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Trabajé el tema del cambio cultural a través del lenguaje, luego de una reflexión en torno a algunas visiones psicoanalistas del lenguaje, las que enriquecen las propiamente lingüísticas. En este trabajo destaco la posibilidad del cambio cultural y la desinvisibilización de la mujer a través del lenguaje, por cuanto se puede hacer un cambio que nos permita hacerlas visibles y terminar con la negación histórica de la que ha sido objeto. Se plantea la idea de que se puede trabajar para acabar con ello, a través, precisamente, del lenguaje, entendiendo que este mundo es para ambos géneros y todos los géneros que existan. Aquella sería la mejor forma de empezar con la evolución de la cultura y de darle a la mitad de los habitantes de este planeta un estatuto cultural (más) humano.
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El lenguaje es la manera en la que nos comunicamos diariamente. Cuando nacemos, nos insertamos en un mundo donde éste ya existe. Estamos obligados a tomarlo y dentro del escaso margen que se nos da podemos hacer un uso personal de él, pero sin salimos de los significantes/significados y los niveles que éste tiene. Aunque suene de Perogrullo, debemos tener presente que el lenguaje es hablado, escrito y gestual, y que debemos aprenderlo para ingresar al mundo que nos rodea y a la misma vez permitimos que éste entre en nosotros/as. Esto, que es tan natural, que ha sido así toda la vida, en realidad no lo es, pues es un producto cultural, tiene un origen, un nacimiento. Para Luce Irigaray, la escritura alfabética está ligada históricamente a la codificación civil y religiosa de los poderes patriarcales; el lenguaje escrito, entonces, tiene una genealogía masculina. Las mujeres obviamente han estado excluidas de éste, aun cuando en el pasado siglo la presencia de las mujeres se ha hecho más fuerte, por ejemplo, en la literatura. La gran pregunta hecha por ella es si las diferencias entre el discurso de hombres y mujeres es producto de la sociedad o de la lengua. Ella nos señala que la lengua se construye con sedimentos lingüísticos del pasado, y que podemos ver cómo históricamente el hombre le ha ido dando su género, por ejemplo, a lo neutro o a lo impersonal. Si bien sus ejemplos están tomados del francés, me permito dar un simple ejemplo tomado de nuestra lengua: los adjetivos demostrativos esta (femenino); este (masculino), y esto (neutro). En singular tienen tres formas, pero en plural solo dos: estas (femenino) y estos (masculino y neutro a la vez). El neutro es adjudicado al masculino. Irigaray diría que todo aquello que supuestamente posee un valor, pertenece a los hombres y por consiguiente es marcado por su género. Hasta el presente, para que una palabra plural sea femenina se necesita la presencia exclusiva de mujeres: éstas deben permanecer entre ellas y, especialmente para Irigaray, deben crear una relación con el mundo subjetivamente femenina. Para los hombres el tú originalmente materno-femenino se pierde en beneficio de un él. Para las mujeres el mundo no es subjetivado como suyo, sino como de él/ellos, los hombres son percibidos como los sujetos reales, el lugar de la experiencia concreta. Entonces nos plantea la siguiente pregunta: ¿cómo podría existir un discurso no sexuado si la lengua lo es? Irigaray sugiere que se debe sexuar la lengua para develar su pseudo-neutralidad. Se le debe dar contenido de …