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Homero en Kazantzakis: el llanto de Penélope. (Nova Graecia).(Nikos Kazantzakis, autor )

Byzantion Nea Hellas

| January 01, 2002 | Castillo Didier, Miguel | COPYRIGHT 2003 Universidad de Chile, Facultad de Filosofia y Humanidades. (Hide copyright information)Copyright

El gran vínculo entre la Odisea homérica y la de Kazantzakis es obviamente Ulises. A través de él se continúa el viejo poema, no estrictamente desde su final, sino a partir del verso 477 de la rapsodia XXII. La nueva aparición de Ulises se produce luego de la muerte de los pretendientes y de las esclavas que los habían apoyado. Desde ese punto, el relato comienza a alejarse del texto y del mundo homéricos, aun cuando a través de las primeras rapsodias Odiseo actúa todavía en Itaca e incluso narra ante su familia los episodios de su regreso, los que él caracteriza como "tentaciones". Son los encuentros y la relación con tres personajes femeninos: Circe, Calipso y Nausícaa. Ellas representaron a la muerte, en el sentido de que cada una trató de apartar a Ulises de su camino a la patria y al hogar.

Pero además de ese relato que nos remite a la Odisea antigua, durante las primeras ocho rapsodias todavía nos encontramos con personajes del antiguo mundo homérico, aunque cambiados por el paso de los años. En la isla natal, Odiseo encuentra a Penélope, Telémaco y Laertes. En Esparta, a Helena y a Menelao. En Creta, a Idomeneo. La personalidad de todos ellos ha evolucionado y los papeles que desempeñan son cada vez más distintos de aquellos que tenían en los poemas homéricos.

Siendo el poema de Kazantzakis la continuación del de Hornero, hay entre los textos una diferencia radical. La obra del poeta cretense representa la inversión del motivo del retorno al hogar y a la tierra patria, pues Odiseo vuelve a partir de la isla a la que tanto anheló volver.

En la Odisea homérica, Penélope es una figura cuyo carácter paradigmático ha trascendido el mito antiguo, para pervivir indefinidamente. Ella encarna la fidelidad conyugal a toda prueba, a prueba de veinte años de ausencia y de toda suerte de solicitaciones de parte de los pretendientes. Legítimamente podría haber decidido terminar su soledad. Su propio hijo lo considera así, cuando contesta a Agelao, quien afirma que "ahora ya es evidente que no volverá" el ausente. Dice Telémaco: "No; ¡por Zeus y por los trabajos de mi padre que ha muerto o va errante lejos de Itaca!; no difiero, oh Agelao, las nupcias de mi madre; antes la exhorto a casarse con aquél que, siéndole grato, le haga muchísimos presentes" (1). La mujer ha perdido su juventud y parte importante de su vida, sin gozar de la vida conyugal con un esposo amante. El ideal de los esposos lo expresa Odiseo como "el de gozar de la juventud y llegar juntos al umbral de la vejez" (2). Pero los dioses no le permitieron vivir ese ideal. Ella y Odiseo perdieron sin remedio todos esos años en los que habrían visto juntos crecer al hijo. Y éste ahora, al llegar a la vida adulta, no puede recordar al padre, a quien no alcanzó a conocer, tan pequeño era cuando el progenitor debió partir a Troya.

El amor al esposo y la fidelidad a su persona y a su recuerdo caracterizan a esta mujer, que con tenacidad resiste el asedio de los pretendientes. Y su personalidad es caracterizada por el poeta y por los diversos personajes por la prudencia. Su epíteto es "prudente", [TEXTO IRREPRODUCIBLE EN ASCII.], se repite en las menciones de Penélope (3). También se le aplica el término echephron, de semejante sentido al anterior (4).

La tristeza de Penélope por la ausencia de Odiseo es la manifestación más persistente de su profundo amor. Cuando el aedo Femio canta el deplorable retorno que Palas Atenea había deparado a los aqueos que lucharon en Troya, la mujer, "con los ojos atrasados de lágrimas", habla así al cantor: "[...] Deja ese canto triste que constantemente me angustia el corazón en el pecho, ya que se apodera de mí un pesar grandísimo que no puedo olvidar. ¡Tal es la persona de quien padezco soledad, por acordarme siempre de aquel varón cuya fama es grande en la Hélade y en el centro de Argos" (5). Y cuando, obedeciendo a la exhortación de Telémaco, Penélope sube a su habitación, "lloró a Odiseo, su caro consorte" (6). También llora cuando, por inspiración de Atenea, debe sacar el arco de Ulises para que se realice la competencia entre los pretendientes. Tomó el arco en sus manos, "sentóse allí mismo, teniéndolo en sus rodillas, lloró ruidosamente y sacó de la funda el arco del rey. Y cuando ya estuvo harta de llorar y de gemir, fuese hacia la habitación donde se hallaban los ilustres pretendientes".

Llora asimismo Penélope, pero de alegría, cuando Euriclea le dice que Odiseo ha retornado. No puede creerlo y por eso regaña a la criada, pues la ha despertado, en circunstancias que por primera vez desde que su esposo partió para "aquella Ilión perniciosa y nefanda", había podido descansar bien. Cuando Euriclea le asegura que dice la verdad, "alegróse Penélope y, saltando de la cama, abrazó a la anciana; dejó que cayeran las lágrimas de sus ojos" (7).

Igualmente son lágrimas de alegría son las que coronan la anagnórisis, el proceso del reconocimiento, que el poeta relata en forma maestra, desde la primera visión del esposo, aún con vestiduras miserables y el rostro desfigurado, que produce estupefacción a la mujer, hasta el acierto de Ulises en la prueba a que ésta lo somete. Al terminar Odiseo de describir el lecho nupcial, tallado sobre el tronco de un olivo, "Penélope sintió desfallecer sus rodillas y su corazón [...]. Al punto corrió a su encuentro, derramando lágrimas; echóle los brazos alrededor del cuello; lo besó en la cabeza" (8).

Después que la mujer explica a Odiseo sus vacilaciones para reconocerlo, los dos esposos lloran, y "llorando los hallara la Aurora de rosáceos dedos", si Atenea no hubiera alargado la noche.

La mujer prudente, a quien la soledad y las lágrimas acompañaron durante veinte años, fue inmortalizada por el poeta como paradigma de la esposa amante y fiel. Su virtud está constituida esencialmente por esa fidelidad. El alma de Agamenón, en la rapsodia XXIV, profetiza no sólo la pervivencia de la fama de Penélope, sino también el hecho de que será cantada en los siglos venideros. Así le habla a Ulises la sombra del desdichado Atrida: "¡Feliz hijo de Laertes! ¡Odiseo fecundo en ardides! Tú acertaste a …

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