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Asociacionismo y religiosidad. Una mirada en torno al espacio cofradiero abulense en el tránsito de la modernidad.

Cuadernos de Historia de España

| January 01, 2004 | Fábrega, Mariana A. | COPYRIGHT 2005 Universidad de Buenos Aires. (Hide copyright information)Copyright

La consideración del asociacionismo como un marco de referencia y expresión, no tan sólo del sentir religioso y de actitudes benéficas sino también como instancia de prácticas sociales vinculadas a la esfera de lo prescripto por los poderes públicos, facilita una perspectiva de análisis que permite indagar acerca de las distintas percepciones que se desarrollarán en los diferentes espacios del entramado urbano.

De esta forma pueden evidenciarse tendencias, algunas veces congruentes, otras quizás cuestionadoras, que remiten a la cuestión del orden social vigente y que no son más que sendas simbólicas de construcción y recreación permanente de relaciones e identidades. Así, la vida cofradiera resultaría una palpable manera de manifestar este juego de tensiones y consensos.

Por lo tanto, es necesario observar estos parámetros dentro del espacio físico y simbólico que resulta ser Ávila, reconociendo, en las tendencias al asociacionismo y en las vías de expresión de la religiosidad que tuvieron a esa ciudad como escenario, las redefiniciones operadas por los actores de esas manifestaciones a lo largo de la modernidad y, luego, en las transformaciones que, al respecto, implicará la visión Ilustrada.

PALABRAS CLAVE: asociacionismo--religiosidad--cofradías--Ávila--Modernidad.

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En las últimas Jornadas de Historia de España celebradas en Buenos Aires bajo la consigna "Las instituciones, la vida, los hombres", presenté una ponencia donde analizaba algunos aspectos de las tendencias al asociacionismo en su relación con los poderes públicos en el marco abulense. A la vez, procuré encontrar los rasgos que esta relación entre tendencias asociacionistas y medidas de los poderes públicos delineó para los componentes del mundo artesanal. Los comentarios surgidos tras su presentación, y el carácter netamente introductorio con el que fue abordada esta temática en tal oportunidad, me motivaron a profundizar algunas de las cuestiones allí referidas en el presente artículo.

En este trabajo se tratará de desarrollar algunos aspectos que permitan reconocer los rasgos que el fenómeno cofradiero adoptó en el caso abulense en el tránsito de la modernidad; considerando un marco temporal amplio --que transcurre entre los siglos XV a XVIII-- y haciendo referencias que, aun cuando excedan ese marco temporal, resulten significativas para comprender la trayectoria de las mismas. De esta forma, se hará referencia a los momentos de surgimiento de las tendencias al asociacionismo en su vertiente cofradiera-devocional, así como también se procurará delinear los rasgos que afectan las conformaciones asociativas entre el siglo XVII el auge de las corrientes ilustradas, ensayando algunas explicaciones acerca de las transformaciones que se verificarán entre fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, tanto en lo que se refiere al contexto político como al cambiante ideario respecto de la religiosidad. Es necesario considerar que, en relación con estos últimos aspectos, sólo se harán breves menciones, en tanto resulten parámetros para poder evaluar la evolución del fenómeno cofradiero respecto de los siglos precedentes.

Por lo tanto, lo que se presentará en este artículo es un desarrollo de la temática que no pretende ser exhaustivo, aunque no por ello omita ser minucioso en el tratamiento de algunas cuestiones. Las formas del asociacionismo resultan más abarcativas que las vinculadas al fenómeno gremial, pese a que estudios clásicos destacaron esta situación por sobre el resto, en función del carácter de las cofradías castellanas. A la vez, la consideración misma de las características particulares que asumieron las cofradías gremiales en Ávila necesita de un estudio más pormenorizado y con un tratamiento de fuentes más amplio. Además, es preciso indicar que, en relación con el fenómeno cofradiero en general resulta necesario establecer un análisis comparativo entre los estudios que permitan reconocer los elementos específicos que adoptó el asociacionismo en el marco abulense y aquellas investigaciones cuyos resultados revelen las formas observables en otras ciudades del ámbito castellano o, aun, peninsular.

Se considera necesario, entonces, enfatizar que el presente trabajo no pretende ser un análisis acabado sobre el tema, sino que, por el contrario, desea plantear algunos posibles lineamientos para continuar las investigaciones y formular interrogantes que contribuyan a desmantelar algunas de las clásicas certezas que, sobre las cofradías y los gremios, plantearon algunos estudios. Estas obras, al ser consideradas como básicas y fundamentales, tendieron a convertir sus conclusiones en un discurso que, prácticamente, no permitió la posibilidad de plantear una lectura en clave de formulación de problemáticas. Sin ahondar en polémicas, lo cual, para su correcto tratamiento, debería ser tema de otro artículo, las próximas páginas proponen reconocer algunos rasgos del asociacionismo en su vinculación con los aspectos de la religiosidad en la sociedad abulense, tratando de develar algunos matices particulares y, también, aquellas modalidades que comportaron elementos de confluencia entre los distintos sectores de aquel entramado urbano.

Las páginas siguientes proponen reconocer las vivencias de la religiosidad, por un lado, recuperando aquellos comportamientos y realidades que vincularon al artesanado tanto hacia el seno de sus organizaciones gremiales como en sus manifestaciones dentro de estructuras que excedían la presencia de los componentes del mundo de los oficios; y, por otro lado, observando que, en esa gama de relaciones y percepciones, se puede reconocer la composición de un universo modélico, que ha de resultar mucho más abarcativo en la conformación de tuna trama asociativa por intereses económicos o de poder, aun cuando éstos sean los pilares que la sustenten.

De esta forma, adentrarse en el espacio cofradiero significa recuperar las múltiples visiones de los actores de la ciudad, la dimensión simbólica de los distintos planos institucionales; un universo, en fin, sagrado y profano a la vez. Tal como afirma María Raquel Torres Jiménez, en las fiestas y en las procesiones hemos de ver estos aspectos con singular intensidad:

 
      En definitiva, con las procesiones se manifiesta un fenómeno que 
   aparecería muy claro en los autos sacramentales del siglo XVI: la 
   Iglesia sale al exterior, se expande --conforme a lo que después 
   propugnaría el Concilio de Trento--, sacraliza la ciudad. 
 
      Y las cofradías son también --dentro de sus modestas 
   posibilidades-- agente y cauce de esta forma de involucrar al 
   espectador en un mundo sagrado, en el contexto de la mentalidad que 
   posibilita una natural mezcla entre la realidad cotidiana y la 
   trascendente. (1) 

1. El asociacionismo como malvo de referencia y expresión de la religiosidad

Distintos autores se han referido a la importancia de lo colectivo en las sociedades medievales y modernas; de allí que puede entenderse al asociacionismo como una manifestación inherente a la cosmovisión social vigente. En estas sociedades, las tendencias al asociacionismo no tardan en vincularse con los rasgos religiosos, conformando una serie de actitudes y comportamientos que trascenderán el marco individual de las creencias para delinear los rasgos de un fenómeno colectivo y global, la religiosidad popular. (2)

El concepto de religiosidad popular ha engendrado así una polémica en los ámbitos académicos permitiendo revitalizar el interés histórico, sociológico y antropológico por las cuestiones religiosas, (3) a la vez que, en tanto resulta un elemento configurador de la vida social, implica vinculaciones amplias con el análisis de los aspectos cofradieros. Así, la vertiente popular, en tanto conjunto de formas emanadas del colectivo, y no desde las instancias jerárquicas, no implica deformación de la religión misma, sino que, de incurrir en ello, es un moldeamiento diferencial que hace el conjunto social respecto de lo definido en los marcos legales y/o jerárquicos. Es religión manifestada y vívida y, en tanto se ejerce en forma colectiva y pública, se convierte en referente social.

De esta forma, la ciudad cobra inusitado protagonismo en el nivel de lo religioso, en tanto su espacio es el escenario de la manifestación pública de su exteriorización, lo cual revela tanto una nueva faceta de la funcionalidad del ámbito urbano como también de sus potencialidades de estudio. Al respecto, Asenjo González ha afirmado:

 
   ... la ciudad se presenta como un microcosmos histórico, que invita 
   a un estudio profundo y completo. Si en algún ámbito parece posible 
   la utopía de alcanzar la historia total, es sin duda en el marco de 
   las ciudades. Allí, ese proyecto ambicioso y sugestivo, anunciado por 
   los seguidores de la escuela de Annales, podría convertirse en 
   realidad y, queriendo abarcar ese objetivo, buena parte de los 
   trabajos sobre ciudades se han realizado con un criterio exhaustivo 
   y el deseo de dar cabida a todas las cuestiones posibles. Por este 
   motivo los estudios sobre ciudades en la Edad Media son verdaderas 
   monografías, editadas como libros, y no tanto trabajos breves a 
   incluir en publicaciones periódicas. (4) 

En aquel artículo, publicado ya hace unos años, planteaba Asenjo la necesidad de contar con trabajos breves, a incluir en publicaciones periódicas, capaces de engarzar los estudios monográficos sobre ciudades con otros múltiples trabajos sobre distintos aspectos de la historia de la Corona de Castilla, en tanto vía para progresar en el conocimiento de la historia urbana. Así, afirmaba que el estudio de las ciudades "sólo es válido si se concibe integrado en un contexto más amplio de problemas y, en ese caso, nos ofrecerá la posibilidad de hacer un seguimiento minucioso, en un marco espacial y temporal más reducido, de las grandes cuestiones que se debaten en el panorama historiográfico. Este enfoque parece ser el más prometedor para los estudios urbanos". (5)

De acuerdo con estas afirmaciones, realmente es la ciudad el espacio en que las relaciones sociales, económicas, políticas y culturales se entretejen y desarrollan, permitiendo reconocer los intereses y las sensibilidades de sus habitantes. Y así, la dimensión del poder o, mejor dicho, de los poderes, tiende a emerger: ya sea avalando o restringiendo tales exteriorizaciones, ya sea prohibiendo o negociando la visualización, muchas veces barroca, de una fe que se transforma en sus aspectos de materiatización. De este modo, la historia urbana necesitaría ser pensada en clave de poderes, lo cual no seria más que una manera de entender las tensiones entre una minoría que lo detenta y otras tantas que anhelan alcanzarlo.

La cuestión del poder, la dimensión de definición de lo permitido, atraviesa y reconstruye los significados y mecanismos de los distintos grupos sociales que se daban cita en la ciudad: oligarquías urbanas, eclesiásticos, sectores artesano-mercantiles y las minorías (judíos, mudéjares). Por ejemplo, para analizar la relación entre los sectores artesanales-mercantiles con el resto, habría que localizar, continuando con la propuesta de Asenjo, en "... las circunstancias de su aparición, la organización del trabajo artesano y el comercio, y los conflictos con la oligarquía caballeresca, junto a otras cuestiones del emplazamiento en el marco de la ciudad". (6)

Se observa así que las ciudades son ámbitos de emergencia, desarrollo y redefinición de los intereses y las sensibilidades de los distintos grupos que en ellas habitaban. Son, además, escenarios de la religiosidad. Resultan, entonces, aglutinantes de la conformación de mentalidades, en tanto difunden mensajes, consolidan ideas y transforman prácticas y estrategias.

En este ámbito de la ciudad, hallan las cofradías el entorno que las convertirá en especiales protagonistas. Así, Arias y López Muñoz consideran a las cofradías como "un movimiento asociativo de fieles, que constituye una de las manifestaciones más importantes de la religiosidad popular". (7)

Y, efectivamente, han sido las cofradías claros exponentes del carácter colectivo de manifestación de las creencias, rasgo típico de la religiosidad medieval y del sincretismo que ha de manifestarse en los siglos siguientes.

 
     Las cofradías no quedan fuera del contexto de un cristianismo 
   sociológico porque también son instituciones que organizan las 
   formas de la vida de piedad; pero no hay duda de que responden 
   directamente a las exigencias concretas de la religiosidad popular, 
   que es la que determina en aquéllas la existencia, los fines y los 
   mecanismos para alcanzar tales fines. 
 
     En efecto, las cofradías estudiadas aparecen como fuerzas rectoras 
   de la vida de piedad del pueblo; pero en sentido inverso, son 
   expresión y cauce de las diversas corrientes devocionales, que 
   recogen y fomentan. (8) 

Al ser fruto de las necesidades de la sociedad de su época y producto del juego de percepciones e identificaciones que se construyen y recrean en el ámbito de las relaciones sociales y en el uso del espacio urbano, reconocer la importancia del fenómeno cofradiero significa, entonces, radiografiar una parcela de sentido que, muchas veces, se ha limitado al reconocimiento del carácter asociativo en su vertiente gremial, omitiendo enfatizar que resulta una cuestión aun más global, influyente y cohesiva del conjunto social (y no tan sólo gremial).

 
      El hombre renacentista que habitaba en villas y ciudades buscó 
   prevenir las consecuencias de la enfermedad y la invalidez en el 
   amparo que le ofrecían las organizaciones asistenciales creadas por 
   los gremios, instituciones de las que ha hecho completo estudio el 
   historiador Rumeu de Armas; los gremios dieron vida a Cofradías y 
   Hermandades que facilitaban socorro económico a quienes la 
   enfermedad impedía el ejercicio de su oficio, prestaban apoyo al 
   impedido, a huérfanos y viudas y asimismo asistencia médica; sus 
   ordenanzas, establecidas ante escribano, obligaban a los inscritos 
   en las Cofradías a contribuir con cuotas de ingreso, que oscilaban 
   entre 50 y 200 reales, y pagos mensuales de 4 a 6 reales. En la 
   Corte, la primera Cofradía gremial con fines asistenciales la 
   crearon en 1533 los maestros sastres; la Cofradía de mancebos y 
   maestros zapateros, también de Madrid, fue la primera, al parecer, 
   en ofrecer ayuda médico-farmacéutica; en el transcurso del siglo XVI 
   se multiplicaron estas organizaciones gremiales y en todas se 
   incluyó, entre los beneficios que proporcionaban a sus miembros, el 
   socorro médico. (9) 

Esta necesidad de protegerse de la enfermedad y la invalidez es una preocupación que aumenta a medida que las gentes tienden a inquietarse, cada vez más, tanto por la vida terrenal como por la preparación para la vida ultraterrena. Esta sensibilidad ante la existencia genera una serie de actitudes ante la muerte en que las cofradías cumplimentan un rol sustancial.

 
      Si en la Edad Media el temor permanente era la condenación eterna 
   y la preocupación permanente por la salvación eterna, las gentes se 
   aseguran de evitar lo primero y garantizar lo segundo. A través de 
   las buenas acciones en vida, en primer lugar: las donaciones 
   piadosas, las limosnas canalizadas a través de la parroquia, el 
   concejo, las cofradías o los hospitales. Pero lo que quizá se 
   detecta con mayor intensidad es la previsión de lo que puede suceder 
   después de la muerte: misas votivas, exequias en todas las cofradías 
   en memoria de sus benefactores difuntos, donaciones testamentarias, 
   cofradías de las Ánimas del Purgatorio, etcétera, toda ella 
   manifiesta en el bagaje mental de aquellos hombres. (10) 

De igual modo que asilos y refugios fundados por cofradías evidencian la delineación de una política asistencial previa a la concepción del Estado moderno --cuando éste ha de convertir la enfermedad y la pobreza en "objetos públicos", y, por ende, necesarios de ser administrados y corregidos desde su propia órbita (por ejemplo, en el caso español, la fundación de hospitales reales desde principios del siglo XVI)--, la preparación espiritual es también parte significativa del doble juego de transformaciones y pervivencias. En tanto las oraciones que podían pronunciarse para salvar a las almas del Purgatorio parecen reflejar una pervivencia; por otro lado, debe mencionarse que, al ser formulada la certeza de una vía de contacto a establecerse con la divinidad -cuyo punto de partida radica en la voluntad misma del individuo-, se observarían claros indicios de una transformación que exaltaría unos márgenes de libertad, cuyos rasgos últimos resultan íntimos e individuales. En el análisis que López Santidrán realiza acerca de la espiritualidad en el Siglo de Oro destaca esta coexistencia de elementos novedosos y pervivencias:

 
      Lo que importa es que cada cual vaya haciendo progresos con 
   aquello que más se adecua a su carácter y condición. En esta 
   generación de héroes y santos hay una elevada conciencia del 
   significado de la vida para mayor honra y gloria de Dios." 

Este mismo autor señala que, en esta etapa de grandes ideales, la Iglesia parece una "caballería militante" de lo espiritual: "Se concibe la empresa espiritual como un esfuerzo continuo hasta alcanzar el triunfo y, en ese espíritu caballeresco de la vivencia generalizada, varias de las obras llevan el titulo de lucha, triunfo, conquista, victoria". (12)

Inmersas en la espiritualidad de la época, las cofradias resultan manifestaciones de una vida de piedad y reflejo de una sociedad que va transformando su imagen, aun cuando perviven los elementos de épocas anteriores. De esta forma, por ejemplo, durante una considerable etapa, coexistieron los hospitales reales con los fundados por órdenes hospitalarias (como la de San Juan de Dios), o con las pervivencias de las fundaciones cofradieras, lo cual revela la creciente preocupación estatal por estos aspectos, así como también por todas aquellas actividades vinculadas a la beneficencia que ha de implicar, en el largo plazo, una superposición con aquellas finalidades que las cofradías asumieron en su etapa formativa.

Sánchez Herrero, en el artículo publicado en Hispania, en 1974, consideraba que, aun cuando poco se conocía de las cofradías medievales, "Pensamos que las cofradías no fueron una manifestación casual de la piedad de un determinado pueblo o ciudad, sino una de las formas más comunes de la piedad medieval. Lo que ocurre es que las noticias históricas que de ellas podemos obtener no se encuentran, generalmente, al alcance de la mano, no están en los archivos nacionales, sino en los catedralicios, diocesanos y parroquiales y muchos de estos últimos están sin organizar". (13)

La vitalidad del fenómeno asociativo-cofradiero es observable, según Sánchez Herrero, en la abundancia de cofradías en las ciudades, lo cual remite a lo anteriomente desarrollado acerca del potencial de estudio del espacio urbano en función de clave de poderes y vinculado a problemáticas que resulten presentes, pero que a la vez trasciendan el marco limitado de un estudio local. Así expresa que: "En la Baja Edad Media las Cofradías fueron una institución muy abundante, al menos en las grandes ciudades de aquella época. No solamente se dieron en aquellas ciudades por donde pasaba el camino francés u otro camino de peregrinación, sino en todas". (14)

Durante esta etapa, fundamentalmente en el área castellana, abundaron las cofradías, destacándose diversidad de fines y orígenes, lo cual ha llevado a numerosos intentos de clasificación-tipologización. (15) También, a polémicas acerca de las relaciones con los poderes públicos, en cuanto, más allá de resultar manifestaciones de exteriorización de la piedad o germen de asistencialismo, resultarían espacios para ejercer el poder de un grupo, ya sea éste compuesto en forma horizontal o vertical, De este modo, esta cuestión remite a otra vertiente del asociacionismo, como lo es el vinculado al poder y a los sectores de mayor prestigio en la vida de las ciudades, aunque tampoco es privativo de la participación de otros sectores en estas agrupaciones. Al respecto, Adelina Romero Martínez establece que éste es un rasgo típico del tránsito del Medioevo a la modernidad:

 
      La … 
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