AccessMyLibrary provides FREE access to millions of articles from top publications available through your library.
Create a link to this page
Copy and paste this link tag into your Web page or blog:
I. Bajo el doble sello de la Fundación Antonio Cornejo Polar y de Latinoamericana Editores (Lima/Berkeley), acaba de salir en traducción al español la investigación de Patricia D'Allemand (Latin American Cultural Criticism--Reinterpreting a Continent; The Edwin Mellon Press, 2000), con el título de Hacia una crítica cultural latinoamericana. Dicha investigación consiste en una revisión crítica de la obra de tres destacados críticos literarios latinoamericanos hoy desaparecidos: Alejandro Losada, Ángel Rama y Antonio Cornejo Polar, unidos por su común afán por no desvincular la crítica y la historia literarias de sus contextos históricos y culturales. El estudio de la obra de estos tres autores se complementa con el examen de algunos trabajos de Beatriz Sarlo, quien desde ángulos algo distintos retorna preocupaciones similares. Y el volumen incluye además un prólogo del crítico inglés William Rowe, autor entre otros trabajos de Rulfo--El Llano en llamas (1967) y Memory and Modernity--Popular Culture in Latin America (1992). La relevancia de una investigación como ésta radica en el rescate y la puesta a debate de una importantísima tradición de sistematización de las literaturas latinoamericanas que tiene en Pedro Henríquez Ureña y José Carlos Mariátegui sus primeras figuras señeras, y que sigue teniendo hoy otros muchos representantes --entre ellos el mismo William Rowe-- dentro y fuera de América Latina. De modo que aun cuando la selección de los autores estudiados por D'Allemand es por fuerza limitada, tiene el indudable mérito de recordar, incluso desde la elección del título de su libro, que lo que hoy en día se conoce como "estudios culturales" tiene en América Latina una ya larga y vigorosa tradición, que merecería ser tenida en cuenta en los debates actuales en tomo a dichos estudios, al postcolonialismo o al postoccidentalismo. El que los autores estudiados aquí --al menos los tres primeros-- hayan circunscrito sus propias búsquedas al examen de la literatura, a la crítica y a la historiografía literarias, partiendo de ellas para desplegar e incorporar en sus análisis otras dimensiones de lo que hoy por hoy se suele designar con el nombre bastante ambiguo e impreciso de "cultura", no los excluye de los debates más actuales. Muy al contrario. En electo, lo que entre otros asuntos esta perspectiva particular podría contribuir a replantear es el estatuto mismo de la literatura dentro de la "cultura". Sobre ello volveremos más adelante.
Luego de una breve introducción, en donde la autora vuelve sobre las preguntas que dieron origen a su investigación, el volumen consta de seis capítulos de extensión desigual: I. José Carlos Mariátegui: más allá de "El proceso de la literatura"; II. Ángel Rama: literatura, modernización y resistencia; III. Alejandro Losada: hacia una historia social de las literaturas latinoamericanas; IV. Antonio Cornejo Polar: sobre la heterogeneidad cultural y literaria en América Latina; V. Beatriz Sarlo: por una lectura de la pluralidad; y VI. Balance y perspectivas.
Sin duda, el supuesto, bastante difundido en ámbitos académicos varios, de una ausencia de tradición crítica en América Latina es una cuestión de óptica; pero también es cierto que, ni el largo predominio de concepciones inmanentistas que proyectaban sobre los textos modelos supuestamente universales, ni las pugnas por el poder institucional han contribuido a destacarla. Con todo, en ausencia de una incorporación de los textos pertinentes en una tradición que diera cuenta de las continuidades, rupturas y divergencias en el ámbito de la crítica y la historiografía literarias latinoamericanas, esta tradición y sus aportes conceptuales resultaban bastante difíciles de visualizar. A juicio de la autora, esta ausencia no proviene tanto de la crítica como tal, cuanto de la carencia de una reflexión sistemática y de una historia comprensiva de esta crítica. Propone entonces abordar esta laguna, partiendo "de los modos en que interactúan discursos políticos y discursos estéticos en cada uno de los autores discutidos y de las posiciones que cada uno despliega ante la interacción misma de dichos discursos". Justifica este enfoque señalando que "dentro de este espacio de intersección de las esferas de lo político y lo cultural, se ubica el debate sobre 'lo nacional' o, más precisamente, sobre la producción de identidades nacionales, regionales y continentales que informa las propuestas críticas examinadas" (p. 16). A pesar de que estas propuestas, orientadas por la búsqueda de una identidad propia, se hallan enmarcadas en contextos distintos al de la globalización actual, a juicio de D'Allemand no han perdido vigencia, por cuanto empalman, sin confundirse con ellas, con las impugnaciones del universalismo eurocentrista, puestas a la orden del día por los estudios culturales, poscoloniales y posoccidentales.
El primer capítulo, dedicado a las reflexiones de J.C. Mariátegui sobre la literatura del Perú, recalca la poca atención que han recibido los escritos que sobre estética y literatura publicara el autor de los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana en diversas revistas. De la revisión de este material disperso, la autora extrae, además del consabido afán del peruano por "nacionalizar" el marxismo, una serie de principios que vale la pena remarcar. Subraya en primer lugar la articulación específica entre el arte y la política, en términos de la unidad de ambas esferas, pero sin que ello conduzca a una ausencia de diferenciación entre ellas, ni mucho menos a la subordinación de la una a la otra. Particularmente esclarecedores resultan a este respecto el análisis de lo que Mariátegui entendía por vanguardia artística, el énfasis puesto en la preocupación del peruano por la forma, y las puntualizaciones contextuales acerca de su supuesta defensa del "irracionalismo". La autora destaca luego la conveniencia de examinar con sumo cuidado el uso que hacía Mariátegui de términos provenientes de sus lecturas europeas. Considera que, al vincularse con la necesidad de dar cuenta de una realidad social y cultural distinta y propia, dichos términos adquieren en el pensamiento del amauta matices o sentidos algo diferentes. Tal seña el caso de la noción de vanguardia, pero también de la de mito, largamente discutida en relación con la influencia de Georges Sorel. En este último punto, D'Allemand hace hincapié en la necesidad de distinguir entre, por un lado, la esfera de lo estético, en donde la imaginación --y como parte de ella la cultura popular y los mitos--, cumplen un papel decisivo en la configuración y proyección artísticas de realidades hasta entonces excluidas de, o soslayadas por la tradición culta, y por el otro lado, el valor político que estas mismas configuraciones y proyecciones pudieran cobrar en la conformación de una identidad nacional no excluyente.
Estos primeros planteamientos se complementan con el examen de las consideraciones del autor de los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana acerca del indigenismo. Apoyándose momentáneamente en la obra de Antonio Cornejo Polar, la investigadora pone de relieve, junto con la consabida distinción entre literatura indígena y literatura indigenista, el reconocimiento del "carácter no orgánicamente nacional de la literatura peruana y de sus raíces en la fractura y el conflicto irresuelto entre lo quechua y lo español, ocasionados por la Conquista" (p. 56). Subraya que este reconocimiento no convierte al indigenismo, por lo demás tributario de aportes occidentales relevantes, en la única vía de resolución de la problemática: el mismo Mariátegui no descarta otras, entre ellas la asimilación creativa de los aportes de la vanguardia, en Vallejo por ejemplo. Tan solo consiste en ubicar la construcción de una literatura nacional en la encrucijada entre lo nacional y popular y lo cosmopolita. En cuanto a las derivaciones teórico-metodológicas del planteamiento de Mariátegui, hasta cierto punto extensibles a otros países y otras literaturas del subcontinente americano, constituyen justamente el objeto de la revisión crítica emprendida por la autora.
El capítulo dedicado a Ángel Rama está centrado en la discusión de la noción de "transculturación", que el crítico uruguayo extrajera de la obra del antropólogo cubano Fernando Ortiz, Contrapunto cubano del tabaco y el azúcar, trasladándola al ámbito del análisis literario. Luego de recordar y descartar, por sesgadas, las críticas más acerbas a los planteamientos de Rama, la autora reconstruye las grandes líneas de su trayectoria intelectual, estableciendo una clara distinción entre los dos períodos que separan la apropiación de la categoría de transculturación. Al primer período corresponde ante todo el trabajo de Rama sobre Darío y el Modernismo, que permanecería tributado de una concepción lineal del proceso de la literatura, establecería correspondencias mecánicas entre la modernización socioeconómica y el modernismo literario, y concibiera el anhelo de "autonomía literaria" como el alcance, cuando no la superación, de los modelos metropolitanos más prestigiados. Estas limitaciones de los enfoques iniciales de la crítica social de la literatura latinoamericana emprendida por el uruguayo tendrían su origen en la llamada "teoría de la dependencia" y en el trasfondo desarrollista que la nutría. Con todo, en estos primeros planteamientos encuentra la autora el punto de partida para la superación de los enfoques estrictamente nacionales o nacionalistas, dada la aparición en el pensamiento de Rama de una perspectiva "continental" que habría de desembocar luego en un afán de "latinoamericanización" de la crítica literaria y cultural; en el cuestionamiento de la supuesta universalidad de modelos teóricos importados y elaborados en función de otras literaturas y otros procesos culturales; y en la búsqueda de una "autonomía crítica" abocada al desentrañamiento de la especificidad y originalidad de las literaturas del subcontinente americano. Con todo, es preciso señalar que, para Rama, este mismo "afán autonomista" nunca dejará de inscribirse dentro de un proyecto "modernizador", del que se trataría entonces de desentrañar las características propias.
En esta perspectiva, la categoría de transculturación viene a desempeñar un papel de primer orden. Con base en el reconocimiento de las disparidades internas y regionales del proceso de modernización de los diferentes países del subcontinente, puestas de manifiesto por los posteriores desarrollos de la sociología latinoamericana, la noción de "transculturación" busca dar cuenta de la articulación --y ya no tan solo de la yuxtaposición o la superposición-- de espacios y tiempos socioculturales sumamente heterogéneos, sean éstos internos o externos. Al oponerse a otras nociones como las de aculturación o deculturación que refutara en su momento Fernando Ortiz, la introducción de esta nueva categoría en el pensamiento de Rama deja atrás la supuesta subordinación pasiva a los modelos hegemónicos --o el afán por alcanzarlos--, que marcaba sus primeros trabajos. Pero tiene también otras derivaciones, de suma importancia, no solo para la relectura de muchos textos --como la que hiciera el propio Rama de Los ríos profundos de José María Arguedas--, sino también para la reconfiguración del corpus de la literatura latinoamericana.
En efecto, al reinsertar en, y recuperar para la modernidad --la literaria al menos-- los espacios, los tiempos y las formas culturales que hasta entonces se seguían considerando "bárbaros" o "atrasados" por permanecer alejados de los modernos procesos de urbanización, el uruguayo coloca en primer plano una serie de obras narrativas, como las de Arguedas, Rullo, Guimaraes Rosa, que surgen de la tensión entre las tradiciones vernáculas --regionales, orales y populares-- y las influencias cosmopolitas. Desde esta perspectiva, el llamado boom de la narrativa latinoamericana se diversifica; y las obras y los autores que, dentro de una concepción lineal de los procesos literarios, aparecían como representantes de la "mayoría de edad" de la narrativa latinoamericana por su ruptura con el regionalismo, su experimentación formal y su temática urbana y "universal", comparten ahora los afanes modernizadores con un proceso de renovación que logra enlazar la tradición del realismo regionalista con los aportes conjuntos de las vanguardias europeas y de las múltiples formas de un imaginario oral y popular latinoamericano. Independientemente de los cuestionamientos que pudieran hacerse al marco "modernizador" en el cual Rama inscribe esta diversificación y reformulación del boom, lo relevante de su planteamiento consiste en el descentramiento y la diversificación de los procesos literarios, y en el reconocimiento de las trayectorias no por fuerza lineales ni homogéneas de estos mismos procesos. Aunque Rama no haya "teorizado" sus planteamientos y los resultados de sus investigaciones en estas direcciones --la autora señala con justa razón la renuencia del crítico uruguayo a los constreñimientos teóricos--, es por demás evidente que de ellos se derivan una serie de consecuencias importantes respecto de los modos de historiografiar los procesos literarios latinoamericanos. Retomaremos esta problemática en la segunda parte de esta reseña.
La obra crítica y las propuestas historiográficas de Alejandro Losada constituyen el objeto de la atención de Patricia D'Allemand en el siguiente capítulo. Menos conocida en nuestro medio académico que la de Rama --acaso por haberse desarrollado desde la Universidad Libre de Berlín y por la desaparición …