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Palabras Hexagonales, poemario de Verónica Jiménez
VERÓNICA JIMÉNEZ nació en Santiago en 1964. Es Licenciada en Humanidades con Mención en Lengua y Literatura Hispánica y Licenciada en Comunicación Social y Periodista por la Universidad de Chile, donde cursa actualmente el Magister en Literatura. Ha editado los poemarios Islas flotantes (Santiago, Stratis, 1999) y Palabras hexagonales (Santiago, Quimantú, 2002), al que pertenecen los poemas que presentamos a continuación.
Ver Antología Los Náufragos
PALABRAS HEXAGONALES "... buscaba palabras hexagonales en el límite de alambre del silencio". Gellu Naum I Y era el llanto de las procesiones de la infancia lo que le daba sentido a las rodillas. Eran las manos buscándose debajo de las sábanas la bolsa para cazar mariposas lo que les daba sentido. El viento en la ventana anunciaba la presencia del mundo la oscuridad de los pasillos nos rompía los ojos cuando niños el diablo tal vez escurriéndose por debajo de las puertas su fetidez alcanzaba a los perros en el patio y los enloquecía. El puño se persignaba entonces sobre la boca. Todo así era sentido. Dedos y labios al encuentro, mano de la mano carne de la carne que crecería una y mil veces desvestida dentro de la fina corteza intacta de los cuerpos infantiles. II Despierto soñando con el fruto maduro del almendro. Las cáscaras estallan cuando se hincha la semilla y en reguero se esparcen sobre el suelo húmedo del patio. Los niños miran todo desde el otro lado de la reja sus ojos son ratas inquietas, las veo asombrarse, correr hacia el fondo oscuro de los lunares de mi blusa hacia el ruedo de la falda que gira y se convierte en un plato. Despierto soñando con el fruto maduro del almendro. Todo me alcanza, el vestido es esta piel y mis manos buscan a tientas brazos o piernas en la oscuridad. Mi hermana duerme dice cosas sin sentido y se abraza a mí. IV No me devuelvas cuando me lleves contigo y entre flores de naranjos caminemos hacia el río bautismal. No me entretengas en la risa de los muchachos en sus pechos lisos que no saben amamantar en sus dedos que nunca aprendieron a ensortijar cabellos de criaturas cuyas cabezas se rinden al agua entre sollozos. Pero no. Déjame estar entre las maldiciones tejiendo desde ahora un traje inacabable para el que vendrá al hueco compasivo de mis manos. No permitas que prediga el futuro en los hilos que se encadenan y crecen hasta formar mantas teñidas de tierra seca. Una pequeña piedra arrojada contra el viento soy. Déjame caer. Hazme liviana. CUERPOS CONTRARIOS Uno se extravía, busca en alma en el cuerpo y el cuerpo en las cenizas. Hasta que llega el punto en que los espejismos se hacen patentes: un trozo de espíritu brilla sobre la piel, pero la imagen procede de los ojos. Uno llega a saberlo y se rehusa a enfrentarlo. Así nace la cobardía. No temo a la muerte, disgregadora impura. En su luz he visto morir la luz. La luz es sedentaria, la oscuridad nos empuja en cuatro direcciones con la velocidad de la risa o del pánico. Atrévete a cruzar cuerpos contrarios aunque descubras que los pies son el contrasentido de los pies buscando veredas transitorias en la noche. Ve y entra en esos cuerpos y si alguien pide que te detengas en el momento en que tus manos enumeran manos y cuánto has tocado es ocupado por un viento vertical no lo escuches, atrévete a poblar surcos contrarios, como el noctámbulo hace emigrar cuánto ha tocado hacia una luz que se derrumba al apagar la lámpara. La casa vacía como el cuerpo provisto simplemente de fría oquedad: manos amadas te confunden con la piedra y en piedra esculpen un rostro: hielo, hálito y cal. Cuerpo del que oímos hablar en la habitación: lengua suspendida en una fracción de tiempo y eternidad. Estrellas en movimiento constelaciones fijas. El cuerpo intenta entrar en lo que queda cuando cesa el apareamiento de los astros. Con luz de astros fabrica una linterna para buscar bajo las cenizas estatuas fijas o cadáveres en movimiento: Este es un brazo y yace colgado de la lámpara estos son los ojos acostumbrados a mirar hacia adentro. La boca arroja piedras al precipicio y el cuerpo se vacía de todos los nombres. El cuerpo intenta entrar en lo que queda cuando cesa el apareamiento de los astros. Para qué tanta luz para qué si el cuerpo no cabe en el cuerpo y en el desborde trabajan tempranamente los metales de la oxidación. La carne establece sus propias rutas para el extravío: intentamos entrar en otro cuerpo pero no cabemos en una misma mano y no cabemos exactamente en un mismo pie. Hacia el cuerpo retornamos y tropezamos. El exceso rompe las alas de la desnudez. Quién eres tú realmente quién soy yo, si no sé decir en qué cuerpo he buscado las cartas ilegibles con que agrede la luz hasta dejarnos ciegos de palabras. Tu boca que decía leer adónde irá después de retirarse de mi mano mi mano escrita en qué vacío habrá de diluirse si no posee la virtud del agua. Quién eres tú realmente si entre ambos medias tú, pero distinto y las cartas que descifras se oscurecen y desprecian la forma de los cuerpos. Entonces, quién soy yo en qué me he convertido en la sombra que ensaya su presencia ante la luz no en la luz. Nada tiene que ver el amor con el amor nada tiene que ver la sed con el agua que arrebata ni la primavera con la flor que se desprende del tallo. Son sólo ejemplos. El amor tiene que ver con la costumbre de mirarse a los ojos repetidas veces el amor tiene que ver con la costumbre de buscar en los ojos contrarios el eco de un relámpago o palabras amables tras las máscaras estrictas del silencio. No tienen que ver con el amor las prolongaciones del estío ni las hojas que se desprenden exhaustas de los árboles ni las hojas que se aferran como gusanos de los árboles. Es un ejemplo. El amor tiene que ver con una casa aplastada por la lluvia con habitaciones a oscuras y con charcos con las tristes camisas aferradas al vacío del aire …