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En el presente ensayo, la autora propone que el culto a Nuestra Señora de Guadalupe en el México colonial apoyó y auxilió las metas de la Contrarreforma, especialmente formuladas en el Concilio de Trento y que fueron impulsadas a través de la predicación desde el púlpito y por medios iconográficos. Al poner atención en la importancia de la milagrosa aparición, las elites de la Iglesia, los intelectuales, teólogos, predicadores y artistas lograron comunicar ciertos ideales que respondieron a un programa específico del gobierno y de la iglesia novohispana.
Descriptores: Virgen de Guadalupe, México colonial, Concilio de Trento, Contrarreforma, religión, historia intelectual, historia de la cultura, iconografía, sermones.
Alicia Mayer, The Cult of Guadalupe and Trent Project in New Spain.
In this essay, the authoress suggests that the cult of Our Lady of Guadalupe in colonial Mexico supported and aided the Counter-Reformation, especially as having been formulated in the Council of Trent and disseminated by preaching and iconography. By focusing on the importance of the miraculous apparition, church elites, intellectuals, theologians, preachers and artists succeeded in comunicating certain ideals responding to specific religious and cultural projects of the Crown and the Church in New Spain.
Key-words: Virgin of Guadalupe, Colonial Mexico, Council of Trent, Counter-Reformation, religion, intellectual History, History of culture, iconography, sermons.
Contrarreforma y guadalupanismo novohispano (1)
Edmundo O'Gorman señaló en su obra sobre el guadalupanismo, Destierro de sombras, (2) que existía una estrecha relación entre la Contrarreforma y el culto a la virgen de Guadalupe. Si bien sus intereses se movían hacia otra esfera interpretativa, dejó asentada esta particularidad y el hecho de que ambos sucesos se revelan como ejemplos de amplia continuidad histórica. (3)
Desde luego, enumerar siquiera todas las conexiones que se vislumbran en el período colonial sobrepasaría los límites de este trabajo. Encontrar los vínculos entre dichos aspectos es una investigación que está en proceso, dada la importancia, la extensión y la pertinencia del tema en nuestra historiografia. Por ello, ahora sólo se aprovecha este espacio para presentar un ensayo sobre la forma en que a través de la imagen de Guadalupe y de reiterar en sermones y en distintas clases de relatos la importancia del milagro de su aparición, se comunicaron ciertos ideales que respondieron a un programa específico del gobierno y de la iglesia novohispanos.
La América española fue un escenario muy vasto en el que se desarrollaron prácticas de piedad y devoción católica dentro del movimiento religioso conocido como Contrarreforma. Cabría distinguir inicialmente la problemática que surge tan sólo al abordar dicho concepto y a su probable aplicación a la realidad de este hemisferio. Existe una profunda discusión en la historiografía del siglo XX sobre este término (4) y si es correcto su empleo en el estudio de la reforma católica, tanto en Europa, como en el Nuevo Mundo.
El término Contrarreforma surgió en el siglo XIX y contenía entonces una carga muy peyorativa. Se consideraba un movimiento reaccionario contra las nuevas tendencias más renovadoras dentro de la religión desatadas en gran parte gracias al protestantismo. Sin embargo, esto haría perder de vista la importancia de una reforma interna dentro del catolicismo que se llevaba a cabo, incluso, desde antes de que aparecieran las propuestas de Martín Lutero (1517).
La reforma católica debe verse como una larga sucesión de procesos y cambios tendientes a mejorar a la iglesia en el ámbito institucional y al esclarecimiento y puntualización de los dogmas en el orden teológico, que fue más patente desde finales del siglo XV en Europa. Una de las vertientes --no la única-- de este desarrollo es la que deriva de la política imperial de España desde la época de Felipe II, coronado en 1556, y de la orientación del Concilio de Trento (1545-1563).
En Europa, al decir de Marcel Bataillon, después de Trento se edifica un catolicismo nuevo, que toma de la tradición medieval ciertos elementos como el culto a los santos y fomenta la devoción popular. Es, asimismo, conservador en materia de exégesis, se esfuerza por reestablecer la ortodoxia quebrantada por el luteranismo y por proteger el dogma. (5) Además, se orienta hacia la renovación interna desde el punto de vista disciplinar y canónico. Es, en suma, la reforma moral y espiritual de la Iglesia católica romana en el siglo XVI.
Sin embargo, es verdad que lo anterior está acompañado por la represión de la herejía y por la expansión misionera militante y vigorosa. Por estas razones, es licito también llamarle al movimiento "contrarreformista". La investigación realizada hasta ahora nos permite aplicar en la América hispana estos dos términos: (6) reforma católica y Contrarreforma.
En la Nueva España, el proceso de implantar el catolicismo tridentino quizá se orientó de manera más significativa a la reforma de las costumbres después de la década de 1550, llevada a cabo por una iglesia altamente disciplinada, gobernada por obispos cuya preocupación se centró más en la renovación interna que en una cruzada contra la herejía, por razón de la distancia que separaba a los dos continentes y por el desconocimiento de las tesis luteranas y de otras sectas debido a la vigilancia doctrinal que ejercía España ya en la época de Felipe II. (7)
En el periodo de reestructuración de la vida religiosa, la Nueva España muestra ser un caso interesante para ver la introducción y desarrollo del nuevo proyecto religioso emanado de Trento, pues las metas que se perfilaron respondieron a la realidad propia del hemisferio así como a las circunstancias particulares de cada región. En este terreno, quizá el reto más grande consistió en integrar a los indígenas al esquema universal de salvación planteado por el catolicismo. La lucha contra la idolatría fue crucial en la segunda mitad del siglo XVI y la necesidad de uniformar la fe fue el objetivo que inauguró las primeras décadas de la siguiente centuria. Si bien unir a la población después de la Conquista y de la paulatina colonización bajo un mismo credo fue una de las consignas principales del movimiento en los años iniciales, las políticas aplicadas por la Corona y por la iglesia novohispana, sobre todo ya en los siglos XVII y XVIII, apuntaron también muy significativamente a otros derroteros como la reforma de las costumbres, la organización del culto, la lealtad a la iglesia institucional --todavía la militante iglesia de la Contrarreforma-- y la exaltación de los valores que conformarían la visión del mundo de varias generaciones. (8)
El Concilio de Trento pretendió la reforma moral y espiritual del cuerpo eclesiástico. Impulsó las órdenes religiosas, el ascetismo, una elaborada liturgia, devociones populares, una retórica barroca y el misticismo. (9) Si bien en teoría la iglesia postridentina estaría totalmente subordinada a las decisiones del Papa, en España y sus colonias de ultramar se estableció una iglesia patronal al anteponer Felipe II los derechos reales a los decretos conciliares y reservarse los nombramientos eclesiásticos. Entonces, puede decirse que el proyecto tridentino en México se introdujo contemplando otras expectativas en relación a los estados europeos. Fue, a la vez, un programa civilizador que comprometió a nuevos grupos étnicos ausentes en Europa, y uno, como en la península ibérica, muy pendiente del orden social (conductas, comportamientos y relaciones de todo tipo). La amalgama es interesante. Veremos cómo el culto a la virgen de Guadalupe en la Nueva España tuvo que ver con la promoción de estos objetivos.
Este trabajo plantea algo muy específico. A lo largo de casi tres siglos, la élite intelectual de México se valió de la imagen guadalupana, uno de tantos elementos sagrados que tenía presencia en la conciencia colectiva, para difundir los ideales del "nuevo" catolicismo. La virgen de Guadalupe fue uno de los modelos tomados para transmitir ciertos mensajes a partir de los símbolos que la caracterizan.
El culto a la virgen de Guadalupe en la Nueva España se liga íntimamente con una original tradición indígena y criolla. Con el paso de los años se convertiría en un símbolo identitario y se le asociaría con un proceso de "nacionalismo". (10) Sabemos hoy que Nuestra Señora del Tepeyac es la predilecta del pueblo mexicano; sabemos también que se convirtió en un paradigma del nacionalismo criollo, pero su triunfo definitivo desde el siglo XVIII no se dio de forma casual o fortuita. La devoción a esta imagen no fue una constante y uniforme práctica popular de tres siglos. (11) También se debe buscar en los programas ideológicos y políticos específicos que resultaron de Trento la explicación de la evolución de este fenómeno religioso. Por eso es importante el estudio de la "personalidad" que aquí adquirieron las metas de la iglesia mexicana.
La implantación del catolicismo tridentino en la Nueva España tiene varias fases, que sólo someramente podemos revisar. Su introducción se da a través de los tres primeros concilios provinciales de México (los dos primeros convocados por el arzobispo Alonso de Montúfar en 1555 y en 1565), sobre todo, de manera ya contundente, en el de 1585, y por los sínodos diocesanos. Su misión fue traducir el espíritu del Concilio de Trento a la vida cotidiana del orbe católico en el Nuevo Mundo.
Una vez que en Europa se consideraba terminada "la fase heroica" de la Contrarreforma (12) a la muerte de Sixto V en 1590, en México se ponían en marcha los decretos del Tercer Concilio. Fue vital en esta época la participación de los jesuitas en todos los ámbitos de la vida novohispana. (13) Las disposiciones de Trento insistirían en la necesidad de la predicación, en poner énfasis en las pinturas e imágenes, en la exaltación de los sacramentos y obras de caridad, construcciones de templos con adornos y obras de arte, en la glorificación de la virgen y otras manifestaciones que, junto con el proyecto social de los hijos de Loyola, se reflejaría en el siglo XVII en un auge cultural conocido como "primavera indiana". En este contexto, al decir de David Brading, surgiría el patriotismo criollo. (14)
De 1648 a 1747, tomando también las fechas sugeridas por Brading para el momento de florecimiento del culto a Guadalupe, (15) en la Nueva España el catolicismo tridentino continuaba generando nuevas formas de devoción. Para finales del siglo XVIII, mientras que en Europa se veía el advenimiento de nuevas corrientes de pensamiento que influían en la conciencia religiosa de esas generaciones, el IV Concilio Provincial mexicano de 1771, repetiría casi por completo las disposiciones de la reunión conciliar anterior.
Todos estos hechos correrán siempre de forma paralela, primero con el origen y luego con el desarrollo del guadalupanismo mexicano. Esta advocación mariana se impulsó desde la segunda mitad del siglo XVII y sobre todo durante el siglo XVIII, pero los orígenes de la devoción surgen a finales del XVI. Durante muchos años, la promoción se dio junto a otras imágenes. Llegaron a cobrar importancia la virgen de Remedios, la Annunciata, Nuestra Señora de los Dolores, de Loreto o la Asunción, por nombrar algunas, que adquirieron una poderosa fuerza política y devocional en la ciudad de México y en las principales ciudades y comunidades indígenas del reino, pero, con el tiempo, la de Guadalupe se convirtió en "la más arraigada y preferente práctica piadosa y acabó por ser --según O'Gorman--el símbolo más visible de la Contrarreforma", (16) hecho por el cual se ha elegido para su análisis en este estudio. Esto nos proyecta a un contexto muy amplio que yuxtapone el espacio mexicano con el marco internacional que le proporcionó un sentido trascendente al origen del culto, pero, sobre todo, que le dio posibilidad de ser y que permitió su entronización definitiva en el corazón de toda la nación.
Por ser otros los objetivos de este trabajo, no me referiré aquí al tema sobre la llamada "protohistoria" guadalupana, esos años oscuros de la década de 1530 a 1550, en que suponemos que ya se adoraba a la virgen María --todavía no con la advocación de Guadalupe-- en una ermita fabricada en el cerro del Tepeyac. Basta decir que los esfuerzos misioneros se encaminaron a sustituir el culto idolátrico indígena a Tonan "nuestra madre", por el cristiano de la madre de Dios. (17) A la iglesia le interesaba atajar la propagación de ritos y ceremonias paganas. Esto es importante pues le dio posibilidad al culto a Guadalupe de desarrollarse en los años posteriores a 1550. Como afirma Serge Gruzinski, "la imagen cristiana en México nació literalmente sobre los escombros y las cenizas del ídolo." (18)
Las primeras noticias concretas sobre la devoción a la imagen de la virgen María en su advocación de Guadalupe se dan después de 1550 cuando parece que se colocó en la vieja ermita la pintura que hoy se venera en el santuario moderno. Algunos años después el virrey Martín Enríquez expresaba en una carta de 1575 lo siguiente:
Lo que comúnmente se entiende es que el año de [1555 o 1556] estaba allí una hermitilla, en la cual …