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Resumen: Este artÃculo aborda el tema de la mujer, esbozando el contexto y la participación de algunos personajes femeninos en la novela La casa de las dos palmas, del escritor antioqueño Manuel MejÃa Vallejo. Se resalta el papel que éstas cumplen en su momento histórico y como tejen un mundo particular que les permite la construcción y defensa de su propia interioridad.
Descriptores: Literatura antioqueña: Mujer y literatura: Religión: Modernidad; Colonización antioqueña: MejÃa Vallejo, Manuel; La casa de las dos palmas; Dominación patriarcal.
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Durante siglos la naturaleza femenina ha sido administrada desde el orden social y religioso, sometiendo cualquier manifestación espontánea al reestructurar constantemente los ciclos naturales del desenvolvimiento de la mujer como ente social y transformador. En tales condiciones, ellas se han visto obligadas a adaptarse a unos ritmos artificiales y convencionales para poder existir a la sombra del género masculino, hasta el punto de que debido a la presión religiosa y cultural, llegaron a introyectar tanto su "deber ser" que se olvidaron de sà mismas y sacrificaron su identidad e integridad como seres en aras del bienestar colectivo del que eran guardianas y ejemplo, tal es el caso de la institución familiar. La mujer se convirtió en un arquetipo representacional de virtud y buen comportamiento; las que no lo cumplieron, fueron rechazadas y señaladas y aún más, condenadas al ostracismo social. Las leyes sociales y morales aprovecharon esa gran capacidad de sacrificio, de afecto, de fuerza y resistencia, para manipular las conciencias de por sà débiles y temerosas y llevarlas a la represión de sus más recónditos deseos. De este modo, se trató por todos los medios de sofocar expresiones que atentaran contra el poder cultural dominante. Se vieron entonces obligadas a disfrazar muchos de sus sentimientos y deseos, no sólo por el peso de la férula religiosa, sino para no ser excluidas de la comunidad. Cualquier indicio excesivo de vanidad o acicalamiento hacia su cuerpo-- que no era suyo-- aumentaba el peligro de ser mirada como una mujer dÃscola y frÃvola; además de que se exponÃa a ser agredida sexualmente. Al respecto dice Clarissa Pinkola Estés en Mujeres que corren con los lobos (1998, 14).
Era una época en la que los padres [o maridos] que maltrataban a sus hijos [y esposas] eran llamados simplemente "severos", en la que las heridas espirituales de las mujeres tremendamente explotadas se calificaban de "agotamientos nerviosos", en la que las chicas y las mujeres bien fajadas, refrenadas y abozaladas se llamaban "buenas" y las hembras que conseguÃan quitarse el collar para disfrutar de uno o dos momentos de vida se tachaban de "malas".
Debido a este trabajo psicológico implementado durante siglos, las naturalezas femeninas sucumbieron o se ocultaron tras la imagen ideal de un comportamiento comunal altamente aceptado. La mujer se volvió parca y temerosa, creadora de su propio discurso interior que también era analizado y canalizado por el discurso religioso. El alma femenina se amoldó a modelos sociales que ignoraron su esencia y sabidurÃa. El valor "intelectual" que se le reconocÃa era sólo en su función de madre o como educadora de los más pequeños, en las escuelas.
En algunos personajes femeninos de La casa de las dos palmas (CDP) (1) como Zoraida Vélez, Evangelina y LucÃa Herreros e Isabel, encontramos claramente los opuestos entre el "deber ser" y el "querer ser". Las mujeres de la novela se cuentan a sà mismas, se narran, desde el interior de su vida privada, siendo objeto de estudio para sà mismas. Ninguna de ellas escribe, al menos desde el oficio vocacional de la escritura, lo que nos hace suponer que las confidencias se realizan por vÃa oral. Ellas están insertas en un perÃodo histórico que determinó las condiciones sociales de convivencia entre hombre y mujer, y que se inicia con la colonización. AllÃ, al instaurarse el modelo patriarcal, también se señalaron de manera implÃcita los deberes de la mujer: cuidar de los hijos y del hogar y ser obediente al esposo, colonizador de caminos y ordenador del caos. Con estas proezas, ellos se habÃan ganado el honor de los dioses, el derecho a disponer.