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Discurso(s) de la elite sobre Arturo Alessandri Palma en la campana presidencial de 1920. Prensa y politizacion de la cuestion social *. (Historia).

Anuario de Postgrado

| January 01, 2001 | Guzman Concha, Cesar | COPYRIGHT 2003 Universidad de Chile, Facultad de Filosofia y Humanidades. (Hide copyright information)Copyright

Este artículo reseña el discurso de la elite chilena en la prensa durante la elección presidencial de 1920. Esta elección tuvo un hondo significado para la sociedad, ya se perteneciera a la elite o a los sectores populares. Se propone un análisis de estos discursos que los sitúa dentro de los mecanismos de dominación de la elite de la época, más específicamente ubicándolos al interior de los debates que la crisis de la dominación oligárquica provocó en dicha elite. ¿Qué representó el alessandrismo en 1920 para la o las elites? ¿Y qué representó para los sectores populares? ¿Cómo es posible interpretar este fenómeno en relación con la emergencia o término de tendencias de mayor aliento en la sociedad chilena? En los discursos y hechos que se relatan en la prensa de elite es factible verificar e interpretar la presencia de estas tendencias, y la forma cómo los contemporáneos aquilataron y significaron las tensiones de esta coyuntura histórica.

Introducción

¿Cómo analizar los discursos políticos de la elite --en la prensa-- sobre Alessandri en la campaña presidencial de 1920?

El objetivo de esta investigación consiste en indagar en el o los discursos presentes en la prensa de la elite, acerca de Arturo Alessandri Palma, durante los meses más candentes de la campaña presidencial de 1920. Pretendemos observar el contenido y el significado de los discursos presentes en dicha prensa, y tratar de ligarlos con la(s) tendencia(s) histórica(s) (constitutivas del colapso o emergencia de fenómenos de largo plazo) manifiesta(s) a efectos de dicha elección. Interesa destacar el rol de estos discursos en las tendencias más profundas y de mayor aliento de la sociedad chilena de comienzos de siglo.

Nos concentraremos en los discursos que fueron vertidos en la prensa más conspicua y tradicional de la elite nacional, como fueron El Mercurio y El Diario Ilustrado. ¿Por qué la prensa? Porque ésta se constituía en --probablemente-- el único medio de comunicación de masas de la época. Ella era un elemento con gran influjo en la formación de la conciencia y subjetividad de las personas, el único en ausencia de la radio y la televisión, inventos con una aparición posterior en la sociedad chilena. Probablemente, disputaban su influencia con la prensa, las concentraciones, los debates con personas cercanas (en lugares como el Club de la Unión o el sindicato) y el material impreso en forma de afiches, volantes, además del diálogo cara a cara.

Nos referiremos a las tendencias de continuidad/cambio de la sociedad oligárquica del siglo XIX. En el caso de la tendencia de cambio, cabe formularse la pregunta ¿qué cambia y qué permanece? Desde la perspectiva de la investigación que proponemos, la pregunta se transforma y se precisa: los discursos presentes en la prensa de la elite ¿qué proponían como cambio y qué como continuidad, teniendo presente que para sus contemporáneos (por lo menos para las dos candidaturas principales), el proceso eleccionario del '20 se presentaba como una coyuntura abierta hacia distintas posibilidades? ¿Cómo incidieron esos discursos en el curso que finalmente tomaron los acontecimientos --en la concreción de las tendencias históricas que se venían enfrentando desde hacía ya varias décadas, enfrentamiento que se conoce comúnmente como el período de la cuestión social?

Nos centramos en el análisis de esta prensa, durante los meses de junio de 1920 --la elección se produjo el 25 de junio, sin resolverse--, y de septiembre del mismo año mes en el que el tribunal de honor fallaría el "empate" de junio, lo que se produjo el 30 de septiembre.

El marco conceptual

Si lo político es concebido como "la articulación dinámica entre sujetos, prácticas sociales y proyectos, cuyo contenido específico es la lucha por dar una dirección a la realidad en el marco de opciones viables" (1), entonces el Estado y el sistema político se constituyen y desarrollan por las fortalezas y debilidades de los actores que intervienen en el proceso o lucha política. El Estado en particular, y el sistema político en su conjunto, goza de una autonomía relativa en cuanto posibilidades actuales, pero de total independencia sobre las posibilidades que se constituyen en el futuro. Tal como lo plantea Gramsci, la política es el lugar donde finalmente se construye la historia, y donde los hombres se hacen conscientes del control que tienen sobre sus propias construcciones históricas. De esta manera, a mi juicio, adquiere sentido la afirmación de Marx en "El 18 de Brumario ..." donde afirma que los hombres realmente hacen la historia pero en condiciones que ellos no eligen. Los hombres, en una sociedad de clases, manifiestan diferentes grados de control sobre la realidad precisamente por las distintas posiciones que ocupan en el proceso de la producción y del acceso diferencial a los recursos del aparato del Estado.

Es basándose en Gramsci que Zemelman ha propuesto que "la política es la capacidad social de re-actuación sobre circunstancias determinadas para imponer una dirección al desenvolvimiento sociohistórico ... Lo pertinente a lo político es la determinación de lo que es posible de ser transformado por medio de las prácticas en el interior de este campo; por eso su contenido específico es la realidad objetiva como contenido de la dirección de cambio que se imprime a ella por las fuerzas actuantes según la naturaleza propia de éstas" (2).

Dice Gramsci: "Se pueden fijar dos grandes planos superestructurales, el que se puede llamar de la 'sociedad civil', que está formado por el conjunto de los organismos vulgarmente llamados 'privados', y el de la 'sociedad política o Estado', y que corresponde a la función de 'hegemonía' que el grupo dominante ejerce en toda sociedad y la de 'dominio directo' o comando que se expresa en el Estado o gobierno 'jurídico'" (3). "Se podría señalar que Estado es igual a sociedad política más sociedad civil, vale decir, hegemonía revestida de coerción" (4). En estas citas se expresa el papel que Gramsci le confiere a la articulación de los momentos de la coerción y del consenso en el Estado. La supremacía de un grupo social no está determinada por el uso de la fuerza física contra otros para obtener obediencia, sino principalmente por la búsqueda del consenso que se expresa en la adhesión de los otros grupos a la dominación que se ejerce, adhesión ideológica que se consigue desde la escuela, la infancia, hasta el sindicato, los grupos de amigos, etc. De lo dicho se desprende que nuestro concepto de Estado sobrepasa la noción tradicional, que lo identifica con el conjunto de las instituciones --el Estado cosa--, e incluye los organismos conocidos comúnmente como "privados", otros estatales pero "independientes" (como la universidad), y disputa el dominio por el sentido común con la más vasta gama de relaciones sociales (no cosificables, pero sí objetivas).

En mi opinión, la sociedad oligárquica y sus instituciones fundamentales --independientemente de su vínculo formal con el Estado "cosa"-- constituyen un ejemplo muy pertinente de la noción de Estado que nos propone Gramsci. En ella, la prensa de elite se incorpora a los factores que son copartícipes de la dominación.

La hegemonía es definida como la creación del consenso cultural y moral necesario entre las distintas clases y grupos, donde una fracción logra hegemonizar a las otras en tanto las ha convencido (por ignorancia, fe, por la razón, o por todas juntas) de que su proyecto social es el que debe acceder al control de las instituciones del Estado. Este consenso hace que el interés de las clases hegemónicas aparezca como el interés universal, el factor de unidad y cohesión que universaliza a la sociedad, relegando a un segundo plano sus diferencias internas o contradicciones.

Para Zemelman, los valores y la ideología "se tienen que pensar desde el ángulo de las posibilidades para transformarlos en historia dominante, en oposición a aquellos que no llegan a serio". Como lo señala Marramao, los valores y la ideología "son un vehículo con el que los hombres llegan a darse cuenta del mundo histórico social que los rodea. (Ella) es el modo de ser de la realidad misma en cuanto organización y estructuración de la actividad de los individuos sociales" (5). En este sentido, Zemelman se inclina por una opción similar a la de Gramsci, en términos de entender no solo al sentido común, sino también a los discursos como la forma en la que los individuos aprehenden el mundo, y por lo tanto, como constitutivos de esa realidad, y elementos que inciden en su dinámica. Pero además, desde la perspectiva de la subjetividad de una sociedad o de un actor, "lo político constituye una forma de pensar la realidad histórica según el modo cómo se ha ido estructurando la conciencia social, (...) es una forma de pensar situada en la perspectiva de una exigencia de futuro que se quiere transformar en realidad concreta, de ahí que se requiera de conceptos como proyecto y viabilidad por reflejar estos una visión de la realidad como construcción" (6).

En un concepto multidimensional acerca del poder, y que al mismo tiempo nos recuerda que el poder es ejercido por un sujeto realmente existente --a escala macrosocial--, Zemelman plantea que el poder es "en principio la capacidad para reproducirse como sujeto, predominando esta lógica sobre la de su transformación. Por ello el poder es la posibilidad de que la utopía del actor se convierta en un modelo de sociedad mediante una dirección o su desenvolvimiento congruente con la máxima potencialidad del actor particular" (7).

Si el poder es entendido como la forma en que se concreta en realidad social un proyecto específico, entonces debemos asumir que el poder está condicionado por la existencia o ausencia de una o varias voluntades colectivas, donde la voluntad colectiva se entiende como el conjunto articulado de prácticas que tienen como referente una finalidad compartida por un período de tiempo. La realidad, conformada por voluntades colectivas, implica que entendamos esas voluntades como un cúmulo de prácticas que se ligan en la construcción de un fin colectivo. Significar así el poder supone que éste debe descomponerse en dos dimensiones fundamentales: "(a) el poder como acceso a las instancias de poder institucionalizadas; como espacio claramente demarcado desde donde los diferentes grupos sociales definen sus relaciones recíprocas; y (b) el poder como capacidad de creación de nuevas instancias de decisión; esto es, como rompimiento de las estructuras de dominación existentes" (8).

Poulantzas cree que el Estado también actúa de una manera positiva, es decir, crea, produce y transforma realidades, puesto que la creación del consenso posee siempre un sustrato material: "que el aspecto ideológico de engaño-ocultamiento esté presente permanentemente, no impide que el Estado actúa también a través de la producción del sustrato material del consenso de las masas con respecto al poder (...) sustrato que no es reducible a la propaganda. (Por eso es que) el Estado asume así una serie de medidas para las clases populares" (9).

Por otra parte Poulantzas advierte que no debemos pensar que el Estado y sus prácticas se ocultan del todo, lo que conduciría a pensar que el entramado del poder se reduce a "conciliábulos de pasillo". Hay ocasiones en que el Estado (10) revela toda su verdad de interés de clase, o bien formula y declara las maneras de reproducción de su poder, mediante discursos que no representan necesariamente unidad, sino a través de varios discursos, que están dirigidos a diversas clases o fracciones de clase, o que expresan distintos 'estados de ánimo'. De esa manera el Estado cumple con su papel de organizador de las clases. Las señales políticas que emite el Estado por sus acciones o discursos, muchas veces son bastante evidentes en cuanto al interés que expresan, y en otras circunstancias no lo son tanto, pero no por intentar ocultar, sino más bien porque las clases dominadas pueden no entender este lenguaje o código del poder. Ambas situaciones --de ocultamiento explícito o de expresión del interés de clase que encarna-- son representativas de las actuaciones del Estado.

El Estado resulta ser para Poulantzas, lo mismo que para O'Donnell, articulador y organizador de la sociedad, más allá de su condición de respaldo y monopolio de los recursos de coacción. De tal manera se constituye en el límite negativo de las consecuencias socialmente destructivas de la reproducción de la sociedad, como por ejemplo, y fundamentalmente, una explotación excesiva que amenace la existencia de los capitalistas como clase y del orden social vigente.

El debate historiográfico

Parece existir un relativo consenso entre los historiadores que las primeras tres décadas del siglo XX son el momento en que se expresa de la forma más explícita la crisis de la dominación oligárquica, formada y desarrollada durante e siglo XIX, y basada en el ejercicio del control de la sociedad por la elite de base latifundista. La crisis de la dominación oligárquica se presenta también como el intento de ésta por reconstruirla, por generar nuevos vínculos que impidan que sea desplazada. Estas décadas representan la emergencia --violenta a veces-- de nuevos actores, como el movimiento obrero organizado y la clase media. No obstante, el alcance y la profundidad de esta crisis aparece como el tema que mayor polémica ha generado en el debate de los últimos cincuenta años.

En efecto, para Gonzalo Vial la aparición ya no solo en la estructura social, sino con proyectos políticos alternativos de estos nuevos sectores sociales significó para la oligarquía que "en las condiciones descritas era casi inevitable que (ésta) sintiera por las demás …

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