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La redencion sacrificial del envejecimiento en la fiesta de Tititl.

Estudios de Cultura Náhuatl

| January 01, 2002 | Johansson K., Patrick | COPYRIGHT 2003 UNAM (Estudios de Cultura Nahuatl). (Hide copyright information)Copyright

INTRODUCCIÓN

En el pensamiento náhuatl prehispánico el proceso biológico que constituye el envejecimiento no atañe únicamente a los seres vivos, concierne también al movimiento espacio-temporal mismo que lo genera. Los hombres, los animales, las plantas, y los minerales, padecen la inexorable entropía (1) que conlleva la duración, mientras que el hecho mismo de durar se ve sometido a imperativos energéticos de degradación fisiológica. El tiempo envejece y muere, cada 52 años, y de sus cenizas renace el tiempo joven, simbolizado por el fuego nuevo.

Además de esta gran muerte regeneradora del movimiento espacio-temporal, la cual impedía que prosiguiera la temible entropía, los nahuas consideraban un envejecimiento anual de los seres, de las cosas, y sobre todo de la tierra que provee el alimento.

Así como lo establece el calendario indígena, el período anual terminaba con la fiesta Izcalli, pero todo parece indicar que culminaba en el mes anterior: Tititl, con el sacrificio de Ilamatecuhtli, la "señora anciana".

1. VEJEZ Y MUERTE DEL TIEMPO Y DEL HOMBRE

En un mundo donde la vida (yoliztlï) surge del movimiento (ollin), la entropía o pérdida progresiva de energía, es letal. Por tanto el ethos indígena precolombino elaboró, mediante una intrincada red simbólica, una cultura que preveía el "reciclaje" periódico de todo lo existente.

Cada noche el sol, al pasar por las entrañas regeneradoras de la madre tierra cobraba una fuerza nueva que le permitia seguir alumbrando al mundo. Asimismo el movimiento vital del astro rey se regeneraba cada 52 años en la ceremonia del Fuego Nuevo también llamada "atadura de años" (xiuhmolpili). Se pensaba que después de haber recorrido el espacio-tiempo correspondiente a cuatro trecenas de años, cardinalmente ubicados, el sol podría padecer una peligrosa entropía y cesar su movimiento giratorio dejando asimismo el mundo en el caos de las tinieblas primordiales. El fuego ctónico que se sacaba con los tlecuahuitl, "bastones de fuego" sobre el pecho abierto de una víctima tendía a regenerar, simbólicamente, el numen helíaco.

Ya fuera a nivel diario, anual, o en un período de 52 años el ciclo solar se dividía en fases distintas de actividad y de renovación. Para lo que concierne al sol, su "existencia" comenzaba en el este, culminaba en el sur y terminaba en el oeste, lugar donde penetraba en las fauces telúricas de Tlaltecuhtli. Del oeste al este recorría los espacios sombríos y maternos del inframundo, lugar de la muerte Mictlan, donde se regeneraba para volver a nacer en el este. A esta dialéctica existencia/ muerte, se añadía la integración complementaria de las fases respectivamente evolutivas e involutivas del ciclo solar. Del nadir al cenit o del solsticio de invierno hasta el solsticio de verano, el sol subía. A partir de este apogeo uráneo ya fuese cotidiano o anual iniciaba su descenso involutivo y entrópico hacia las entrañas regeneradoras de la tierra.

La luna tenía un ciclo mensual que se conjugaba con el ciclo solar en los calendarios indígenas. Dicho ciclo se componía de una fase evolutiva: creciente, una fase involutiva: menguante y de un período de regeneración: luna nueva. El trabajo o las actividades agrícolas de una comunidad indígena se llevaban a cabo en función de la luna. (2) Las actividades que implicaban un crecimiento se efectuaban en luna creciente, mientras que la cosecha, la poda y demás tareas que implican una disminución entrópica de algo, se realizaban en luna menguante. La colectividad indígena regía su vida sobre los movimientos del mundo.

El planeta Venus, estrella de la tarde o de la aurora, también tenía un ciclo que implicaba una entropía y una subsecuente regeneración. Cuando Venus, el sol y la luna entraban en conjunción, cada ocho años solares (cinco años venusinos), en los meses de Quecholli o Tepelhuitl, se realizaba una fiesta llamada Atamalcualiztli "comida de tamales de agua", durante la cual se cocía el maíz sin cal ni sal para que descansara. Durante el ritual, un danzante que encarnaba el sueño, inducía coreográficamente el reposo del maíz. (3)

El sueño reparador daba nuevas fuerzas al grano para otros ocho años. Se enterraban además a los niños pequeños que morían frente al granero (cuezcomate) no sólo porque ellos iban al Cincalco, "la casa del maíz" donde se amamantaban del árbol de las tetas (chichihualcuahuitl), sino también porque proporcionaban su energía anímica al grano allí guardado.

Las fases del ciclo vegetal seguían el modelo evolución/involución establecido para los astros. Las plantas crecían, daban su flor y su fruto cuando culminaba su evolución, antes de iniciar su proceso involutivo de degradación orgánica y fenecer.

Las estaciones también se integraban de manera dialéctica en un fértil antagonismo. Al período de verdor, xopan, período de crecimiento vegetal, sucedía tonalpan, el período involutivo de sequía durante el cual se realizaba la cacería. La muerte animal buscaba regenerar simbólicamente lo vegetal evitando asimismo el sentimiento doloroso de una entropía irreversible de la planta.

La entropía de todo cuanto existe conduce inevitablemente a la muerte. Sin embargo en el mundo náhuatl precolombino, la muerte no representa el fin último de las cosas sino una transición hacia otro estado, u otra fase de un ciclo. De hecho la única muerte que temían los antiguos mexicanos era la muerte de esta matriz de vida que constituye el mundo. Temían que se detuviera el sol, que ocurriera un cataclismo universal y que el mundo se hundiera en las tinieblas. La muerte de lo existente, si bien se lamentaba, se "procesaba" ecológicamente reintegrándose el (lo) difunto a la totalidad orgánica del mundo.

Cabe recordar aquí que la vida humana surgió de las entrañas de la muerte cuando Quetzalcóatl penetró en el vientre materno del Mictlan engendrando asimismo al primer hombre.

A partir del momento de la fecundación hierogámica, la cual establece un modelo ejemplar para los hombres, el ser se eleva, crece primero dentro de la telúrica materia, nace, sigue creciendo en el espacio tiempo existencial, pasa las etapas del destete y de la pubertad para culminar, como un sol en el cenit, en el acto sexual que le asegura de una cierta forma la continuidad ontológica. Esta fase evolutiva del ser es una fase de estructuración, de crecimiento, de anabolismo. Pasado el mediodía, como el sol, el ser baja, emprende su descenso involutivo. Ha dado su flor, su fruto, pasó por la etapa crítica de la menopausia o andropausia y se acerca ineludiblemente al poniente de su vida como el astro rey cuando llega el crepúsculo. Un aforismo náhuatl expresaba magistralmente este hecho:

 
  ONVETZTIUH Y TONATIUH. ANOÇO NOCONAQUIUHTIUH Y TONATIUH. q. 
  n. ye niveve ye nilama. (4) 
 
  "Va cayendo el sol" o "meto al sol". Quiere decir: ya soy viejo, 
  ya soy vieja". 

Así como salió un día de la esencia materna para existir, el anciano o la anciana salen del ámbito diurno existencial para reintegrarse orgánicamente al vientre materno. Al pasar de existencia a muerte emprenden la última etapa de su vida: la degradación orgánica iniciada cuando empezó, después del apogeo de su ciclo vital, su descenso involutivo hacia la muerte.

El envejecimiento progresivo ya constituye una degradación letal y el paso por la fatídica transición de existencia a muerte no representa el fin de todo como lo es para el mundo cultural cristiano. Ya muerto, el ser sigue su ciclo vital en la descomposición orgánica del cadáver que termina, cuatro años después (si no hubo cremación) con la perfecta descarnación del elemento perenne: el hueso. Totalmente despojado de su envoltura carnal, el ser óseo que perdió progresivamente en este recorrido involutivo su nombre propio para volverse "ancestro", está listo para renacer orgánicamente a otra existencia.

 
  oc cepa iuhcan iez, oc ceppa iuh tlamanjz in jqujn, in canjn. 
  In tlein mochioaia cenca ie vecauh, in aiocmo mochioa: auh oc ceppa 
  mochioaz, oc ceppa iuh tlamanjz, in juh tlamanca ie vecauh: in 
  iehoantin, in axcan nemj, oc ceppa nemjzque, iezque. (5) 
 
  Otra vez así será, otra vez así se acostumbrará hacer en algún 
  momento, en algún lugar. 
  Lo que se hacía ya hace tiempo, no se hace y otra vez se hará, otra 
  vez así se acostumbrará hacer como se hacía hace tiempo. Los que 
  viven hoy otra vez vivirán, serán. 

El ser que empezó a morir cuando pasó de existencia a muerte termina de morir cuatro años después con la culminación ósea de la tanatomorfosis. En este momento-lugar situado en el nadir de su ciclo vital, el ser óseo se ve fecundado por la sangre fértil del pene de Quetzalcóatl y emprende un nuevo ascenso desde las profundidades matriciales del Mictlan o del vientre materno, hacia un nuevo amanecer.

La entropía que presentó la fase involutiva del ciclo vital fue redimida por la fecundación de un elemento óseo perenne, simbólicamente inmarcesible y directamente relacionado con el acto sexual. Lo "biodegradable" se vincula aquí estrechamente con lo "bio-agradable", lo tanático con lo erótico.

1.1. Cada 52 años: la muerte regeneradora del tiempo viejo

La duración óptima del ciclo indígena náhuatl prehispánico era de 52 años, los cuales se componían de cuatro trecenas de años, cada una colocada bajo la égide calendárica de un signo específico de año. A la trecena "caña", sucedía la trecena "pedernal", luego la trecena "casa", para terminar con la trecena "conejo" de años.

Las cuatro trecenas de años sumaban 52 años, aunque es difícil saber si este trecho temporal de la vida no fue calcado de manera práctica sobre la duración promedio de una vida humana y luego calendáricamente subdividido en cuatro trecenas de años.

Sea como fuere, 52 años, la edad de Quetzalcóatl cuando murió, representaba la duración máxima de un ciclo vital después de lo cual el tiempo ya viejo tenía que morir para evitar una degradación energética que pudiera llevar al mundo al caos.

El tiempo tenía que morir "a tiempo " para no morir del todo. Se quemaban cincuenta y dos cañas que representaban cincuenta y dos años, y, de las cenizas del tiempo pasado, surgía el tiempo futuro, el tiempo joven. Después del enterramiento solemne de las reliquias del tiempo pasado se sacaba el fuego nuevo a la media noche sobre el pecho abierto de una víctima sacrificada.

La muerte regeneradora había interrumpido el proceso de degradación fisiológica que representa la vejez al reciclar en sus entrañas genésicas el tiempo "viejo" y transformarlo en tiempo "joven".

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