AccessMyLibrary provides FREE access to millions of articles from top publications available through your library.
Create a link to this page
Copy and paste this link tag into your Web page or blog:
La novela mexicana Santa (1903) de Federico Gamboa gozó de gran popularidad en México durante el siglo XX, habiendo sido recreada incluso en letras de canciones y guiones de cine. De seguro, su singular tópico (la prostituta citadina, nunca antes representada como figura central en nuestra narrativa), dispuesto en un lenguaje novedoso (el grotesco naturalista, exacto reverso de un lenguaje virtuoso), permitieron que fuera incorporada en la imaginería popular. Sin embargo, no ha tenido tan rotundo éxito en otros países latinoamericanos, ni tampoco ha recibido una mención destacada en las historias literarias. Acaso cada tradición nacional haya diseñado también, tempranamente, su propia figura santa, sin querer sustituirla por otra -por ejemplo, la santiaguina Juana Lucero (1902) o la bonaerense Nacha Regules (1919). Ahora bien, desde una perspectiva actual, que enlaza preguntas retóricas, sociológicas y de género, la Santa mexicana se revela como un mundo complejo y abigarrado, que tiende a desbordar sus límites nacionales, al menos en el ámbito crítico. En las páginas siguientes, realizaremos una lectura panorámica de esta novela, atendiendo a los registros que la vertebran: el verosímil naturalista y su imagen sobre la nación; ambos imbricados en el cuerpo irredento de la mujer.
NOTICIAS DEL NATURALISMO
Quien comience a leer Santa, a un siglo de distancia, sentirá cierta inquietud con el exordio que abre este relato, pues se presta a una lectura equívoca.
Desde El Quijote, estamos acostumbrados a leer los prólogos como contratos entre el escritor y su público. Así, Cervantes, ayudado de un conocido, nos informa que su novela es un comentado de la vida cotidiana, para lo cual inventa un personaje que se cree un caballero andante. ¿Cuál es la novedad del contrato propuesto en el exordio de Santa y cómo se le lee hoy?
Desde luego, la presentación de una nueva heroína ante el público citadino y moderno hispanoamericano: "No vayas a creerme santa, porque así me llamé", reza la apertura (11). Estamos en presencia de una víctima, que en brevísimo recuento se presenta ante nuestros ojos vilipendiada y abusada (terror, cárcel, enfermedad y finalmente descuartizamiento por autopsia): "Cuando reí, me riñeron; cuando lloré, no creyeron en mis lágrimas ..." (11). A pesar de estar muerta, no puede descansar en paz. Es un alma en busca de comprensión, una mujer que invoca al hombre como su salvador: "Acógeme tú y resucítame, ¿qué te cuesta? ... ¿No has acogido tanto barro, y en él infundido, no has alcanzado que lo aplaudan y lo admiren? ... Cuentan que los artistas son compasivos y bueno ... ¡Mi espíritu está tan necesitado de una limosna de cariño!" (12).
El contrato narrativo es claro: el novelista va a contar una historia fea con espíritu caritativo. Este acto lo asemeja a la deidad que perdona los pecados del mundo, al escultor que libera la forma de su materia amorfa (el prólogo está dedicado a un escultor y se alude a un taller, que lo podemos imaginar lleno de torsos a medio hacer). Santa se revela como la musa naturalista que se presenta monda y desnuda para iluminar un arte nuevo.
Ahora bien, desde la actualidad, una vez leído el libro, uno queda algo desconcertado por la omisión en el exordio del nombre de Nana (cuyas letras forman parte del cuerpo de Santa), mucho más pertinente que la mención de "las Lecaut o las Gautier" (11). En efecto, Santa y Nana son figuras naturalistas, en cuanto se hace un uso experimental de ellas, exponiéndolas a situaciones fuera de lo común o censuradas, para inquirir sobre nuestra situación de humano animal. Y más desconcertante resulta ser, en la relectura, el tono y contenido de la cita en francés de Edmond de Goncourt, a propósito de su Fille Elisa: "Ce livre, j'ai la conscience de l'avoir fait austére et chaste, sans que jamais la page échappée á la nature délicate et brúlante de mon sujet, apporte autre chose a l'esprit de mon lecteur qu'une méditation triste" (12). Esta declaración no logra opacar el lenguaje agresivo de esta novela mexicana, cuya antigua retórica (prefreudiana) quizás podría hoy causar una sana sonrisa; pero nunca sería interpretada de un modo melancólico o subliminal. Léase, como pálido ejemplo, esta línea: "besaba [el ciego a Santa] con glotonería de can hambreado que hurta carne exquisita" (307).
A esta cita de autoridad francesa hay que agregar otra, de estirpe bíblica, que precede todo el libro, que indica que no se castigará a las mujeres pecadoras, "pues que los mismos padres y esposos tienen tratos con las rameras", por lo cual sufrirá castigo toda la estirpe: "por cuya causa será azotado este pueblo insensato, que no quiere darse por entendido". Así, no seña tan malo hablar de las rameras -"Yo les daré rienda suelta ..." se indica al comienzo de esta cita- e, incluso, por ellas podemos enhebrar el mal que nos aqueja. La moralidad del texto consiste en la exhibición ante nuestros ojos de los pecados del mundo (¿siendo la lectura un azote lujurioso?) (1). Que sea la mujer el cuerpo elegido para la aparición del pecado, ya muestra una subalternidad que en el exordio se hará patente.
No obstante, el escándalo mayor de este contrato, para los lectores del siglo XXI, consiste en que la única vez que una mujer toma la palabra en este relato es en un exordio, en calidad de fantasma (o calavera), para ofrecer una confesión tardía ante un protector sublime (hombre), para que éste dé a luz pública una identidad marcada con el estigma (puta), que la redimirá ante los ojos cristianos. El parlamento diseñado para cerrar el pacto con esta marioneta dice así: "En pago -morí muy desalida y nada legué-, te confesaré mi historia. Y ya verás cómo, aunque te convenzas de que fui culpable, de sólo oírla llorarás conmigo. Ya verá cómo me perdonas, ¡oh, estoy segura, lo mismo que lo estoy de que me ha perdonado Dios!" (12).
En la actualidad, la traducción de este contrato resulta intrigante. A nivel material, la obra de arte es presentada como una mercancía, según las reglas del acto prostibulario, a saber: Santa ofrece en prenda su cuerpo (su historia) a un cafiche (el artista, que la amparará, revistiéndola de un sentido), para que éste la haga circular entre sus clientes (los lectores, que la admiran) (2).
¿Cómo entender esta figura? ¿Se entenderá, a nivel piadoso, que la comunidad debe reconocer su condición pecadora, reviviéndola a través de la lectura de una biografía de una ramera, lográndose así una catarsis? ¿Se interpretará, a nivel artístico, que la literatura es una mercadería como otras, que se transa en el mercado y obtiene valor según su utilidad material y su encanto a los sentidos? ¿No habrá que sumir el arte en la vida, para contaminarla de su radical podredumbre, anteponiendo a la luz la oscuridad?
En este enrevesado ejercicio, también este prólogo da señas para que la …