). Y, sobre todo, se presentaba como una guerra a la vez civil e interestatal, conducida por su actor más sugestivo y de mayor proyección histórica --la Francia revolucionaria y napoleónica-- invocando la humanidad y la justicia contra el despotismo.
Según nuestra lectura de esta cuestión, ante los ojos de Hegel se desarrolla una forma del gerere bellum que desmiente la categorización hegeliana de la Filosofía del Derecho. Mientras ésta tematiza un tipo de conflicto propio de la modernidad clásica, interestatal, limitado y restringido en virtud de ciertas normas no estrictamente coactivas pero, sí, regulativas, la guerra que tiene lugar en vida de Hegel y que pertenece intrínsecamente al contexto histórico motivador de su pensamiento puede ser considerada --en sus rasgos esenciales, pero todavía no los únicos-- una guerra civil europea, ilimitada y crecientemente total. O sea, una guerra que, tanto en lo relativo a las justificaciones invocadas --cuya función legitimante no puede ser identificada sin más con la cumplida por los credos y confesiones enfrentadas en las guerras de religión modernas--, como en lo que concierne a las teorías que motiva y a la práctica bélica que desencadena, anticipa notablemente --si no directamente inaugura-- el tipo de enfrentamiento típico de la era de las masas, de segunda mitad del siglo diecinueve y, sobre todo, del siglo veinte.
Dicho de otro modo: nos resulta algo sorprendente que Hegel, quien ha denunciado agudamente cómo la típica universalidad abstracta invocada por los acólitos del Verstand tiene como correlato inevitable el recurso al terror para mediar entre la abstracción y lo particular, no haya comprendido y conceptualizado adecuadamente el significado epocal del fenómeno bélico que está presenciando. Sólo que ello no disminuye la importancia que atribuimos a su filosofía en el actual cuadro de discusiones y reflexiones en tomo a la violencia y a la guerra sin restricciones ni contenciones que experimentamos. Nuestra propuesta es que, en este sentido, Hegel sigue vigente como un hontanar significativo de las categorías necesarias para comprender la situación contemporánea, pero para ello cabe realizar un doble movimiento hermenéutico: por un lado destacar el hobbesianismo de sus ideas de bello, o sea la continuidad conceptual con un (gran) filósofo que ha sido objeto de la (a nuestro entender injusta) crítica hegeliana; y, por otro, invertir paradójicamente la identidad que Hegel siempre reivindicó para la filosofía auténticamente tal: o sea, asumir que ella no sólo ni principalmente enseña cómo ha volado el crepuscular búho de Minerva, sino que alienta --en la forma de un peculiar deber ser-- una actitud de crítica y de incertidumbre ante un futuro proceloso.
2. Este planteamiento lleva consigo, en primer lugar, caracterizar de modo breve ciertos rasgos distintivos de la conflictividad en pleno curso, que no conoce pautas limitativas ni criterios restrictivos y cuyos principales beligerantes son actores, sea de un intervencionismo neoimperial, no por paródico menos agresivo, sea de un terrorismo dotado de una imponderable creatividad destructiva.
La guerra posmoderna es la manifestación de la metafísica de la desustancialización que asienta su reivindicación extrema de la diferencia en la intelección de los nexos humanos como simple circulación de fragmentos inestables y autónomos, sin que encuentren legitimidad las pretensiones de establecer fronteras o cotos a lo que es mero flujo sin entidades fluyentes.
En este contexto, todo es mera apariencia sin sustancia apareciente, y la misma metafísica de la deconstrucción, la muerte del sujeto y la fragmentación que rige al arte o a la comunicación massmediática y que preside el dinamismo de la sociedad postpolítica en general, da también su identidad a la conflictividad posmoderna. En esta última dimensión, el fenómeno distintivo es el debilitamiento y reformulación de la estatalidad y la conexa conformación de un espacio global indiferenciado, cuya lógica es la de la movilidad absoluta sin obstáculos o límites justificados. Deudora de un espacio finitizado y parcelizado políticamente, la forma Estado no puede subsistir, porque la espacialidad infinita sin diferencias internas sustanciales (los territorios nacionales) le es extraña y resulta disolvente de su jurisdicción clásica. Pero, además, porque su elemento constitutivo clásico, la subjetividad como voluntad de ciudadanía, ha perdido coherentemente la identidad esencial y estable que otrora legitimaba su politización, y ha quedado desactivada en forma de máscara desarraigada, cuyo espacio de circulación no es, consecuentemente, el de la estatalidad nacional, inherente a un atavismo metafísico ya perimido (Gott ist tot), sino el de la globalización, un espacio total. Esta espacialidad infinita e indiferenciada (i.e. despolitizada) es la propia de los dinamismos ilimitados, no acotables ni sometibles a ralentissement alguno, que contra distinguen el presente: el de la economía, el de la tecnología y el de la violencia, en sus polifacéticos entrecruzamientos.
En lo relativo al último de estos fenómenos, sucintamente diríamos que la conflictividad actual presenta un carácter totalizante, omniabarcador, como nunca antes se conociera, aun cuando en ella desemboquen tendencias suficientemente claras y operativas precedentemente. La guerra total planetaria presenta, entonces, características que simultáneamente continúan, profundizan y aportan novedades al modelo de guerra inaugurada en el paso de la modernidad clásica a la modernidad de masas.
Ante todo, aparece ejercitada tanto por portadores de marcas idiosincrásicas precedentes, aunque transfiguradas, a saber: las formaciones convencionales (ejércitos y unidades estatales, de corte tradicional), como también por una variedad de actores residuales de viejos sustancialismos, y asimismo por entidades polimorfas que han deconstruido todas las identidades firmes: grupos terroristas independientes, milicias partisanas leales a algún tipo de estatalidad no occidental, células de variada coloratura ideológica, e inclusive anarco-robinsones operando a través de las redes cabernéticas en la diversidad de sus aplicaciones (económicas, mediáticas, culturales en general), activistas de todo tipo en circunstancias y ocasiones heterogéneas (verbigracia: niños-guerrilleros), etc. Sus acciones cubren el más amplio espectro de posibilidades en el ejercicio de la violencia: intervenciones e invasiones militares que obedecen a una lógica ya conocida, con las adaptaciones que les imponen las condiciones geopolíticas, el desarrollo tecnológico y las argumentaciones ideológicas; sutilísimos y/o groseros atentados aterrorizantes y represiones antiterroristas groseras o sutilísimas; bombardeos humanitarios; guerrilla telúrica y/o urbana; cacerías humanas; expediciones punitivas y tácticas de ataques preventivos; sabotajes bacteriológicos, informáticos y architecnologizados en general; torturas y confinamientos legales y/o ilegales; etcétera.
El mundo entero es el espacio de la guerra posmoderna, sin exclusiones; esto es, se ha borrado absolutamente la distinción entre campo de batalla y teatro de operaciones, de un lado, y reta guardia o ámbitos pacificados, de otro. Todo lugar del planeta es escenario de la convivencia pacífica y del combate, sin solución de continuidad. Los principios diferenciadores de las distinciones topológicas han perdido validez. No hay más santuarios políticos (países neutrales), religiosos (lugares sagrados), culturales en general; o, en todo caso, la condición de imparcialidad y seguridad que puedan conservar algunos, es provisoria y relativa, obedece a razones estratégicas y a cálculos utilitarios, no al respeto por lo que antes estaba legitimado como ámbito extrabélico.
A su vez, esta proliferación de los contendientes, una facultad o dignidad que antes le cabía solamente a los Estados, por ser los sujetos del derecho internacional público, acompaña --o se complementa con-- la desaparición de la distinción entre combatiente y población civil. En plena armonía con la desustancialización como rasgo epocal, la práctica de la violencia está regida por la no-norma, esto es, por el todo vale: acciones sin contención alguna e intensificadas por el desarrollo de la tecnología y por la fuerza de la voluntad como contraparte equilibrante de la inferioridad tecnológica, conviven con gestiones diplomáticas y presiones a la vieja usanza.
Se enfrentan, así, dos máscaras sin identidades sustanciales por detrás. De un lado, la potencia impar autoungida como administrador de la racionalidad y simultáneamente como vicario de una religiosidad de colonizador puritano, reciclada en conformidad a la marca de parodia que impone la posmodernidad a todos sus fenómenos y acontecimientos; un actor y sus aliados (volentes o nolentes, en proporciones diversas), que se asumen como policía planetaria sin ser conscientes de estar llevando a conclusión coherente el nihilismo de la subjetividad moderna. Del otro lado, un terrorismo tan fluído, global, total, para-religioso, hipertecnologizado y nihilista como su adversario; aunque con mayor fuerza de voluntad y predisposición a la inmolación, a gestos sacrificiales que --más allá de las convicciones de quienes los ejecutan-- se insertan en el contexto actual como la figura extrema de la prioridad pública de lo corporal en la cultura posmoderna, es decir como la radicalización del cuerpo-mercancía massmediatizado, si bien no como objeto del deseo capitalista, sino del ascetismo revolucionario y/o terrorista; en todo caso, cuerpos sacrificados a un hedonismo negativo o invertidos en espejo respecto de su contra-imagen occidental, pero también intrínsecamente posmodernos.
En suma: la violencia bélico-terrorista como rasgo epocal sigue, como si fuera su sombra, al proceso de globalización en la pluralidad de sus facetas: expansión mundial del capitalismo postindustrial, imperio de la ratio tecnológica, elevación del liberalismo a catón ideológico de la corrección política, publicitación de una religiosidad que resulta así banalizada en clave mediática y parodiada cuando los actores de avanzada de uno y otro bando la indocan (con fe auténtica, en la mayoría de los casos) para justificar guerras justas.
3. Retornemos ahora a Hegel. El primer paso es recordar el fundamento metafísico de su comprensión de la guerra: la lógica del para-sí o de la autodeterminación. Su nervio es un principio metafísico central del hegelianismo (y con él, de la modernidad toda): la relación de alteridad es relación consigo mismo como negación de sí mismo y autoposición como lo otro-de-sí, mediante un movimiento que confirma la identidad y autonomía del momento activo, autoponente. Toda apertura a la alteridad es un desdoblamiento de sí, un movimiento en función del cual se afirma la propia independencia (el otro no goza de un status ontológicamente superior como para depender de él).
Esta dialéctica conoce configuraciones diversas, en creciente perfeccionamiento. Por ende, es necesario precisar el momento lógico o estadio en la dialéctica de la Idea que es distintivo del para-sí. En términos de la Ciencia de la lógica, el paso del Ser determinado al Ser para-sí constituye la transición de la ontología cualitativa a la …