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Palabras Hexagonales.(incluye poemas)

Cyber Humanitatis

| September 22, 2003 | Jiménez, Verónica | COPYRIGHT 2003 Universidad de Chile, Facultad de Filosofia y Humanidades. (Hide copyright information)Copyright

Palabras Hexagonales, poemario de Verónica Jiménez

VERÓNICA JIMÉNEZ nació en Santiago en 1964. Es Licenciada en Humanidades con Mención en Lengua y Literatura Hispánica y Licenciada en Comunicación Social y Periodista por la Universidad de Chile, donde cursa actualmente el Magister en Literatura. Ha editado los poemarios Islas flotantes (Santiago, Stratis, 1999) y Palabras hexagonales (Santiago, Quimantú, 2002), al que pertenecen los poemas que presentamos a continuación.

Ver Antología Los Náufragos

 
PALABRAS HEXAGONALES 
 
   "... buscaba palabras hexagonales 
   en el límite de alambre del silencio". 
   Gellu Naum 
 
   I 
 
   Y era el llanto de las procesiones de la infancia 
   lo que le daba sentido a las rodillas. 
   Eran las manos buscándose debajo de las sábanas 
   la bolsa para cazar mariposas lo que les daba sentido. 
   El viento en la ventana anunciaba la presencia del mundo 
   la oscuridad de los pasillos nos rompía los ojos cuando niños 
   el diablo tal vez escurriéndose por debajo de las puertas 
   su fetidez alcanzaba a los perros en el patio y los enloquecía. 
   El puño se persignaba entonces sobre la boca. Todo así era sentido. 
   Dedos y labios al encuentro, mano de la mano 
   carne de la carne que crecería una y mil veces desvestida 
   dentro de la fina corteza intacta de los cuerpos infantiles. 
 
   II 
 
   Despierto soñando con el fruto maduro del almendro. 
   Las cáscaras estallan cuando se hincha la semilla 
   y en reguero se esparcen sobre el suelo húmedo del patio. 
   Los niños miran todo desde el otro lado de la reja 
   sus ojos son ratas inquietas, las veo asombrarse, correr 
   hacia el fondo oscuro de los lunares de mi blusa 
   hacia el ruedo de la falda que gira y se convierte en un plato. 
   Despierto soñando con el fruto maduro del almendro. 
   Todo me alcanza, el vestido es esta piel y mis manos 
   buscan a tientas brazos o piernas en la oscuridad. 
   Mi hermana duerme 
   dice cosas sin sentido y se abraza a mí. 
 
   IV 
 
   No me devuelvas cuando me lleves contigo 
   y entre flores de naranjos caminemos hacia el río bautismal. 
   No me entretengas en la risa de los muchachos 
   en sus pechos lisos que no saben amamantar 
   en sus dedos que nunca aprendieron a ensortijar cabellos 
   de criaturas cuyas cabezas se rinden al agua entre sollozos. 
 
   Pero no. 
 
   Déjame estar entre las maldiciones 
   tejiendo desde ahora un traje inacabable 
   para el que vendrá al hueco compasivo de mis manos. 
   No permitas que prediga el futuro 
   en los hilos que se encadenan y crecen 
   hasta formar mantas teñidas de tierra seca. 
   Una pequeña piedra arrojada contra el viento soy. 
   Déjame caer. Hazme liviana. 
 
CUERPOS CONTRARIOS 
 
Uno se extravía, busca en alma en el cuerpo y el cuerpo en las 
cenizas. Hasta que llega el punto en que los espejismos se hacen 
patentes: un trozo de espíritu brilla sobre la piel, pero la imagen 
procede de los ojos. Uno llega a saberlo y se rehusa a enfrentarlo. 
Así nace la cobardía. 
 
No temo a la muerte, disgregadora impura. 
En su luz he visto morir la luz. 
 
   La luz es sedentaria, la oscuridad 
   nos empuja en cuatro direcciones 
   con la velocidad de la risa o del pánico. 
 
   Atrévete a cruzar cuerpos contrarios 
   aunque descubras que los pies 
   son el contrasentido de los pies 
   buscando veredas transitorias 
   en la noche. Ve y entra 
   en esos cuerpos 
   y si alguien pide que te detengas 
   en el momento en que tus manos 
   enumeran manos y cuánto has tocado 
   es ocupado por un viento vertical 
   no lo escuches, atrévete 
   a poblar surcos contrarios, como 
   el noctámbulo hace emigrar 
   cuánto ha tocado 
   hacia una luz que se derrumba 
   al apagar la lámpara. 
 
   La casa vacía como el cuerpo 
   provisto simplemente de fría oquedad: 
   manos amadas te confunden con la piedra 
   y en piedra esculpen un rostro: hielo, hálito y cal. 
 
   Cuerpo del que oímos hablar en la habitación: 
   lengua suspendida en una fracción 
   de tiempo y eternidad. 
 
   Estrellas en movimiento 
   constelaciones fijas. 
 
   El cuerpo intenta entrar en lo que queda 
   cuando cesa el apareamiento de los astros. 
 
   Con luz de astros fabrica una linterna 
   para buscar bajo las cenizas 
   estatuas fijas o cadáveres en movimiento: 
 
   Este es un brazo y yace colgado de la lámpara 
   estos son los ojos acostumbrados a mirar hacia adentro. 
 
   La boca arroja piedras al precipicio 
   y el cuerpo 
   se vacía de todos los nombres. 
 
   El cuerpo intenta entrar en lo que queda 
   cuando cesa el apareamiento de los astros. 
 
   Para qué tanta luz 
   para qué si el cuerpo no cabe en el cuerpo 
   y en el desborde trabajan tempranamente 
   los metales de la oxidación. 
 
   La carne establece sus propias rutas para el extravío: 
   intentamos entrar en otro cuerpo 
   pero no cabemos en una misma mano 
   y no cabemos exactamente en un mismo pie. 
 
   Hacia el cuerpo retornamos y tropezamos. 
   El exceso rompe las alas de la desnudez. 
 
   Quién eres tú realmente 
   quién soy yo, si no sé decir 
   en qué cuerpo he buscado 
   las cartas ilegibles con que agrede la luz 
   hasta dejarnos ciegos de palabras. 
 
   Tu boca que decía leer adónde irá 
   después de retirarse de mi mano 
   mi mano escrita en qué vacío habrá de diluirse 
   si no posee la virtud del agua. 
 
   Quién eres tú realmente 
   si entre ambos medias tú, pero distinto 
   y las cartas que descifras se oscurecen 
   y desprecian la forma de los cuerpos. 
 
   Entonces, quién soy yo 
   en qué me he convertido 
   en la sombra que ensaya su presencia ante la luz 
   no en la luz. 
 
   Nada tiene que ver el amor con el amor 
   nada tiene que ver la sed con el agua que arrebata 
   ni la primavera con la flor que se desprende del tallo. 
   Son sólo ejemplos. 
 
   El amor tiene que ver con la costumbre de mirarse a los ojos 
   repetidas veces 
   el amor tiene que ver con la costumbre 
   de buscar en los ojos contrarios el eco de un relámpago 
   o palabras amables tras las máscaras estrictas del silencio. 
 
   No tienen que ver con el amor las prolongaciones del estío 
   ni las hojas que se desprenden exhaustas de los árboles 
   ni las hojas que se aferran como gusanos de los árboles. 
   Es un ejemplo. 
 
   El amor tiene que ver con una casa aplastada por la lluvia 
   con habitaciones a oscuras y con charcos 
   con las tristes camisas aferradas al vacío del aire … 
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