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¿Herejes en el claustro? Monjas ante la inquisición novohispana del siglo XVIII.

Estudios de Historia Novohispana

| July 01, 2004 | Rubial García, Antonio | COPYRIGHT 2003 UNAM (Estudios de Historia Novohispana). (Hide copyright information)Copyright

En el siglo XVIII, la Inquisición levantó información sobre algunas religiosas que habitaban en los conventos de México, Oaxaca y Atlixco. Las acciones y palabras de estas monjas fueron consideradas heréticas por algunas de sus compañeras que las denunciaron. La Inquisición se portó muy benévola sobre estos casos, muestra de los cambios que había traído consigo el Siglo de las Luces.

Descriptores: Inquisición, conventos de monjas, delitos contra la fe, teología y medicina.

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Los monasterios de religiosas fueron espacios donde la comunicación con el mundo exterior era muy intensa. En sus locutorios, tornos, porterías y confesionarios se intercambiaban noticias y objetos, se trasmitían prácticas y se consumaban actos jurídicos. A ellos llegaron también las autoridades judiciales para solicitar testimonios y, en casos excepcionales, a buscar a religiosas consideradas delincuentes.

En el ámbito de la justicia, al estar sujetas a la jurisdicción episcopal, las monjas debían ser juzgadas por el provisorato eclesiástico, salvo cuando estuvieran implicadas en alguno de los delitos relacionados con la fe, en cuyo caso, como todo cristiano, debían sujetarse a los dictámenes del Tribunal del Santo Oficio. A lo largo de los tres siglos virreinales, en Nueva España se dio poco más de media docena de casos de monjas que fueron juzgadas por el Tribunal del Santo Oficio de México por ilusas o por alumbradas. La primera de ellas fue la poblana sor Agustina de Santa Clara (1598), relacionada con los alumbrados Juan Plata y Juan Núñez y cuyo proceso ha sido estudiado por Álvaro Huerga. (1) Ese mismo año, sor María de la Natividad, religiosa del monasterio capitalino de Regina Coeli, era llevada ante la Inquisición por sus escandalosas dudas sobre la presencia de Cristo en la Eucaristía, por haber escupido, azotado y tratado de quemar un crucifijo y por intento de suicidio, caso que fue estudiado por Ernestina Jiménez y más recientemente por Roger Bartra. (2) En el siglo XVII otra novicia poblana, ahora del monasterio de San José de Carmelitas Descalzas, llamada Francisca Miranda (1615) escandalizó a sus compañeras con sus visiones y ostentosos ayunos, y porque lanzaba sangre por la boca y le aparecían llagas en el rostro, acompañadas de paroxismos y vómitos. Doris Bieñko de Peralta, quien la ha estudiado, valora su caso como parte de las vivencias que influyeron en la visionaria sor Isabel de la Encarnación, considerada santa y compañera de noviciado de Miranda. (3)

Conforme pasaba el tiempo, aumentaba el número de monjas que eran enjuiciadas por el Tribunal del Santo Oficio por supuestos delitos contra la fe. A lo largo del siglo XVIII hubo seis y a ellos nos dedicaremos en este artículo.

Las inculpadas

El primer caso que conoció la Inquisición en esta centuria fue una autodenuncia en 1717. Se trata de Margarita de San Joseph, apellidada --en el siglo-- De los Ríos, natural de Zacatecas, de 23 años, profesa en el monasterio de Jesús María. (4) Su denuncia la hizo a través de un escrito y a instancias de su confesor, Juan Ignacio Castorena y Ursúa. El caso fue estudiado por Edelmira Ramírez quien señala que Margarita se quejaba ante su confesor de no poder vencer las sugestiones del demonio "contra los artículos de Nuestra Santa Fe, principalmente contra los de Dios y de Cristo Nuestro Señor, y los que pertenecen a la Virgen", en lo relativo a ser madre de Dios y madre de Cristo. El maligno la incitaba también "a quitarse el rosario, arrojar las reliquias, azotar un Santo Cristo, comulgar sin confesar, sacar la sagrada forma, darla de puñaladas y freírla en aceite". Además, nueve días después de haber hecho su denuncia al Santo Tribunal firmó una carta declarándose "esclava de Sor Satanás": "quiero, como judía que soy --escribe-- cometer cuantos pecados hay en ofensa de Dios, reniego de sus santos y darme a cuantos pecados hay; es mi última voluntad el condenarme para siempre supuesto a que no tengo remedio, ni quiero confesarme, ni pedir a Dios perdón". Asimismo, confesaba que esto lo escribía "impelida de un extraño impulso [...] y que se detiene o se sofoca cuando quiere firmar su propio nombre" o con el de "esclava de la Virgen de los Dolores", que era como su confesor le mandaba firmar. (5) Sólo en una sociedad como la dieciochesca, donde la duda había sido sembrada por el protestantismo y el racionalismo, podía producirse un discurso de esta naturaleza.

Ese mismo año de 1717, Paula Rosa de Jesús, profesa en 1716 en el monasterio de San Lorenzo de la capital, también era considerada sujeto de un juicio inquisitorial. (6) El doctor Miguel Rojas la denunció ante la Santa Inquisición el 27 de agosto de 1717, acusada de energúmena, pues había oído que "ha expedido por la boca alfileres, pedacitos de alambre y cabellos con otras menudencias que puede haber en un monasterio". Por otro lado, Joseph, sirviente en la sacristía del templo de San Lorenzo, le contó "que el demonio había atravesado (con un clavo) la oreja de dicha monja contra la cabecera de su cama" y que, cuando le apretó ésta, no le salía sangre alguna de la "oquedad en la oreja". En otra ocasión le oyó decir que el demonio "la había arrojado por el corredor abajo". Además, varios testigos aseguraron que unas veces hacía gestos y llantos como de criatura recién nacida, y en otras hablaba "blasfemias contra el Santísimo Sacramento y su Majestad Santísima delante de capellanes y monjas"; decía que ella le rezaba a un Cristo y a una virgen que existían en el infierno y profería "feísimas y torpes palabras diciendo que el diablo la había de poner encinta" y que haría con él un pacto. (7)

Antes de ser denunciada, varios sacerdotes habían intentado exorcismos sobre su cuerpo, tanto en el locutorio como dentro de la clausura, durante los cuales mordía los cíngulos y las estolas usadas en el rito y "aún trató de morder el escapulario del padre Pablo". Lo más desconcertante era que, cuando pasaba la supuesta posesión, la religiosa se quedaba quieta y decía que "quería Inquisición y vela verde". (8) La religiosa era para algunos "de natural inquietud y que oía decir [que] traía algunos cuentecillos y alborotos en la celda". De hecho desde que tomó el hábito hubo controversias sobre su profesión, "por su color moreno y no parecer española", aunque después probó con informaciones su "limpieza de linaje".

Treinta años después, en 1747, la Inquisición inició proceso contra otra habitante de un ámbito monacal, la novicia Josefa Clara de Jesús, del monasterio de San Juan de la Penitencia de la capital. (9) El 20 de julio de ese año, el ministro provincial de los franciscanos, fray Bernardo de Arriata, mandó a un religioso al convento de San Juan para conocer el caso de una novicia que solía aparecer con golpes y moretones en la cara. La joven declaró bajo juramento que los golpes y otros muchos trabajos y tentaciones inmundas que había tenido --con tacto y acceso de otro cuerpo al suyo-- eran originados por el demonio, "según le han dicho sus confesores". Desde hacía cinco años, los demonios la derribaban por las escaleras, le echaban encima sillas, piedras, agua, latas de fierro, malacates, "quebrándole encima vasos de inmundicia, quedando en ocasiones de los golpes tan lastimada, que era necesario sangrarla (y esto era …

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