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Las reformas sociales de los borbones: una interpretacion revisionista. (Dossier: la familia en America Latina).

Montalbán

| January 01, 2001 | Twinam, Ann | (Hide copyright information)Copyright

RESUMEN

Bajo la pregunta de cuáles fueron las "funciones sociales de las reformas borbónicas" durante el siglo XVIII, en este estudio se miden y analizan las ambigüedades que por mezclas predominaron en ese siglo. Plantea la autora que dichas reformas fueron fundamentalmente consistentes y que correspondieron a una política conservadora de los borbones pana establecer líneas diferenciadoras entre los sectores sociales.

PALABRAS CLAVE

Siglo XVIII, Reformas borbónicas, líneas diferenciadoras entre sectores sociales, diferencias.

ABSTRACT

Under the question of which the "social functions of the Bourdon Reforms" were during century XVIII, the ambiguities that predominated in that century due to the mixtures are measured and analyzed in this study. The author states that these reforms were fundamentally consistent and that they corresponded to a conservative policy of the Bourbons to establish differentiating lines among social sectors.

KEY WORDS

Century XVIII, Bourbon Reforms, differentiating lines between Social sectors.

**********

En la última mitad del siglo diez y ocho las élites latinoamericanas miraban su mundo y no les gustaba lo que veían. El mundo colonial no solamente reflejaba los momentos épicos de lo pasado --la conquista de los indios, el desastre demográfico, la introducción de los esclavos africanos-- sino también manifestaba los resultados de estos encuentros --el continente era poblado con sus descendientes mezclados por siglos. Las consecuencias en algunas regiones, en algunas poblaciones eran una falta de claridad de las características sociales y raciales que tradicionalmente separaban las élites blancas de los demás. No solamente las cuentas particulares sino análisis estadísticos nos dañan las evidencias indudables que las élites de fines de la época colonial eran mucho más auto-conscientes en confrontárseles con lo que ellos pensaban eran ambigüedades respecto a características de la raza y del nacimiento que previamente habían establecidos sus precedencias, y que ahora eran sujeto a desafío.

En mil ochocientos uno, por ejemplo, un huérfano regresaba a la Casa de Expósitos en La Habana a investigar su origen. El pedía a un eclesiástico buscar el dato en que fue recogido y depositado como abandonado (1). Este clero añadió un comentario adicional a la entrada original, porque se notó que este expósito tenía una raza diferente como niño que como adulto. Como lo usual en muchas Casas de Expósitos los niños habaneros habían recibido la presunción racial de lo mejor, y por eso, este niño fue originalmente listado "al parecer blanco." Sin embargo, el clérigo observó: "que el contenido en esta partida se presentó [como adulto] pidiéndomela y resultó ser pardo como la confeso la misma parte."

Más o menos al mismo tiempo de este incidente en La Habana, los habitantes de Yucatán también se quejaban de ambigüedades raciales, en este caso que "una frecuente mezcla" de "españoles, indios y mulatos" hacía muy difícil la división de la población por razones de impuestos, dado que "las señales de color, pelo y fisonomía eran muy falibles" (2). En Sopetrán y en Tunja, los indios y los blancos estaban tan intermezclados que se podía distinguirlos solamente por "su origen y matrícula ... atento el mixto y enlace que ha habido" (3). En Cumaná, los venezolanos se quejaban que una "fatal mezcla" de los europeos, de los indios, y los negros ha producido una confusión racial y también una movilidad racial dado que algunos de las castas han escrito "sus partidos de bautismo en los libros de españoles y sustraer de ellas las notas de sus ascendientes por reprobados medios" (4), La consecuencia era que algunos pardos eran "tenidos por blancos" a los "desconsuelos de los vasallos verdaderamente blancos que no podían impedir el enlace de sus familias." En Caracas, las élites también demandaban a los clérigos "justificar cualidades" y mantenían los registros de bautismo distintos para los blancos por no dar una confusión a las familias y dar ocasión a los pleitos (5).

Aunque un reconocimiento imperial de estos registros de bautismos tan contenciosos era una imposibilidad para las élites coloniales, un análisis contemporáneo nos daría un foco adicional. No solamente había un aumento provocativo en la confusión racial en los fines de la colonia, sino que había cambios críticos en la otra categoría que establecía la preeminencia social --el estado del nacimiento-- y particularmente en los patrones asociados con la ilegitimidad.

En Europa y en las Américas el siglo diez y ocho era un siglo de ilegitimidad. Las poblaciones de Europa y de los Estados Unidos marcaban aumentos importantes en la mitad del siglo en el porcentaje de nacimientos ilegítimos (6). Pero en la América Latina había otro movimiento demográfico, porque aunque los índices de ilegitimidad eran substancialmente --cuatro o cinco veces-- más altos que los de Europa, en la América del Sur eran estables o en descenso.

En una área de investigación en que hay mucho más que hacer, la información más sugestiva viene de México. (Ver Tabla 1) Los demógrafos notan que los índices de ilegitimidad en el siglo diez y siete varían entre siete y casi cincuenta por ciento, pero en el siglo diez y ocho declinaban entre siete y treinta y cinco por ciento. Este descenso de índices mexicanos de ilegitimidad se hacía más provocativo cuando se dividía por raza, porque había diferencias dramáticas entre los grupos. Los índices de ilegitimidad de los españoles, que incluían no solamente las élites, sino otros blancos menos ricos, aproximaban más los niveles de los nacimientos ilegítimos de Europa, incluyendo las ciudades grandes (La Ciudad de México, más de 30 por ciento) y ciudades de menor población (Guanajuato, 9-10 por ciento; Parral 6 por ciento). El giro del siglo era para la ilegitimidad de los blancos de estar estables o en descenso. Los cambios más importantes en los índices de ilegitimidad originaban las declinaciones impresionantes en la proporción de los nacimientos ilegítimos en las poblaciones de mestizos, mulatos, y negros (Zacatelco, Axcatzingo, Guanajuato) aunque la capital era una excepción.

Claro que México no es el Imperio Español. Que los historiadores han trazado corrientes contradictorias, no es una sorpresa, dado que los demógrafos han notado que los índices de ilegitimidad varían por microlocalidad por todo el mundo occidental (7). Por ejemplo, Susan Socolow notó los aumentos de ilegitimidad de blancos en las décadas de los setenta y ochenta en Buenos Aires; Guiomar Dueñas-Vargas halló que los índices de ilegitimidad española en una parroquia bogotana aumentó, y en otra declinó (8). Cuando los índices de ilegitimidad de las poblaciones mestizas declinaban en México, aumentaban en Colombia (9).

Pero los árboles no podían obscurecer el bosque, porque hay muchos comentarios contemporáneos por todas partes del Imperio Español de sugerir que un nuevo cohorte demográfico estaba en el proceso de formación: un grupo de mestizos y mulatos casi blancos y muchas veces legítimos (10). En una sociedad colonial en que las élites tradicionalmente justificaron su jerarquía por su legitimidad y su blancura, la presencia de estos grupos ascendentes desafiarían el orden establecido. Esta tensión era solamente agudizada por las recuperaciones económicas en los lugares como el Caribe, o Venezuela, o Argentina donde los nuevos ricos ponían una presión adicional a las élites tradicionales.

El efecto era backlash en las Américas. Los historiadores se dieron cuenta hace mucho tiempo que las últimas décadas del siglo diez y ocho marcaban un aumento de la tensión social entre las élites y los de abajo (11). Una manifestación de esta discriminación era un incremento en la preocupación de las élites en preservar las marcas tradicionales que les distinguían de las masas.

El concepto que usaban las élites para describir lo que les distinguía de lo demás era agregado en una palabra: "honor." El honor era un fenómeno muy complicado. Una parte incluía las características de la limpieza de sangre, que se definía como las "personas blancas cristianos viejos de estado noble, limpios de toda mala raza y sin mezcla alguna de villano, judío, moro, mulato, converso o en ninguno rasgo por remoto que sea" (12). El honor no era solamente manifestado por la ortodoxia religiosa y la pureza racial, sino por una historia familiar de las acciones decorosas significadas por generaciones de los casamientos y de los nacimientos legítimos. El último efecto de honor era de autenticar a la jerarquía por la división de la sociedad hispánica entre los pocos privilegiados y la mayoría destituida.

El honor establecía una agenda distintiva de la discriminación. Los que la tenían disfrutaban de privilegios negados por la ley o por la costumbre popular a los que no la tenían, incluyendo los ilegítimos y los de color. Los hombres de honor tenían acceso a los oficios políticos desde los locales hasta los imperiales; fueron admitidos a las ocupaciones restringidas como notario, fundidor, clérigo, militar, abogado, y podían entrar a la universidad. Solamente las mujeres que tenían el honor podrían casarse con iguales sociales y convertirse en madres de la próxima generación de honor. La gente de honor lo reconocía en otros, los llamaban "Don" y "Doña"; y darían a estos una atención y un respeto que negaban a lo demás de la sociedad.

La confusión racial y los cambios demográficos hacían que las élites blancas fueran particularmente vigorosas en su defensa del honor en los fines del siglo diez y ocho. Pero el papel del otro actor importantísimo del estado borbónico permanecía mucho más ambiguo. ¿Cuáles eran las funciones de las famosas reformas borbónicas? ¿eran defender la existente jerarquía, o aliviar las presiones y facilitar un acceso para los que …

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