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Simbología del poder en un linaje castellano: los descendientes de Pedro I excluídos de la línea sucesoria.

Cuadernos de Historia de España

| January 01, 2004 | González de Fauve, María Estela; Las Heras, Isabel J.; de Forteza, Patricia | COPYRIGHT 2005 Universidad de Buenos Aires. (Hide copyright information)Copyright

En la España bajomedieval y moderna, la nobleza busca revestirse de símbolos que otorguen a los miembros de sus familias cohesión e identificación interna y externa. La simbología no es un aspecto secundario del poder nobiliario sino uno de sus elementos constitutivos, que permite la afirmación y la manifestación del orgullo del linaje y, a la vez, proporciona legitimidad a ese poder a los ojos de la sociedad de la época.

En el caso de los descendientes de Pedro l de Castilla apartados de la línea sucesoria, el universo simbólico por medio del cual reconstruyeron y reafirmaron su prestigio estuvo basado en las características de sus armas, el uso destacado del apellido, la reiteración de ciertos nombres, las inscripciones colocadas en edificios civiles y eclesiásticos, la labor de mecenazgo y la construcción de centros funerarios destinados a enterramientos familiares.

Todos estos elementos son los propios de la manifestación del poder de toda la nobleza bajomedieval castellana, a la vez que acentúan aspectos específicos inherentes a la realidad dentro de la cual maniobró esta rama de los Castilla para buscar recuperar su posición en la sociedad de la época.

PALABRAS CLAVE: simbología--poder--linajes nobiliarios--Castillas--Pedro I.

Introducción

Durante la Baja Edad Media los grupos nobiliarios hicieron cristalizar sus relaciones de parentesco en linajes como estructuras de poder y buscaron el afianzamiento y proyección de los mismos como manifestación de su destacada posición dentro de la sociedad. La difusión de la conciencia interna de su pertenencia a estructuras familiares, que eran la base sobre la que se asentaba su poder y les proporcionaba la fuerza necesaria para mantenerlo y transmitirlo, hizo así proliferar las historias genealógicas que remontaban hasta los ancestros más lejanos, casi míticos, para ofrecer una línea completa de prestigio, de sucesión y relaciones de parentesco, poderoso instrumento político, social y económico de la nobleza bajomedieval.

Esto los llevó también a buscar revestirse de una serie de símbolos que se constituyeran en señas de identidad que dieran una mayor cohesión al linaje y lo definieran claramente como tal ante los demás. Esos símbolos, permanentes a lo largo de los siglos, al mismo tiempo expresaron y legitimaron el poder de los miembros de un linaje ante el conjunto de la sociedad de su tiempo.

Tal como señala Palencia Herrejón, "sin el complemento simbólico no es posible considerar sólido el poder de un individuo o de un grupo sobre el conjunto de una sociedad concreta [...]". (1) El simbolismo se constituía de este modo, según este autor, en "un procedimiento político de la mayor efectividad en el Medievo, hasta tal punto que la solidez del poder de la nobleza resultaría incomprensible sin su expresión simbólica. Así, pues, no se puede concebir la simbología como un simple ornamento del poder nobiliario en el Medievo; hay que considerarlo, sin duda, como uno de sus elementos constitutivos". (2)

Creemos preciso aclarar que, al referirnos al simbolismo en este trabajo, no pretendemos entrar en el conjunto de problemas que alrededor de él se han planteado, tales como la diferencia entre símbolo, signo, señal, etc. Aquí manejaremos esa denominación simplemente de un modo operativo, para marcar la diferencia entre los di versos niveles de significado que se pueden dar a los aspectos que analizaremos. Consideramos que, desde ese punto de vista, el término simbolismo nos permite diferenciar un nivel de percepción que va más allá de un simple signo o señal. Todos éstos tienen la aptitud de conducir al conocimiento de otra cosa más allá de sí mismos, pero a veces lo hacen con un sentido claro y unívoco, informando de un modo convencional o racional, mientras que otras lo hacen promoviendo la comunicación a través de una potencia evocadora que llega a través de canales más complejos y totalizadores, fundamentalmente afectivos, que se plasman en las mentalidades de una época o de un grupo social. El símbolo tendría así, además de su propia realidad y del significado que le es acordado por consenso, (3) un sentido aún más profundo que es percibido por el hombre sin necesidad de un razonamiento consciente, que no se encuentra manifestado tanto en la materialidad del símbolo sino en su potencia evocadora. De este modo el hombre "comprende" el significado del símbolo porque en su profundidad vital percibe ciertas cualidades del objeto significante y le da su sentido. Ese sentido puede tener diversos niveles, hasta llegar incluso a la dimensión religiosa, que es considerada como la más profunda de esas percepciones. En este aspecto, nuestro trabajo se limitará a un nivel de análisis menos profundo, puesto que él apunta sólo a mostrar la carga de poder social que se expresa en el simbolismo de las realidades aquí estudiadas, en la mayoría de las cuales es difícil diferenciar su calidad de signo de su potencia simbólica, por lo cual muchas veces utilizaremos uno u otro término indistintamente.

En los últimos tiempos han sido muy estudiados los objetos, gestos, ritos, etc. que simbolizaban el poder real y el nobiliario a fines de la Edad Media castellana. (4) Encuadraremos así nuestro estudio en esa misma óptica, deteniéndonos en aquellos aspectos simbólicos que aparecen en uno de esos linajes bajomedievales: el de los descendientes del rey Pedro I de Castilla excluidos de la Corona.

Tres son las ramas principales de este linaje: (5)

a) la que desciende de la unión del rey con Teresa de Ayala (1353-1424), que sólo incluye a María de Ayala (1367-1424), priora al igual que su madre del convento de Santo Domingo el Real de Toledo;

b) la que proviene de la unión de Pedro I con doña Isabel, ama que crió al príncipe Alfonso. De ella nacen dos infantes: Sancho nacido en 1362/3, (6) que muere preso en Toro sin descendencia y Diego, probablemente nacido dos años después de su hermano, (7) que pasa largos años en cautiverio basta ser liberado en 1434, tal como lo indican la Crónica de don Juan II y las Ilustraciones de la Casa de Niebla. (8) De este último infante descienden varios hijos: Pedro, llamado el Viejo, casado con Beatriz de Fonseca y Ulloa; María, unida en matrimonio con Gómez Carrilllo; Diego; Juan; Isabel y Catalina, priora de Santo Domingo el Real de Toledo antes de 1448, posiblemente en 1446, tal como sostiene J. L. Barrios Sotos. (9) Del mayor de estos hijos nace otro Pedro, conocido como el Mozo, y

c) la que deriva de la unión del rey con Da. Juana de Castro. Según algunos historiadores, de este vínculo nació en 1355 un niño llamado Juan, (10) preso en Soria durante casi toda su vida. Pero en realidad es tema de discusión si este Juan fue realmente hijo de esta dama. (11) Para este trabajo nos interesan sobre todo los descendientes de su unión con Elvira de Falces, hija del alcaide de la fortaleza de Soria, ya que son algunos de ellos los que intentaron privilegiar su parentesco con el rey y a través de este vinculo legitimar su linaje. Los que inician el camino de recuperación del poder de esta familia son dos de los hijos de Juan: Pedro (1393?-1461), obispo de Osma y de Palencia y personaje destacado a lo largo del reinado de Juan II, y doña Constanza, priora del monasterio de Santo Domingo el Real de Madrid, de mucho valimiento en la corte de Catalina de Lancaster, y que fallece en 1478. (12) El obispo Pedro tuvo amores con dos mujeres: de Isabel Drochellin nacieron Luis, Isabel, Aldonza y Alonso llamado el Santo. De Mari Fernández Bernal proceden otros cuatro vástagos: Constanza, Catalina, Pedro y Sancho, quien llegó a ser ayo del príncipe Juan. En ambas ramas encontraremos personajes de actuación destacada en la corte, en la guerra y en la iglesia.

1. Onomástica

Como señalamos en la introducción, las grandes casas nobiliarias castellanas de los siglos bajomedievales hicieron redactar genealogías familiares que remontaban su origen a antepasados míticos. (13)

En el caso del linaje que nos ocupa, no es éste su principal interés, al menos no durante ese período. Será recién alguno de los cronistas posteriores -en este caso particular Pedro Gerónimo de Aponte- quien, refiriéndose a los descendientes de Juan, hijo de Pedro I, entronca el linaje con el propio Pelayo. (14) Lo que los Castilla objeto de nuestro estudio buscan es, por sobre todas las cosas, reivindicar su descendencia del rey Pedro I. Uno de ellos, el poeta Francisco de Castilla, lo pone así de manifiesto en una estrofa de su obra Práctica de las virtudes de los reyes de España:

 
   [...] De sus hijos presos en Soria y Curiel 
   desciende el linaje que es hoy en Castilla. (15) 

Uno de los elementos que refuerza este intento de vinculación con el rey Pedro es el uso que hacen de la onomástica. Obviamente, el apellido es uno de los elementos clave en la búsqueda de cohesión e identificación, tanto interna como externa, del linaje. Pero además, los miembros de la nobleza solían denominar a sus hijos, legítimos o bastardos, con ciertos nombres que gozaban de la aceptación familiar. Quintanilla Raso, al hablar de la evolución de los complejos sistemas onomásticos, destaca la frecuencia con que dos o tres nombres familiares se repiten alternativamente con fines propagandísticos. (16) "La utilización de un único nombre para denominar al titular del linaje determinó la aparición de apelativos como el viejo o el mozo para distinguir a los miembros de diferentes generaciones, siendo también frecuente nombrar al primogénito del linaje como su abuelo paterno o como otro antepasado admirado. En definitiva, en la denominación del primogénito del linaje se funden dos elementos característicos de la mentalidad nobiliaria: la de adscribir e identificar al individuo con su linaje y la necesidad de dotarlo de un signo que lo distinga de los demás". (17)

Es obvio así que el nombre de Pedro es el que encontramos más asiduamente entre las ramas de los Castilla excluidos de la corona, que buscan

incesantemente marcar su descendencia de este rey. Esto es así a partir de sus nietos, tanto los que descienden de su unión con Isabel como de aquélla con Juana de Castro. (18) Un nieto de la primera, llamado Pedro, más adelante conocido como El Viejo (2a mitad del siglo XV), tendrá un hijo del mismo nombre-en este caso con el aditamento de El Mozo-, nombre que se repetirá de allí en adelante en algunos de sus descendientes. También se llamará así el único nieto varón del rey fruto de su supuesta unión con Juana de Castro: el futuro obispo de Palencia. El nombre Pedro se repetirá en las generaciones siguientes de esta rama de la familia. Tal el caso de un hijo y de un nieto nacidos de la unión del obispo de Palencia con Mari Fernández Bernal, y de otro nieto de este mismo prelado e Isabel Drochellin.

Los otros nombres masculinos que se repiten en estas ramas son los de los hijos del rey Pedro: Sancho, …

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