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Pobres, pecadoras y conversas: mujeres indígenas del siglo XVII a través de sus testamentos.

Revista de Historia Indígena

| January 01, 2001 | Iglesias Saldaña, Margarita | COPYRIGHT 1999 Universidad de Chile, Facultad de Filosofia y Humanidades. (Hide copyright information)Copyright

El testamento, como legado de vida y confesión final, es un documento introducido en Hispanoamérica por la conquista española y se implanta en los territorios chilenos desde el siglo XVI. El siglo XVII en Chile colonial será el siglo de asentamiento del dominio español, en lo que se refiere a la estructuración de la sociedad jerarquizada tanto en lo económico como en lo social, así como la confirmación, desde lo religioso-cultural, de la implantación de la colonización española. La adscripción de indígenas a estos órdenes sociales recientemente implantados es una de las razones que permitirán afiatar el poder de la minoría étnica invasora en poblaciones que se debatirán durante más de tres siglos entre el rechazo y la aceptación de estas nuevas formas sociales, económicas, políticas y religiosas, y que lograrán imponer formas de desarrollo de la sociedad chilena, siendo entre otras la religión católica uno de los principales agentes conquistadores en estas nuevas sociedades.

**********

 
   ... (Pedro se llamaba) 
   Valdivia, el capitán intruso, 
   Cortó mi tierra con la espada 
   Entre ladrones: "Esto es tuyo. 
   Esto es tuyo Valdés, Montero, 
   Esto es tuyo Inés, este sitio es el cabildo" (1) 
 
   ... Se adjudicaron 
   haciendas, látigos, esclavos, 
   catecismos, comisarías. 
   Cepos, conventillos, burdeles, 
   Y a todo esto denominaron 
   Santa cultura occidental" (2) 

¿Por qué restaban las mujeres indias en el siglo XVII?

El testamento, como legado de vida y confesión final, es un documento introducido en Hispanoamérica por la conquista española y se implanta en los territorios chilenos desde el siglo XVI. No solo sirvió como ordenador de las poblaciones españolas, cristiano católica, sino que aparece además como un instrumento histórico que permite dar cuenta de la adscripción a las mentalidades implantadas en los territorios chilenos por los conquistadores. En el presente artículo nos ocuparemos esencialmente de los testamentos de mujeres indígenas del siglo XVII.

El siglo XVII en Chile colonial será el siglo de asentamiento del dominio español, en lo que se refiere a la estructuración de la sociedad jerarquizada tanto en lo económico como en lo social, así como la confirmación, desde lo religioso-cultural, de la implantación de la colonización española. La adopción y adscripción a las nuevas formas de vida y de pensar se llevará a cabo en este siglo. El esfuerzo intelectual y material de los que ejercían el poder se centró en ordenar la sociedad y en normar la sociabilidad necesaria para el funcionamiento del poder de la Corona, desde perspectivas económicas, jurídicas y políticas, así como el asentamiento del cristianismo en lo cultural-religioso.

La adscripción de indígenas a estos órdenes sociales recientemente implantados es una de las razones que permitirán afiatar el poder de la minoría étnica invasora en poblaciones que se debatirán durante más de tres siglos entre el rechazo y la aceptación de estas nuevas formas sociales, económicas, políticas y religiosas, y que lograrán imponer formas de desarrollo de la sociedad chilena, siendo entre otras la religión católica uno de los principales agentes conquistadores en estas nuevas sociedades.

Ya en la fundación de Santiago (1541) se encontrarán las primeras referencias de las creencias cristianas que atribuyen la protección de Dios, la Virgen y los santos a los invasores españoles en las batallas emprendidas contra los indígenas; es lo que algunos autores han denominado la milagrería barroca (3), que se usó como imágenes para la comprensión de las primeros encuentros entre españoles e indígenas. De este modo, el apóstol Santiago, --matamoros en España, aludiendo a la Reconquista-- pasa a ser en territorios chilenos Santiago matamapuches, protegiendo a los españoles del cruento ataque indio del valle del Mapocho, conducidos por Michimalongo:

 
   "Habiendo todos respirado un rato del cansancio de la refriega 
   mandó el general traer ante sí algunos de los indios que ella habían 
   sido presos, y los examinó haciendo escrutinio de las causas porque 
   habían tan repentinamente desamparado el campo. A lo que 
   respondieron que estando en su mayor coraje y certidumbre de su 
   victoria, vieron venir por el aire un cristiano en un caballo blanco 
   con la espada en la mano desenvainada, amenazando al bando índico, y 
   haciendo tan grande estrago en él, tanto que se quedaron todos 
   pasmados y despavoridos; dejando caer las armas de las manos no 
   fueron señores de sí, ni tuvieron sentido para otra cosa más de dar 
   a huir desatinado sin ver por dónde, por haber visto cosa llamada en 
   su lengua pesimando, que quiere decir nunca vista ..." (4) 

Y para una nueva batalla en el mismo lugar, esta vez conducida por Inés Suárez, el apóstol Santiago volverá a intervenir a favor de los españoles quienes, según el relato de Mariño de Lobera, se encontraban en disminución de fuerzas y perdiendo la batalla, cuando Inés Suárez decidió ponerse al frente de la matanza de indígenas y socorrer a los soldados invocando a Dios:

 
   "Desta manera socorrió a su gente, que ya no podía ir atrás ni 
   adelante por ser muchas las escuadras de indios que iban entrando de 
   refresco sin esperar los nuestros otro auxilio que el del cielo. Por 
   lo cual acordaron acudir a éste invocando con la mayor devoción que 
   cada uno podía el favor de Dios y su santa madre y el del glorioso 
   Apóstol Santiago, Patrón de la ciudad que defendían ..." (5) 

Interviniendo éste directamente en la última parte de la batalla según relata este cronista:

 
   "... por lo cual se tuvo por cosa cierta, como lo fue, que aquel 
   caballero que allí estaba demás de los treinta y dos conocidos era 
   el glorioso Apóstol Santiago, enviado de la divina Providencia para 
   dar socorro al pueblo de su advocación, que invocaba su santo 
   nombre". 

Y más aún, siempre en las batallas en el valle del Mapocho, vuelve a intervenir el apóstol, pero esta vez acompañado de la Virgen María

 
   "Estando ya cansados los cristianos de correr a tantas partes y 
   alancear tantos hombres, se fueron recogiendo a la ciudad trayendo 
   por delante muchos indios presos en manos de los yanaconas de 
   servicio, los cuales venían despavoridos y embelesados diciendo que 
   aquel caballero del caballo blanco que los había vencido en la 
   primera batalla había peleado también en ésta, y era el que les 
   hacía la guerra aterrándolos con la gran braveza de sus fuerzas y 
   severidad de su aspecto. Demás de esto, venían publicando que 
   cuando la refriega estaba en el mayor furor había salido de la 
   ciudad una señora que les echaba tierra en los ojos cegándolos, de 
   suerte que no veían a los cristianos, obligándolos a volver las 
   espaldas sin ver en qué lugar ponían los pies ni saber si estaban en 
   cielo o tierra. Sobre lo cual hizo el teniente diligentísima 
   pesquisa, examinándolos aparte sin saber unos la declaración de los 
   otros. Y los halló a todos tan contestes, que no hubo hombre que 
   discrepase en una tilde desto que públicamente venían pregonando. Y 
   para más satisfacciones les puso delante a doña Inés Juárez, 
   diciéndoles que aquélla debía ser la señora que habían visto, y la 
   cual les quitaba a ellos la vista, de lo cual se vieron ellos 
   muchos haciendo burla della diciendo que había tanta diferencia de 
   la una a la otra como de la noche obscura en medio del invierno al 
   día claro y despejado cuando va ilustrándole el sol en tiempo de 
   primavera. Certificados los españoles con las indubitables 
   informaciones que se hicieron, primeramente dieron a Dios y a su 
   Santísima Madre las gracias debidas por tan insigne beneficio, y 
   para mostrar la gratitud debida a la soberana reina del cielo le 
   edificaron un templo con título de Nuestra Señora del Socorro, 
   encomendándolo a los clérigos que había en el pueblo y acudía de 
   allí en adelante toda la ciudad a sus devociones" (6). 

Vemos así que desde la fundación de Santiago, los indígenas estarán sorprendidos por la fuerza de estas imágenes, pues son ellos quienes relatan a través del cronista las apariciones tanto del apóstol como de la Virgen a favor de esta fuerza conquistadora. Estos acontecimientos fueron relatados en diversos puntos del territorio y por diferentes autores de la época. Las escenas milagrosas que contiene la Crónica de Mariño-Escobar no son las primeras que aparecen en la historiografía chilena, ni son de su exclusiva invención o alucinación. Pertenecen al ciclo de las leyendas tradicionales de la época y con ligeras variantes las encontramos relatadas por Pedro de Valdivia, Gerónimo de Bibar, Ercilla y Góngora Marmolejo. Valdivia en su Carta al Emperador Carlos V, firmada en Concepción, el 15 de octubre de 1550, ya nos habla de la aparición del Santo, la Virgen y el Diablo:

 
   "Pues según dicen los indios naturales que el día que vinieron 
   sobre este nuestro fuerte (Penco), al tiempo que los de a caballo 
   arremetieron con ellos cayó en medio de sus escuadrones un hombre 
   viejo en un caballo blanco, e les dijo: "Huid todos, que os matarán 
   estos cristianos", y que fue tanto el espanto que cobraron, que 
   dieron a huir. Dijeron más: que tres días antes pasando el rio de 
   Biubíu para venir sobre nosotros, cayó un cometa entre ellos, un 
   sábado a medio día, y deste fuerte donde estábamos la vieron muchos 
   cristianos ir para allá con muy mayor resplandor que otros cometas 
   salir, e que, caída, salió della una señora muy hermosa vestida 
   también de blanco y que les dijo: "Servida los cristianos, y no 
   vais contra ellos, porque son muy valientes y os matarán a todos". E 
   como se fue de entre ellos, vino el Diablo, su patrón, y los 
   acabdilló, diciéndoles que se juntasen muy gran multitud de gente, y 
   que él vernía con ellos, porque en viendo nosotros tantos juntos, 
   nos caeríamos muertos de miedos" (7). 

En todas la crónicas del siglo XVI se encontrará la superioridad española y el llamado a la obediencia indígena, en tono casi paternalista o maternal, según sea el caso, a la vez que atemorizándolos por los castigos que recibirán si no hacen caso de estas apariciones. Al mismo tiempo, se atribuye a estos indígenas el estar protegidos por el Diablo.

En esta simbología vemos perfilarse la conceptualización de la cosmovisión cristiana de la superioridad religiosa y bélica que debía mostrarse en toda su potencia fundadora para la conquista de los nuevos territorios y el consiguiente sometimiento de las poblaciones a los intereses de los conquistadores. Este proceso de conquista, de tierras y almas, podemos observarlo en funcionamiento ya desde fines del siglo XVI, a través de los testamentos de origen indio, que a través de estas prácticas de la adscripción dan cuenta de estas nuevas formas de sociabilidad por parte de las poblaciones indias, así como de los nuevos sectores sociales que surgen, mestizos en diversos grados: indios con españoles, indios con negros, negros-españoles.

Por ahora nos aventuraremos a estudiar la aparición de testamentos de mujeres no españolas en el siglo XVII, en la ciudad de Santiago, una vez instalado el dominio peninsular sobre las poblaciones indígenas de paz.

Para el siglo XVI, Julio Retamal Avila da cuenta de diez testamentos de indígenas, de los que la mitad son de mujeres, un poder para testar, de Elvira de Talagante, y cinco codicilios, correspondientes a algunos de los testamentos que nos presenta. El primero está fechado en 1564 y pertenece a Inés González, sirvienta del obispo Rodrigo Gonzáles de Marmolejo, y el último de 1597, de Inés, india encomendada de Juan Barros y Alderete, encomendero de Tango, Malloco, Lampa, Lingüeimo y Tobalaba (8).

Según lo ha estudiado S. Gruzinski para el caso de México, en la época "es evidente que las sociedades puestas en presencia de la Conquista se enfrentaron no sólo en el plano religioso, político y económico, sino también y de una manera más global en el terreno de sus enfoques respectivos de la realidad" (9), situación que para las poblaciones mapuches se transformó en un cambio a modelos impuestos para su propia supervivencia, pues, como lo ha puesto de manifiesto R. Foester, fueron las exigencias de cristianización "las que hicieron de la evangelización una empresa global de transculturación. Esto explica, en el caso de Chile, la preocupación de los obispos por la reducción de los mapuches a pueblos, mediante la aplicación de tasas y ordenanzas (las dos más importantes: la de Santillán y de Gamboa) que debían regular tanto el sistema de trabajo y de tributos en las encomiendas, como la constitución de los pueblos de indios ..." (10)

Es lo que Maximiliano Salinas ha estudiado como un proyecto de cultura patriarcal por parte de Imperio católico de occidente en el nuevo mundo, con su correspondiente ideal ascético de rechazo de la vida y de proscripción del cuerpo y de las experiencias corporales y femenina de la existencia humana (11).

A partir de la expansión del Imperio colonial, la cultura occidental cristiana exacerbó este ideal ascético, al punto de constituir toda una reforma cultural en Europa, que en términos religiosos ha sido denominada "el triunfo de la cuaresma". La ética de estos reformadores culturales y religiosos, católicos o protestantes, fue …

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